Columnistas

Hacer del proceso una cruzada
Autor: Sergio De La Torre
24 de Noviembre de 2013


Tardó en decirlo pero al fin lo hizo: con ocasión de su anuncio reeleccionista el Presidente Santos llamó a las fuerzas políticas hostiles a su nombre pero afectas a la paz a sumarse a su búsqueda aquí y en La Habana.

Tardó  en decirlo pero al fin lo hizo: con ocasión de su anuncio reeleccionista el Presidente Santos llamó a las fuerzas políticas hostiles a su nombre pero afectas a la paz a sumarse a su búsqueda aquí y en La Habana. Al menos así lo entendí. Y esa invitación tendrá su efecto positivo  en un proceso que  así lo requiere , para que los contratiempos y altibajos  que, derivados de su  propia  complejidad, le son inherentes, no  den al traste con él. 


Al fin y al cabo, no es lo mismo firmar un armisticio entre dos fuerzas  que se enfrentan  por cuestiones territoriales, o por razones políticas (en el sentido lato de la expresión: verbigracia  las guerras entre naciones, que se sellan cuando una de las partes capitula, o guerras civiles como la  nuestra  de los Mil Días entre liberales y conservadores, zanjada en el buque Neerlandia al despuntar el pasado siglo) que hacerlo para cerrar un conflicto que, como el nuestro, ya no es partidista  sino “  ideológico” , por su conexión inicial con la  “guerra fría”, por las  remotas raíces sociales, agraristas,  que se le atribuyen, por su duración, en fin, de 60 años, no igualada por ningún otro en América Latina y  el mundo. Un conflicto, además,  degradado por el narcotráfico  que ahora  lo irriga tras haberle  borrado  su primigenio sabor a utopía y altruismo,  y que enfrenta el odio feral, el enorme rechazo  que la guerrilla se ha granjeado  por la crueldad inaudita de su proceder  y el daño abismal que le ha causado al país en  términos de  crecimiento y bienestar.


Pero  además, por muy doctrinaria que se pretenda, se trata de una guerrilla agreste, analfabeta en su base (lo que hace que no delibere y no interrogue, por ende, a sus superiores) y anquilosada en su cúpula, poco dada ésta a discernir, a actualizarse, a analizar  los fracasos y virajes de sus propios modelos: Unión Soviética, China, Norcorea, y ahora Venezuela.


A todo lo anterior sumémosle la inclinación al engaño y la mentira. A convertir los diálogos que se entablan con ella (tan escasos: se dan cada diez  o quince años) en oportunidad  para salir de sus guaridas y asomarse a la luz, aparecer en los grandes escenarios, recobrar el aliento y fortalecerse en lo político, y en lo militar también, cuando se lo permiten, como en el Caguán.


Por todas esas razones negociar con las Farc  es  tan difícil. Las susceptibilidades crecen parejas  a la desconfianza. El peligro  de que  las conversaciones se suspendan o rompan por cualquier  desencuentro, malentendido o incidente  relativamente serio (cosas que nunca faltan) siempre està y estarà  latente en esta  o cualquier otra mesa.


A pesar del acuerdo logrado  en el segundo  punto  de la agenda y que le devolvió  mucha  esperanza, el proceso, por las razones de fondo esbozadas arriba, sigue plagado de riesgos y azares que, venidos de una u otra orilla, podrían  malograrlo. Por ejemplo, si  se recurre otra vez  al atentado personal. Ni hablar de un magnicidio en cabeza  del expresidente Uribe (o siquiera el intento fallido de cometerlo) que de inmediato cancelaría la mesa, con todo lo avanzado  en ella. Ni de la hecatombe  que semejante estupidez    provocaría, frente a la  cual el 9 de abril del 48 apenas sería  una pálida muestra.


La cruzada, pues, a que convoca el  doctor Santos, el formar un frente común  de todos los amigos del proceso (incluyendo a la izquierda civil)  sin reparar en candidaturas presidenciales contrapuestas  o en  diferencias de otra laya, será lo que blinde el diálogo, lo acelere y asegure su culminación, para pasar, en un plazo razonable, a la fase del postconflicto. Volveremos sobre el tema, que trasciende  intereses electorales de todo tipo y color, y desacuerdos  diversos  que, por importantes que fueren, en esta hora crucial  resultan subalternos  o mezquinos.