Columnistas

La imposible impunidad
Autor: Jorge Arango Mej韆
24 de Noviembre de 2013


En relaci髇 con las conversaciones de paz de La Habana hay temas que son obligatorios, que no pueden hacerse a un lado como si carecieran de importancia, o, simplemente, desaparecieran por el solo hecho de no mencionarlos.

En relación con las conversaciones de paz de La Habana hay temas que son obligatorios, que no pueden hacerse a un lado como si carecieran de importancia, o, simplemente, desaparecieran por el solo hecho de no mencionarlos.


El primero de ellos es el castigo de los crímenes cometidos durante estos años, que son incontables. Las Farc han incurrido en delitos de lesa humanidad, que son  los que por su gravedad se consideran cometidos no solamente contra sus víctimas directas sino contra toda la humanidad. Ésta no es una noción vaga, imprecisa. No, el Estatuto de Roma  enumera estos delitos, y entre ellos se cuentan el asesinato, el secuestro, el desplazamiento forzoso de población, la tortura, la violación, el reclutamiento de menores. ¿Alguno de éstos no figura en el inventario de esa organización criminal? 


Sostienen algunos que el bien de la paz  compensa cualquier  sacrificio, por lo cual para alcanzarla debe tenderse un manto de olvido sobre esos delitos. No es así, de ninguna manera. Quien ha afirmado recientemente que no podrá haber impunidad tiene autoridad para decirlo: es el doctor Luis Moreno Ocampo, hasta hace poco fiscal de la Corte Penal Internacional. Sostuvo él, palabra más palabra menos, que la última oportunidad de conseguir amnistía la tuvieron las Farc en los tiempos del Caguán. Esa oportunidad desapareció cuando el mismo presidente Pastrana firmó el tratado de Roma, que hace competente a la Corte Penal Internacional para juzgar tales delitos, cuando el Estado competente no puede o no quiere hacerlo.


Más aún: el fiscal que actúa ante esta Corte, puede hacer el trámite para que un determinado caso se someta a esa jurisdicción. Razón de más para creerle a Moreno.


Pero como los interesados en firmar la paz a cualquier precio no quieren que se hable del castigo de los criminales, las declaraciones de Moreno Ocampo no merecieron ningún despliegue. Sin embargo, ahí están y de nada sirve ignorarlas. Habrá que volver sobre ellas, porque los hechos son tozudos.


Viene después el tema de las armas. Si la memoria no me falla, la única vez que miembros de esa organización criminal se refirieron a ellas, dijeron que no las entregarían, que las guardarían. Ahora  hablan, tanto gobierno y delincuentes, de la dejación de las armas, no de su entrega. En esta materia no puede haber equívocos: la guerra la han perdido las Farc. No hay lugar al cuento aquel de “ni vencedores ni vencidos”. Si así no fuera, no estarían negociando. Lo que tiene que haber es la entrega de las armas, o al menos su destrucción real y total. Conservar arsenales escondidos para volver a implantar el terror, es inadmisible.


Y sigue lo relativo al narcotráfico. Las Farc están obligadas a reconocer que ésta ha sido su ocupación hace años. De ella han derivado gigantescas ganancias, buena partes de las cuales deben de estar depositadas quién sabe dónde, acaso en la cuenta de uno de los negociadores de La Habana. ¿Renunciaran a tan lucrativa industria? Es muy difícil creerlo.


Y volviendo al asunto de la participación en política, sobre el cual se hizo tanta bulla en días pasados, hay que decir con toda claridad que el supuesto acuerdo no es más que una colección de lugares comunes. Se habla, como siempre, de ampliar la base de la participación en política, de garantizar los derechos de la oposición, de proteger a quienes la ejerzan. Pero nada se definió. Todo, como en los supuestos acuerdos anteriores, se deja para el final.


La verdad, para no ahondar más, es ésta: nadie sabe qué se ha pactado en La Habana.  Y ese “nadie” comprende –no haya la menor duda- al doctor Humberto de la Calle y sus compañeros.