Editorial

Las cartas del presidente Santos
22 de Noviembre de 2013


El riesgo que toma el presidente Santos incluye el de debilitar su posici髇 frente a los guerrilleros en la mesa.

Como la opinión pública avisada preveía desde hace dos o más meses, el doctor Juan Manuel Santos ha decidido someterse al veredicto de las urnas en la carrera presidencial de 2014. Lo hace a sabiendas de que en esta oportunidad los colombianos no decidirán sobre su figura, que aun goza de amplio respeto, y que solo algunos lo harán sobre su gobierno, que ha cosechado importantes logros económicos y sociales, sino que los votantes decidirán sobre las conversaciones en busca del fin del conflicto armado con las Farc, motivación que él provoca con su determinación de desatender los llamados a la suspensión (que no cancelación) de esos diálogos, con lo que hubiera podido, aun puede, garantizar la independencia de los procesos con las Farc y electoral. 


A pesar de las consideraciones anteriores, el doctor Santos ha preferido el riesgo de no ser elegido en la primera vuelta y tener que negociar su proyecto político con las minorías que podrían apoyarlo de cara a una segunda ronda, aumentando la polarización del país, a la opción de delegar la continuidad de su obra de gobierno en un aliado confiable y con prestigio suficiente para ser elegido, como el exministro Germán Vargas, promocionado como el funcionario estrella del Gobierno Nacional y garantía de que sería posible atraer algunos votantes que mantienen algún escepticismo frente a las conversaciones de paz. El experto jugador de póker ha decidido continuar la partida de su vida con una débil mano. 


Al anuncio del interés reeleccionista lo ha acompañado la sentencia, una y mil veces repetida, de que las elecciones del 2014 serán un veredicto sobre la paz, sentencia que parte del error de confundir las conversaciones en busca del fin del conflicto armado con la guerrilla marxista-leninista de la Farc con la construcción de una paz estable y duradera para los colombianos, a la cual podría contribuir un acuerdo con la guerrilla, pero que solo se realizará mediante la solución de otros conflictos armados, la recuperación de la seguridad ciudadana y el fortalecimiento de las instituciones democráticas. La preposición yerra, además, al insistir en polarizar el país entre supuestos amigos de la paz, que lo serían del presidente Santos, y enemigos de la paz, que lo serían del mandatario. Quienes así razonan, olvidan ¿o tergiversan? que desde los años 70 el Estado colombiano viene luchando por la paz, bien mediante sucesivos intentos de diálogo, bien mediante la capacidad disuasiva de las armas. 


Los ciudadanos colombianos anhelamos la paz e incluso, mayoritariamente, deseamos que las conversaciones en curso concluyan con un acuerdo firme que nos represente y que garantice la no repetición de la violencia. Por eso es tan grande el riesgo de unificar en un solo proceso electoral un plebiscito por un acuerdo cuyos términos ignoramos y la reelección del presidente que promovió las conversaciones, a pesar de que en las urnas había recibido mandato para continuar la ofensiva militar que había logrado recuperar la soberanía nacional en amplios lugares del territorio nacional. Como el doctor Santos ha decidido unir estos dos procesos, así en su discurso hubiese incluido otros temas relevantes, debería, como lo hemos pedido en otras ocasiones, garantizar mayor claridad y publicidad de los términos de los acuerdos ya logrados y los pendientes.


El riesgo que toma el presidente Santos incluye el de debilitar su posición frente a los guerrilleros en la mesa. Si los negociadores de las Farc han sido reacios a reconocerse como contraparte habilitada por la generosidad del Estado, que decidió tender su mano para propiciar su reinserción y el fin del conflicto, es necesario prepararse para su intento de aprovechar su nueva condición de actores centrales en la reelección del Presidente para aumentar presiones y exigencias en la mesa. Para la memoria está su comportamiento como electores del doctor Pastrana y negociadores desleales en la mesa del Caguán, recuerdo necesario ahora que el país vuelve a enfrentarse a confundir la elección del presidente con la aspiración de un acuerdo negociado con las Farc, responsables hoy del diez por ciento de la violencia que sufre Colombia.