Columnistas

Dos estrellas internacionales
Autor: Olga Elena Mattei
20 de Noviembre de 2013


Mischa Maisky es uno de los chelistas más famosos y reconocidos actualmente en el mundo entero. Discípulo de Rostropovich y de Piatigorsky.

Mischa Maisky es uno de los chelistas más famosos y reconocidos actualmente en el mundo entero. Discípulo de Rostropovich y de Piatigorsky. Tres veces premio Echo Deutscher Schallplattenpreis, Prix del disco de París, Diapasón de Oro del Año, varias nominaciones al Grammy, y más de cinco veces Premio Récord de la Academia de Tokio. Con 30 discos de la Deustche Gramophon con las orquestas sinfónicas y filarmónicas de todo el mundo, como las de Viena, Berlín, Londres, Israel, París, la Orpheus, y varias orquestas de cámara de toda Europa. Ha tocado bajo la dirección de Charles Dutoit, Giulini, Valery Gergiev, Bernstein, Lorin Maazel, Zubin Metha, Riccardo Mutti James Levine, Ashkenazy, Sinópoli, Beremboim y muchos otros. Y ha compartido Ñescenarios con casi todos los más famosos solistas, tales como Evgeny Kissin, Lang Lang, Joshua Bell, Lupu Radu, Serkin, Gidon Kremer, Marta Argerich, etc. Nacido Riga, Letonia, estudió en Leningrado y desde muy joven comenzó a ganar concursos como el de Tchaikscovsky en Moscú. Pero tuvo toda clase de problemas injustos con el régimen ruso. Con la ayuda de un amigo y un mecenas, y un increíble plan de hacerlo pasar por  incapacitado en un asilo mental, logró finalmente salir del Soviet para Israel a los 24 años.


Sergio Tiempo (quien, con su madre como profesora, hizo su debut a los tres años) es apuesto, joven y virtuoso. Lleno de talento, es el pianista latinoamericano que más vertiginosamente escaló la fama internacional desde su banqueta de solista y en su posición de eje central de una familia argentina musical extraordinaria, famosa y muy admirada y querida por el público. Madre, hermana y sobrina lo han o precedido, o acompañado y seguido en sus conciertos en el teatro Colón de Buenos Aires con el alcance internacional que dan canales de T V como Film&Arts, y las invitaciones a presentarse, desde sus 14 años, (cuando fue escogido a participar en el Ciclo de Grandes Pianistas del Concertgebow de  Amsterdam)  en importantes salas, con famosas orquestas, como la de Los Ángeles, a donde está programado para presentarse próximamente. Ha tocado bajo la dirección de famosos maestros como Slatkin, Abado, Dutoit, TilsonThtomas, Dudamel,  y muchos otros,  con orquestas como la BBC de Londres, la de la Academia Nacional de Santa Cecilia en Roma, la de Radio France, la Filarmónica de Tokio y filarmónicas y sinfónicas como las de Houston, Chicago, Los Ángeles, etc. Sus giras lo han llevado hasta China, pasando por Australia e incluyendo salas tan prestigiosas como el Queen Elizabeth Hall de Londres. Ha grabado más de 10 discos que incluyen obras de Beethoven,  Mendelssohn, Rachmaninov y Chopin, entre otros. Y ha colaborado con artistas de la más alta categoría como Fou Ts’ong, Murray Perahia, Dietrich Fischer Dieskau, y sobre todo, con Marta Argerich, su amiga, entre otros.


Este concierto de Medellín Cultural fue uno de los más extraordinarios que hemos escuchado, como podía preverse a leer las reseñas biográficas que acabamos de anotar.


Comenzamos con dos Romanzas de Tchaicovsky. Encontramos delicadeza y sentimiento en la voz del chelo, pero con una segura pauta rítmica y gran energía en los enfáticos acentos. La voz de estas cuerdas, (su timbre), con una redondez volumétrica nunca escuchada en otros chelistas. (Y hemos gozado del privilegio de oír en persona a Casals -primo de mi abuela paterna- y padre musical de todos los chelistas contemporáneos, y a Rostropovich, y a Tortelier). Sólo con su sonido, ya despierta gran admiración de todo público capaz de reconocer la cualidad, calidad, y calidez especial de su “toque”, o del “pulso”. La dinámica crece: la pieza exige brío y exuberancia, además de presteza. El piano, a la par en las cualidades de la interpretación. ¡La ejecución de este dúo de solistas satisfaría al propio compositor!


Siguió la  Sonata Opus 19 para chelo y piano de Rachmanov. Esta sonata ofrece en todos sus movimientos, una dualidad conceptual que conjuga cerebro y sentimiento. Con una escritura más intelectual que la de los conocidos conciertos o los cautivantes Vocalices, regresa sin embargo una y otra vez  a la cálida vena romántica (post-romántica).


La belleza melódica del lamento con que comienza el chelo en el Andante es expuesta con la pureza de la desesperanza anímica que implica el tema.


Es casi contradictorio: languidez psíquica, tristeza, pero fortaleza expresiva. Así era Rachmaninov y así se percibe en la interpretación de estas estrellas del Chelo y del piano. La sonata entera es un complejo de joyas encadenadas. El alegro final sigue la misma línea intelectual y anímica y es ejecutado con preciosismo.


Sergio Tiempo no es propiamente un acompañante. Él es, por mérito propio, un solista virtuoso,  y en esta noche las partituras no lo relegan a un papel secundario, sino equitativo con el del chelista. Lo demuestra especialmente en los pasajes apoteósicos de la recapitulación del alegro de esta sonata.


Nikolai Rimsky Korsakoff se hace presente con sus trinos delicados en sus romances, (de la Ninfa, y del ruiseñor esclavo de la Rosa), dos piezas cortas y delicadas, que por su calidad sutil bien captada e interpretada por los dos ejecutantes, entregan un interesante contraste con las vigorosas obras  anteriores.


Un corte más moderno, el de los principios de las búsquedas del cambio estilístico, nos presenta Shoshtakovich en su sonata Opus 40. Buena escogencia para un concierto de imposible variedad instrumental, que gracias a esta selección sí logra ofrecer variedad por su diametral giro estilístico, y sus contrastes sonoros texturales y textuales. De nuevo se exhibe la maestría de ambos ejecutantes. Es una obra de muy difíciles pasajes, sobre todo en el arco, con algunas frases “sull ponticello”, con vertiginosos extremos de notación,  y con enérgicos requerimientos en el teclado, sobre todo en el segundo movimiento, Allegro ma non tropo.


El penúltimo movimiento, largo, es un prolongado interludio con la lúbrica laxitud del reposo. Y el último Allegro, reitera la excelencia instrumental de ambos virtuosos, con aceleradas e intensas entregas de una extraordinaria partitura.


Tras el furibundo estallido de los aplausos, las sonrientes estrellas nos regalan con un encore: el movimiento lento de la sonata para chelo y piano de Chopin, interpretado con finura y devoción. Romanticismo depurado, sentimiento y expresión llevados a la extrema potencia espiritual. Sin manierismos, como debe ser entendido el sublime polaco, hoy cada vez más reevaluado y comprendido.  Con el enfoque del nuevo interés intelectual por este compositor.


Hoy quiero ser vocera del público melómano de la ciudad para expresar gratitud a Medellín Cultural por el esfuerzo de traernos a estos extraordinarios artistas de primerísima categoría mundial.