Columnistas

Campanazos ignorados
Autor: Sergio De La Torre
17 de Noviembre de 2013


Hace ya varias semanas, acaso meses, cuando (a raíz de lo dicho por el presidente Santos en el sentido de que el fallo de La Haya era inaplicable) Ortega reclamó más aguas y derechos, adicionales a lo que arbitrariamente se le había

Hace ya varias semanas,  acaso meses, cuando (a raíz  de lo dicho por el presidente Santos en el sentido de que  el fallo  de La Haya era inaplicable) Ortega  reclamó más  aguas y derechos,  adicionales a lo que   arbitrariamente se le había  concedido,  y de contera  la disparidad entre   las dos naciones  creció, un oficial naval ruso, de alto rango, declaró que su país   apoyaría a Nicaragua  con  sus propias armas en  caso de un conflicto  con cualquier  vecino en el Caribe. Obviamente se refería a Colombia,  con quien Nicaragua mantiene su mayor disputa, y no a Costa Rica, que en lo militar no cuenta,  por no tener ejército, ni quien la socorra metiendo el hombro por ella. Tampoco  se refería  a Panamá, cuyas diferencias  sobre límites  son adjetivas  al lado de las que tiene con nosotros. 


 Las palabras del oficial ruso fueron dichas para que se oyeran en Bogotá. Y, después de dichas, no fueron rectificadas en Moscú. ¿Cómo  iban a serlo si  nuestra Cancillería  (dirigida  por una dama exquisita, hecha más para las relaciones públicas  que para la diplomacia, que confunde con el protocolo)  nunca se pronunció al  respecto, ni siquiera para pedir una aclaración, como si no se hubiera enterado  ¿Pero si se enteró?, según cuentas. En lo que al país  atañe, solo vino a saberlo en estos días, tras el episodio de los  bombarderos Tupolev  que surcaron nuestro espacio aéreo sin permiso. O sea que tamaña  amenaza, explícita y probada, nunca desmentida sino corroborada  por el silencio del Kremlin, se la ocultaron a Colombia sus autoridades.  ¿Con qué objeto? Cualquiera que hubiera sido, diría  yo, aún el más  pertinente y ajustado a la seguridad nacional, el que mejor  cubriera  nuestros intereses o el que más  conviniera  a nuestra diplomacia (si es que  tenemos  una  como prospecto claro), cualquiera, en fin, que  hubiera sido el objeto  estimado o invocado, no excusa el que no se haya  alertado  a los colombianos  sobre un peligro  de semejante  calibre , anunciado  además. Hay cosas que no es dable esconder en aras de la diplomacia,  o de supuestos o reales intereses superiores del Estado, cuando es el gobierno, por sí solo,  sin la  intervención vigilante del Congreso y la prensa, el que  define  cuáles  son éstos.


La reciente invasión de nuestros cielos, atrás mencionada, nos asombró por la frescura con que  se hizo y con que  respondió Moscú, o ha dejado de responder,  al tímido reclamo colombiano.  Ese cinismo  hoy  sí  lo entendemos, pues antes hubo  una provocación peor -en tono  de rotunda, tajante advertencia-  y el gobierno, que se sepa, no solo no reaccionó  sino que le ocultó  el hecho al país. País  cercado  por unos vecinos  que  buscan   prosternarlo, silenciarlo por el miedo, convertirlo a su credo,  sumarlo a su eje planetario, en la muy ejemplar e instructiva compañía de Cuba y Norcorea, bajo la protección del dragón  chino y el oso ruso, que no son dos mascoticas cualesquiera sino  un par de  fieras  voraces , mortíferas , que la naturaleza, la historia  y   la leyenda conocen de sobra.