Editorial

Negociando con c韓icos
14 de Noviembre de 2013


(Que) comiencen a entender a las Farc como contraparte 醰ida de obtener gabelas electorales, como las circunscripciones especiales en territorios donde han ejercido su imperio de terror, con las cuales esperan acrecentar su poder pol韙ico.

Para iniciar las conversaciones en busca del fin del conflicto con las Farc, el Gobierno Nacional les concedió el carácter de interlocutoras legítimas, haciéndolas pares de voceros de las instituciones democráticas. Luego, en el comunicado sobre los acuerdos, todavía no definitivos, sobre participación en política, les abrió el espacio para coordinar los foros en los que se discutirían las garantías a la participación y a la oposición en la democracia colombiana. En ambos casos, el Gobierno y sus voceros en la mesa de conversaciones de La Habana parecen admitir que están tratando con ciudadanos que participan de las lógicas de transparencia, respeto a la vida y observancia de la ley que comprometen a los ciudadanos que se han sometido a las reglas de la democracia.


Con elegancia, el doctor Antanas Mockus, se refirió al talante de la contraparte en la mesa de negociación indicando que su apoyo al resultado de las conversaciones dependerá de que lo que se logre no sea “un acuerdo de cínicos”. Las revelaciones hechas por el director de la Policía, general Rodolfo Palomino, y el ministro de Defensa, doctor Juan Carlos Pinzón, sobre los planes de la columna Teófilo Forero, responsable de un sinnúmero de actos terroristas, para atentar contra el expresidente Álvaro Uribe y el fiscal general, doctor Eduardo Montealegre, así como el hallazgo de documentos con planes sobre secuestros y otros atentados, confirman los temores del doctor Mockus e imponen nuevas reflexiones sobre el proceso en curso y las condiciones de las conversaciones entre interlocutores distintos en su condición, talante y propósitos, así como la responsabilidad con que los medios de comunicación debemos cubrir este proceso.


Mucho se ha comentado sobre el plan para atentar contra el expresidente Uribe, explicable en la desconfianza de la ciudadanía por las Farc, en la popularidad del exmandatario y en la paradoja que se configura en que la guerrilla, que hace apenas una semana acordó con el Gobierno las condiciones para ofrecer “derechos y garantías para el ejercicio de la oposición política en general y en particular para los nuevos movimientos que surjan de la firma del acuerdo final”, determine que la amenaza y el asesinato son sus opciones para discutir con quien ayer, en ejercicio de sus obligaciones constitucionales, las enfrentó cuando estuvo en la Presidencia de la República y hoy, en disfrute de sus derechos ciudadanos, las debate, con argumentos sólidos, en el foro público. Esta faceta del cinismo de las Farc se caracteriza, entonces, porque son caraduras para reclamar apertura para ellos, mientras no tienen límites para perseguir a sus contradictores, que es lo que, según denunció el doctor Uribe, vienen haciendo en Nariño y Caquetá contra los seguidores del Centro Democrático, nuevo movimiento en la política colombiana.


Las conversaciones que comenzaron hace un año han encontrado en el doctor Eduardo Montealegre, fiscal general, un aliado abierto a reclamar dentro y fuera del país condiciones de justicia transicional a la medida no de las víctimas, no del Estatuto de Roma, sino de las Farc, o sea sin penas de prisión, con verdades a medias y sin reparación. La pretensión de atentar contra una autoridad que se ha comprometido con el proceso de paz hasta más allá de sus atribuciones, revela otra de las facetas cínicas de las Farc, como es la de cometer actos terroristas sin reclamar autoría, a fin de que sean adjudicados a sus enemigos, que en este caso serían los enemigos del proceso de paz, camino por el cual llegarían a culpar al expresidente Uribe y sus amigos del Centro Democrático o a cualquier colombiano de aquellos a los que califican de “enemigos de la paz” (¿?). Increíble y doloroso, pero con hechos de esta calaña está escrita la historia de las Farc, o sino que se indague con los indígenas del Alto Naya o las víctimas de la masacre de Bojayá.


Las noticias de estos planes de atentados, agravadas con las que llegan sobre documentos incautados en los que se habla de secuestrar congresistas, invitan a los negociadores, los medios de comunicación y los líderes de opinión colombianos a hacer un esfuerzo para entender a la contraparte en la mesa de negociación, para que, a semejanza de lo que hicieron Israel, Francia y Gran Bretaña con Irán, dejen de mirarla con el deseo de estar negociando con ciudadanos respetuosos de los derechos humanos y la ley, y comiencen a entender a las Farc como contraparte ávida de obtener gabelas electorales, como las circunscripciones especiales en territorios donde han ejercido su imperio de terror, con las cuales esperan acrecentar su poder político. Solo así podría llegar a buen puerto una negociación seria por el fin del conflicto armado y violento de las Farc contra el pueblo colombiano.