Columnistas

Embeleco sem醤tico
Autor: Rodrigo Pareja
12 de Noviembre de 2013


El art韈ulo 189 de la Constituci髇, en sus numerales 3,4 y 5, expresa sobre las responsabilidades del Presidente

El artículo 189 de la Constitución, en sus numerales 3,4 y 5, expresa sobre las responsabilidades del Presidente:


“3- Dirigir la fuerza pública y disponer de ella como Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas de la república.


4- Conservar en todo el territorio el orden público y restablecerlo donde fuere turbado.


5- Dirigir las operaciones de guerra cuando lo estime conveniente”.


En ninguna parte dice la Carta que el deber primordial del Presidente sea adelantar una “seguridad democrática”, tal como la bautizó el anterior mandatario, de acuerdo con su gusto y su fuero interno, y con todo el derecho que lo asistía en su momento.


Todos los que a él lo antecedieron, el actual y quienes vengan en el futuro a ocupar el solio de Bolívar, tendrán que cumplir cabalmente ese mandato constitucional contenido en el artículo 189, sin necesidad de bautizar o ponerle mote alguno a lo que por ley tienen que cumplir, 


La tal “seguridad democrática” no pasa de ser un embeleco semántico con el que se ha pretendido confundir a buena parte de la ciudadanía, pues los mismos objetivos y resultados se habrían conseguido – en el gobierno anterior y en éste – si se le hubiera bautizado protección ciudadana, salvaguardia ciudadana, tranquilidad popular, defensa general, seguridad amplia  o cuidado ciudadano, entre un sinfín de apelativos.


El abatimiento de Raul Reyes, ¿fue por la “seguridad democrática” o por el cabal cumplimiento del artículo 189 de la Constitución? ¿Y la baja del “Mono Jojoy” y la de Alfonso Cano, entre otros muchos importantes miembros de las Farc que han caído ante la fuerza pública en este gobierno, se obró acaso por milagro del Espíritu Santo? 


Esa parece ser la conclusión de algunos que sostienen que el tal embeleco semántico de la “seguridad democrática” no existe en este Gobierno, el cual, según ellos, la abandonó y sepultó en el olvido, olvidando, ellos sí, las innumerables derrotas propinadas a la guerrilla, al paramilitarismo, a las bacrim y a todos los demás actores que atentan contra la seguridad y el orden público.


Por más contradictor u opositor que alguien sea del expresidente Uribe, no podrá desconocer que cumplió a cabalidad con lo preceptuado en el  ya mencionado Artículo 189, algo que no fue conseguido porque se utilizó el incesante estribillo de la “seguridad democrática”, sino porque se cumplió un mandato constitucional.


El mismo que está acatando – aunque muchos no lo reconozcan – el actual presidente Juan Manuel Santos, a quien no le ha dado todavía la ventolera de bautizar sus deberes constitucionales con cualquier pomposo nombre.


Por eso hay que insistir en que la tal “seguridad democrática” no deja de ser un embaucamiento semántico que pretende hacer creer que sólo una persona, un iluminado, un predestinado, es capaz de cumplir la Constitución en ese terreno, aunque en otros su calificación no haya sido tan óptima.


Si en ocho años con la aplicación de ella a rajatabla no se pudo doblegar a la guerrilla más antigua de América, ¿por qué se pretende que el objetivo se consiga en tan solo tres años?, ¿Y por qué se insiste en que hay que vivir en la guerra y no explorar  una posibilidad de paz, así ella sea remota?


La primera y gran declaración del candidato uribista, Oscar Iván Zuluaga, fue acabar de un tajo con los diálogos que actualmente se cumplen en La Habana. Es decir, plomo y más plomo, guerra y más guerra, muerte, desolación y destrucción para comenzar su muy hipotético gobierno.


Es decir, volver a disfrazar con anodinos calificativos un mandato constitucional insoslayable y ofrecer más décadas de luto, a cambio de satisfacer egos, vanidades  y soberbias de una pequeña élite que no ha podido aceptar que en política, como en todas las actividades de la vida, se gana y se pierde.