Columnistas

¿Error o amenaza?
Autor: Sergio De La Torre
10 de Noviembre de 2013


Dos hechos, de opuesto sabor, acaban de ocurrirse. El uno en La Habana, positivo, auspicioso, nos anuncia los mejores días que estamos esperando desde hace décadas, sin poder evitar los sucesivos desengaños de Tlaxcala y Caguán.

Dos hechos, de opuesto sabor, acaban de ocurrirse. El uno en La Habana, positivo, auspicioso, nos anuncia los mejores días que estamos esperando desde hace décadas, sin poder evitar los sucesivos desengaños  de  Tlaxcala y Caguán.  El otro, negativo y quizás premonitorio, fue la invasión de nuestro espacio aéreo  por bombarderos rusos  en vuelo  de Venezuela a Nicaragua, ida y regreso. Lo peor aquí  fue la parca respuesta de Moscú al reclamo colombiano  cuando, al desmentirlo, afirma  que los cielos sobrevolados son caribeños. Como quien dice, no son colombianos,  sino de todos, o sea nicaragüenses  también.  Que es precisamente lo que Managua  quiere oir y reivindica en su nueva demanda ante  La Haya, pidiendo el reconocimiento de su plataforma continental extendida, más acá de San Andrés, hasta llegar  casi a Cartagena. En otras palabras, su derecho a navegar y explotar  dichas  aguas, encapsulando al archipiélago entero.  Y, por extensión, el derecho a cruzar el cielo que las engloba.


De entrada llama la atención la simultaneidad de tales episodios. Puede ser  mera  casualidad, pero como nos  hemos acostumbrado a que nada de cuanto sucede en ambos países cercanos y que de alguna manera nos afecta es inocente o fortuito,  bien podemos   pensar mal, hacer conjeturas y deducir  probables   intenciones  torvas.


Del presidente Ortega, que va camino de alcanzar a Somoza en punto  a la duración de su satrapía, podemos esperar cualquier cosa. Por algo llegó al poder a sangre y fuego y se mantiene ahí  a punta de triquiñuelas. Suele pegar primero porque, como buen  malandrín, así cree pegar dos veces. Atropella los plazos, se anticipa  a los hechos -que en política tienen su  momento y su ritmo -  , arrasa con todo, incluidas  las buenas maneras, la cortesía mínima que  acompaña el trato entre naciones, máxime si, siendo vecinas, se presumen hermanas. Sin aguardar, verbigracia,  a que Colombia se pronunciara sobre el fallo de La Haya que le obsequió  80.000 kmts.2 (seguramente mucho más de lo que esperaba sacar del pleito  mansalvero y desleal que nos  cazó) y  no satisfecho aún,  envalentonado por su éxito inicial, exigió más  el inefable comandante, cuyas  ínfulas  napoleónicas, además de pintorescas, le  van resultando  peligrosas a la región.


Por si fuera poco, ahora que Colombia , despertando del  golpe  de Holanda que el año pasado la dejara  aturdida,  no ha logrado entenderlo del todo , ni asimilarlo para fijar  una  posición e intentar darle  respuesta final a la siniestra sentencia, Ortega quiere  incorporar  los mismos parámetros  en ella  trazados , a su Constitución. Sin haber sido aceptados todavía por la contraparte. O sea volverlos irreversibles y no negociables en absoluto  con Colombia, víctima del zarpazo… si se deja.


Cuando de proteger  la soberanía del país se trata, de  un país  que  ya  perdió  la mitad de sus dominios, no por simple descuido como creen algunos, los más indulgentes,  sino por negligencia criminal (y no criminalizada, por  cierto,  como fue debido) nunca sobran  el recelo y las precauciones, pues Colombia ha sido tan castigada que nada  sería  excesivo en el marco de la diplomacia.  No bastan las simples notas y protestas.  Hay que hacerlas oír y tramitarlas  en los foros internacionales,  así como exigir satisfacciones y el compromiso de respetar. De lo contrario acabaremos atrapados  en una tenaza que nos apriete desde los dos costados, el occidental y el oriental, en el Caribe. Acaso con los aviones  Tupolev, Ortega nos está mostrando los dientes por interpuesto rostro, el de la nueva Rusia imperial, sin zares ni comisarios pero con la tendencia a expandirse y el ímpetu de siempre, aunque a ratos se le duerma  o apague  por   motivos  geoestratégicos  que  no puede contrarrestar.