Columnistas

縊tro fracaso?
Autor: Jorge Arango Mej韆
10 de Noviembre de 2013


Lamentablemente, el Gobierno solamente se mueve arrastrado o empujado por los acontecimientos. Cuando los problemas que se han descuidado originan las protestas de la gente, salen los altos funcionarios del r間imen,

Lamentablemente, el Gobierno solamente se mueve arrastrado o empujado por los acontecimientos. Cuando los problemas que se han descuidado originan las protestas de la gente, salen los altos funcionarios del régimen, encabezados por el presidente, a repartir promesas con el único fin de calmar los ánimos. Hace rato se han olvidado de que gobernar es prever.


Se ha dicho que toda comparación es odiosa. Sí, pero hay que hacerlas. En 1967, cuando gobernaba el doctor Carlos Lleras Restrepo, se presentó al Congreso un proyecto de ley de facultades para dictar medidas en materia cambiaria. Ya tenía el gobierno en su poder unas normas que habían sido estudiadas cuidadosamente durante más de seis meses. Esto permitió dictar el decreto 444 de 1967 apenas sancionada la ley.


Ahora, sacudido el gobierno por el escándalo de uno jueces que vendían providencias y por el de un señor Villarraga que nunca debió ser magistrado (y ni siquiera juez de gallos), ha anunciado que sí presentará un nuevo proyecto de reforma constitucional que resolverá, como por arte de magia, todos los problemas de la justicia. Bendito bálsamo de fierabrás que todo lo arreglará.


Desconcierta y causa estupor que un hombre inteligente, honesto y bien preparado como Alfonso Gómez Méndez, haya caído en la trampa y se haya sumado a los expertos en improvisar proyectos de reforma y cosechar fracasos. ¿Cómo no darse cuenta de que no hay tiempo para esa reforma, que su presentación es inoportuna, y que lo que mal comienza mal terminará?


Hay que partir de la base de que a estas alturas no hay ni siquiera un anteproyecto de acto legislativo. Si lo hay, ¿quién lo redactó y a qué horas? Esto no se hace de la noche a la mañana. Ya fue suficiente el espectáculo bochornoso del pasado intento, cuando no sabía el gobierno en qué andaba, y tampoco lo sabían los que firmaban sin leer, como el representante de marras.


Ya estamos en plena época electoral. Anda el presidente  deshojando margaritas para decidir si será candidato a la reelección o no. El que no haya pronta ni cumplida justicia no le preocupa. Más le interesa que los sibaritas de las Farc le permitan presentarle a la gente, a las volandas, un supuesto acuerdo de paz por más disparatado que sea.


Insisto: el sistema que permite la permanencia de jueces incompetentes y perezosos, dedicados a todo menos a la correcta administración de justicia, es la causa de los males que aquejan a ésta. Cuando cada dos años había oportunidad de reemplazarlos si no daban rendimiento, era diferente.


Todos lanzan propuestas, sin mayor reflexión. Se dice que hay que acabar con el Consejo Superior de la Judicatura. Y surge la pregunta que nadie responde: ¿cómo se le reemplazará?


El sistema de elección de los magistrados de la Corte Constitucional es acertado. Si ha habido errores en la selección de los candidatos, no pueden atribuírsele al sistema sino a quienes han hecho las ternas.


No, el camino no es llevar al Congreso cualquier esperpento y hacerlo aprobar a marchas forzadas mientras la nación está dedicada a las tareas electorales.


Lo que no puede olvidarse es la raíz del problema, que no es otra que la corrupción en su más amplio sentido, que naturalmente comprende la morosidad. De esta última da ejemplo el Consejo de Estado, en cuyas puertas convendría escribir, como en las puertas del infierno, “Los que entráis aquí, perded toda esperanza.” En estos días un abogado preguntó cuando podría haber sentencia de segunda instancia en un negocio comenzado hace más de quince años, y se le respondió, por medio de un auto, que ese asunto había entrado a despacho para sentencia en 2012, y que apenas se estaban decidiendo los que habían entrado en 2004. ¡Risible si no fuera doloroso!