Columnistas

Apariencias y realidades
Autor: Sergio De La Torre
3 de Noviembre de 2013


De cuanto pudimos saber de su convención, a través de los medios, podría colegirse que el uribismo no es tan compacto como lo parece frente al proceso de paz.

De cuanto pudimos saber de su convención, a través de los medios, podría colegirse que el uribismo no es tan compacto como lo parece frente al proceso de paz.  Hay matices, bien  reflejados en los discursos dispares de los dos candidatos más fuertes, Zuluaga y Pacho Santos. Mientras Pachito prometía, si ganaba la presidencia, el mismo 7 de agosto romper de plano los diálogos de La Habana, Zuluaga dejaba entrever que, antes de hacerlo, condicionaría su continuidad a que la guerrilla unilateralmente cesara en sus acciones criminales. La diferencia es obvia y clara: el primero ofrecía volver a la guerra frontal, reanudando la presión que Uribe mantuvo hasta el último día y que  el actual presidente morigeró al comenzar su mandato casi hasta anularla, congelando la confrontación, con la mediación de Chávez, en una especie de equilibrio en que las Farc, alejado el fantasma de la capitulación, ya no tendrían que rendirse para evitar ser aniquiladas. Dicha rendición, como se recuerda, era la obsesión del gobierno anterior, comandado por quien, en su estilo y ademanes, y en  el compromiso que se había fijado, parecía la reencarnación  del Pacificador Murillo, célebre por su eficacia minuciosa y su implacable tenacidad.


Ganó Zuluaga, mas no apenas por ser el más confiable y obediente al Mesías (algo que nadie discute), y por venir de la provincia y no del altiplano, sino también porque sus  correligionarios en la cúpula perciben en él (como lo percibe silenciosamente el propio Uribe) un resquicio de esperanza en una salida negociada del conflicto. Resquicio que anida también en el corazón de tantos entre quienes en la calle se resisten a cualquier arreglo que  traiga impunidad y gabelas a la insurgencia. La victoria del caldense sobre Pachito denota que aún el uribismo más recalcitrante no le cierra del todo las puertas a un acuerdo eventual con las Farc (así sea el que se alcanzare en la mesa actual, si así ocurriere), siempre que se acomode a sus condiciones y exigencias mínimas. Habría que saberlo leer así en el triunfo de Zuluaga, en cuyo talante tranquilo y en cuyo lenguaje se advierte una cierta moderación que, por mucho que en la reciente contienda, en busca de seducir a la élite uribista se haya esforzado en  ocultar, está latente en su alma. Moderación que  bien  podría despertarse cuando llegue  esa  hora de transar y conciliar en que concluyen  todas las consabidas  disputas entre duros y blandos sobre el modo de encarar o negociar la guerra, y la paz que la suceda.


Lo dicho atrás, que atañe al  último episodio de nuestro acontecer político, nos revela cuán turbia e indescifrable a veces es la política. Sobre todo la que se acompaña de la  inconsistencia y volubilidad que el trópico imprime al hombre, haciéndolo  impredecible cuando de las tentaciones del poder se trata. Ahora se dice que la política es dinámica. Yo quiero ver a Zuluaga cuando, al conquistar  la Presidencia (cosa que no encuentro muy factible) herede un proceso de paz en marcha como el de Cuba: si lo rompe o si lo recoge, así sea para enmendarlo, demorándolo o acelerándolo.


Resumamos: ni el uribismo es tan uribismo ni Juan Manuel Santos es tan traidor. Todo es según el color del cristal con que se mire.  Las diatribas y  actitudes extremas suelen ir dirigidas  al consumo de la  galería y el gallinero. Tampoco la comandancia de la guerrilla es tan radical e intransigente como se muestra en La Habana, siempre  pendiente de que su tropa no flaquee más de la cuenta, se desmoralice  o  la abandone en una deserción mayor de la que ahora se registra con destino a la reinserción o  a  las bacrim. Pues la tropa, siguiendo el ejemplo de sus superiores, también se degenera y corrompe.