Editorial

Las armas químicas de Al Assad
2 de Noviembre de 2013


Persisten dudas razonables sobre la sinceridad de Al Assad, protegido del alabado Vladimir Putin, en el proceso de inspección y sobre sus reales intenciones al mostrarse colaborador con Naciones Unidas.

Una revisión de las noticias de los medios internacionales de comunicación sobre los resultados de la primera etapa de inspecciones a las armas químicas producidas y almacenadas por el Gobierno de Bashar al Assad deja el sinsabor de asistir a la promoción de nuevas verdades a medias, enunciadas a conveniencia por voceros y sistemas de comunicación que aspiran a que la opinión pública mundial olvide que en agosto pasado dudaron de la veracidad del ataque químico contra la población civil siria, de su autoría por tirano y del legítimo empeño del Gobierno estadounidense, único que confirmó ese ataque desde su misma ocurrencia, para buscar su no repetición.


Los inspectores de la Organización Para la Inspección de Armas Químicas (Opaq) celebraron que, tras un mes de trabajo en 21 de los 23 sitios que el Gobierno Al Assad reconoció como de producción y almacenamiento de un arsenal químico de 1.200 toneladas, se haya logrado que “todos los depósitos de armas y sustancias químicas hayan sido precintados, con precintos irrompibles”, así como la confirmación por el Gobierno de que los dos restantes, inaccesibles, según su decir, por razones de seguridad, han sido abandonados y no ofrecen peligro. Al parecer, pues, el régimen que acumuló grandes cantidades de gases mortales, como el sarín, el mostaza y el nervioso XV, está dispuesto a acatar la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que recuerda la prohibición del uso de armas químicas, exige cooperar con la Opaq para eliminar las que se tengan y compromete a la comunidad mundial con investigaciones inmediatas cuando se denuncien hechos de esa índole.


No obstante el entusiasmo del director de la laureada Opaq, diplomático turco Ahmet Üzümcü, de los inspectores enviados a Siria y de los medios de comunicación, persisten dudas razonables sobre la sinceridad de Al Assad, protegido del alabado Vladimir Putin, en el proceso de inspección y sobre sus reales intenciones al mostrarse colaborador con Naciones Unidas. Esas inquietudes no pueden ser desconocidas por quienes aspiran a la paz sólida y duradera en Siria.


Senadores estadounidenses del Comité de Relaciones Exteriores han indagado por la diferencia entre los lugares de depósito de armas químicas en Siria detectados por los organismos de inteligencia norteamericanos, 45, y los 23 reconocidos por el Gobierno de Al Assad. La ONU y el propio Gobierno estadounidense deberán aclarar si esa diferencia simplemente se explica, según Thomas M. Countryman, asistente de la Secretaría de Estado para la seguridad internacional, por la diferencia de criterios sobre lo que son lugares de depósito, o si es necesario una respuesta más de fondo. 


Tampoco se puede despreciar el análisis del Observatorio sirio de Derechos Humanos, que reclama no olvidar “que las armas químicas fueron causantes de una pequeña minoría del total de víctimas de este conflicto, que sigue matando”. Mientras dure la inspección internacional, que se prevé será hasta junio de 2014, Al Assad quiere asegurar su permanencia al frente del Gobierno y, en consecuencia, conservar una interlocución privilegiada con la comunidad internacional, que le da ventajas frente a una oposición fragmentada en su ideología, intereses y métodos, y finalmente tan cuestionada como el Gobierno por ser capaz de llegar hasta las peores formas de terrorismo. 


La resolución del pasado 27 de septiembre emitida por el Consejo de Seguridad de la ONU, tras acuerdo del secretario estadounidense John Kerry y del canciller ruso Sergei Lavrov, exige al Gobierno de Al Assad permitir la inspección internacional a su arsenal químico y renunciar al uso de esas armas. También exige realizar la “Conferencia por la Paz en Siria”, prevista a realizarse en Ginebra, aunque no se ha definido fecha, y “facilitar la transición”. Aunque el Gobierno sirio se ha mostrado dispuesto a acceder también a esta demanda de la comunidad mundial, los grupos de oposición no consiguen un acuerdo sobre su participación en el proceso de diálogo que impulsan la ONU, la Liga Árabe y la propia Rusia, y en el que se ha designado como mediador al diplomático argelino Lakhdar Brahimi. Sin ese diálogo, la acción positiva contra las armas nucleares será apenas un paliativo para el pueblo sirio y el esbozo de un fracaso para la comunidad mundial.