Columnistas

¡Basta ya!
23 de Octubre de 2013

Con este título se publicó hace poco la investigación adelantada por el Grupo de Memoria Histórica, en la que se presenta, por primera vez, la relación completa de lo que ha sido el conflicto armado en el país entre los años 1958 y 2012. El texto hace importantes aportes históricos al origen del conflicto y sus principales manifestaciones, y al final algunas recomendaciones de política, aunque la intención de los autores es claramente “recoger la memoria del sufrimiento de las víctimas, como también de su dignidad y resistencia, [,,,] con el fin de reconocerlas, repararlas, y dignificarlas”. 


Éste puede considerarse como el aporte mayor de este trabajo: la visibilización de las víctimas, quienes a través de su rostro y su palabra, se individualizan, adquieren una identidad, manifiestan su dignidad vulnerada y permiten ser reconocidas como personas, como seres humanos sufrientes, rasgo que comparten con los miles de víctimas de este largo conflicto. Se dirigen a oyentes o lectores con la dignidad que da la certidumbre de compartirles una común humanidad, esperando encontrar solicitud, compasión y solidaridad. Pero también esperando justicia, que es para ellos esencialmente conocer la verdad de lo ocurrido, ser reparados moralmente por parte del Estado y de sus victimarios; y ser sujetos de restitución de sus bienes y de restauración de sus condiciones de vida.


A lo largo de estos testimonios (pues las víctimas son los más genuinos testimonios de la crueldad de ese conflicto), se evidencia que la narración es una mediación privilegiada para desentrañar la identidad de personas y comunidades, su ser más profundo (como lo señala la hermenéutica de P. Ricoeur), y que el rostro de quien ha adquirido una identidad narrativa, esto es, una historia, se materializa en un Otro, correlato del sí mismo que soy yo, que me interpela y me permite reconocerme en él: ya no somos extraños, surge la reciprocidad que conduce a las corresponsabilidad, según el pensamiento de E. Lévinas. En ambos casos, la dimensión ético-moral se hace presente: la identidad narrativa hace evidente el carácter moral de quien habla y manifiesta su dignidad que tiene que ser respetada; el rostro del Otro igual a mí en humanidad, exige acciones y comportamientos de nuestra parte. Este carácter ético-moral del tema que nos ocupa es su fundamento: el derecho y la política que también tienen su palabra que decir y sus acciones que tomar, deben saberlo. 


Hemos cometido un grave error al reducir el tema de las víctimas solo a sus dimensiones legales y políticas, dando un papel secundario o decorativo a la dimensión ético-moral, que es realmente su esencia. Lo que está en juego aquí es la dignidad humana de cientos de miles de colombianos que ha sido vulnerada -más no destruida- y que, por tanto, tiene que ser visibilizada mediante acciones de  corresponsabilidad solidaria (K.O. Apel) de quienes sabemos que compartimos con ellos una común humanidad. La política y el derecho son herramientas para hacer posible el cumplimiento de esta tarea. El Centro de Fe y Culturas quiere aportar a ella pidiendo responder al llamado de las víctimas; despertando la conciencia moral y política de responsabilidad y participación y ofreciendo elementos de reflexión para un debate social y político. Creemos que esto contribuye al esclarecimiento necesario, a la reconciliación, como también a una  reacción, pues la indignación no es suficiente, en palabras de los propios autores de este informe.


* Miembro del Centro de Fe y Culturas