Columnistas

Anotaciones al margen
Autor: Sergio De La Torre
20 de Octubre de 2013

Avergüenza  mucho: somos el único país latinoamericano afectado aún por el cáncer de un conflicto interno, de esos que virtualmente ya fueron erradicados del planeta, incluidas el África y el Asia más primitivas, donde ya casi  no quedan o están en vía de zanjarse. El fenómeno se mira hoy como una verdadera  aberración, por lo pesado y salvaje. Tales enfrentamientos, derivados de antagonismos ideológicos, vinieron a proliferar en la postguerra, a partir del año 46, por cuenta de la “Guerra Fría”, cuando la Unión Soviética (  que había extendido sus dominios, engulléndose parte de Alemania, hacia la  misma Europa occidental) se acompañaba de la China de Mao, con quien, pese a sus  desacuerdos, concordaba en la meta de propagar, a como diera lugar, por el ancho Tercer Mundo  el marxismo leninismo,  doctrina con pretensiones  universales, alcances geoestratégicos  y  vocación imperial, cerrada como un monolito y que, por si fuera poco, semejaba una nueva  fe, signada por el dogmatismo y la intolerancia, como toda religión que nace a la vida -¡o a la muerte!-.


Los conflictos centroamericanos de El Salvador, Nicaragua y Guatemala (que en altísimo grado se explican por la vecindad de Cuba) sumados a los de Suramérica en Perú, Argentina y Uruguay, se apagaron  con la caída del Muro de Berlín, que dio al traste con la Urss y  todo aquello que  se le ofrecía al mundo como el modelo a seguir. De paso se extinguieron los pujantes partidos comunistas de Italia, España y Francia. Pero quedó en pie nuestro conflicto, catalogado como “de baja intensidad” (para los demás, no para nosotros) y que los estudiosos, asombrados,  tienen por pieza de museo. Que lo es de veras, metafóricamente, si nos remontamos a su origen, erróneamente situado en los años  sesenta, cuando su génesis hay que buscarla más atrás, en el mismísimo 46, coincidiendo con el comienzo de la aludida Guerra Frìa y con la brusca, intempestiva interrupción del experimento reformista iniciado aquí en 1934, la cual se  produjo   por obra  de una minoría electoral que solo podía retener el poder con el uso y abuso de la fuerza oficial. La llamada Violencia  estalló en un contexto de avasallamiento  de las mayorías (que accidental e imprudentemente habían perdido la Presidencia) y  se dio en el campo porque su designio no confesado fue el de  desalojar a los labriegos para recuperar o asegurar las  tierras que López, mediante la ley 200, quiso redistribuir,  y en parte lo logró.


La violencia actual, atribuible a la subversión armada, el paramilitarismo y las bacrim, no es más que la prolongación de la Violencia  de chulavitas, bandolerismo y guerrilla liberal, inaugurada en el 46 y recrudecida 2 años después, con el 9 de abril. El germen de las Farc estuvo ahí y, así duela o fastidie admitirlo, el propio Tirofijo no fue otra cosa que un guerrillero liberal que sobrevivió a la cruzada de exterminio  auspiciada desde  arriba  y quien luego, en el 53, rehusó ampararse  en la amnistía de Rojas Pinilla. Como si se tratara de un tema tabú, ello poco se menciona, porque el pacto de silencio implícito en  el contubernio del Frente Nacional, parece vigente aún. Refrescar tales hechos le resulta incómodo –aunque en distinta medida– a las viejas élites de los partidos tradicionales: a los goditos porque les recuerda su papel  en la Violencia, y a los cachiporros  porque José Antonio Marín  se hubiera alzado no hace  5 décadas, como suele creerse, sino hace 7, siendo cachiporro él también, para adoptar luego el nombre  de Manuel Marulanda, concejal gaitanista asesinado por  esas  calendas. Llegará el día en que  cronistas iconoclásticos  e  historiadores insumisos – que siempre los hay -   develen ciertas verdades que se ocultan por pudor o por mera hipocresía.


Estamos frente a una guerra larvada que abarca 3 generaciones y con la cual hemos aprendido a convivir como si hiciera parte de nuestro ser. Degradada, desde luego, por el secuestro y otras infamias afines, y contaminada por el narcotráfico que la reproduce. ¿Hasta cuándo ¿ La respuesta está en La Habana, claro, pero sobre todo aquí.