Columnistas

Uribe y su imaginario
Autor: Rubén Darío Barrientos
17 de Octubre de 2013


Hace pocos días, un amigo cercano me interrogó sobre los precandidatos de Uribe a la presidencia de la república y, concretamente, me inquirió acerca del que yo creía que más lo llenaba a él. Le dije sin ambages: ninguno de los tres que hay en liza

Hace pocos días, un amigo cercano me interrogó sobre los precandidatos de Uribe a la presidencia de la república y, concretamente, me inquirió acerca del que yo creía que más lo llenaba a él. Le dije sin ambages: ninguno de los tres que hay en liza (Carlos Holmes Trujillo, Pachito Santos y Óscar Iván Zuluaga). Y le agregué, también sin rodeos: su predilecto es alguien que no puede ser porque está inhabilitado y es Fernando Londoño Hoyos. De lejos. Entre otras cosas, porque es el más afín a sus convicciones, a su ideología y a su forma de pensar. Y le adicioné: hay otro que él sabe que ostentaría el sello de sus postulados y es Germán Vargas Lleras. Pero tampoco es, porque se le torció a sus intereses hace rato, acusando manifiesta deslealtad, irrebatible traición y profundo distanciamiento.  


En suma, ambos personajes les darían a Uribe la tranquilidad de ser los candidatos de sus profundas entretelas. Pero por la irrealidad de sus opciones, la tesis forma parte meramente de su imaginario presidencial. No son ni pueden ser. Así como él también está por fuera de carrera. Los citados son los que se llaman comúnmente como “pesos pesados”, por oposición a las condiciones livianas que encarnan los tres precandidatos de marras. Uribe sabe que con cualquiera de los actuales está asegurada la derrota, no obstante Santos mantiene niveles bajos de favorabilidad reeleccionista en las encuestas. O dicho de otra forma: con ninguno gana porque les falta electorado y peso en la cola para ser líderes que arrastren votos en la lucha por arrollar en la contienda presidencial.


Desde luego, en ese imaginario, Uribe diría que su alma gemela sería Fernando Londoño Hoyos: un político, abogado y economista culto, historiador, con oratoria fluida, director de un programa sui generis que proclama a diestra y siniestra las tesis uribistas, llamado “La Hora de la Verdad” (en una frecuencia envidiable de 710 A.M. en Medellín) y que se convierte en una trinchera política e ideológica, de incalculable propaganda para los intereses del exmandatario antioqueño. No me equivoco si lanzo esta frase gráfica: “Uribe no tiene con qué pagarle a Londoño la campaña que le hace todos los días en el dial y la búsqueda de penetración en las gentes”. Y a fe que el abogado caldense, tiene vasta audiencia y cala hondo porque su discurso es coherente, fuerte, sin miedo y tiene la ironía de la sapiencia. 


El año 2004 fue funesto para Londoño Hoyos. Allí se vino el procurador de entonces, Edgardo Maya, y le asestó las inhabilidades por 12 y 15 años, que lo sacaron del partidor y lo dejaron a secas como un referente y un fogoso escudero. En cuanto a Vargas Lleras, el rifirrafe con Uribe se presentó cuando el exministro denunció penalmente a Santiago Uribe Vélez por reunir testigos en su contra y el expresidente antioqueño lo tildó de tener relaciones con Mancuso. Todo allí empezó a ser grieta y pasaron de amigos, aliados e impulsadores, a enemigos acérrimos. Lo que se vino fue grotesco y fuerte.


Uribe Vélez, Londoño Hoyos y Vargas Lleras, tienen tres cosas en común: han sufrido atentados, nada los atemoriza y son de mano dura. La ideología los une, pero el destino los separa. Si Uribe los tuviera disponibles, no se hablaría del trío de precandidatos de hogaño. Se mencionaría a Londoño, a Vargas y posiblemente a “Uribito” (Andrés Felipe Arias, a quien estaba formando, pero que está sub judice y fuera de foco). En las encuestas, les ha ganado Pachito Santos por años luz. Entre Zuluaga y Holmes Trujillo, cae la moneda parada. Algunos le recomendaron a Uribe a Peñalosa, mucho más que los tres de hoy, pero el exalcalde de Bogotá negó y tachó esa posibilidad. Está claro, pues, que Uribe con Londoño o con Vargas Lleras, tendría otro panorama. Pero la realidad de lo que tiene, le recuerda a Uribe una palabreja clave: hecatombe.