Columnistas

¿Sirven las democracias?
Autor: David Roll
17 de Octubre de 2013


Las democracias en principio se crearon a partir de las revoluciones inglesa, americana y francesa, sin mucha claridad sobre lo que se quería de ellas.

Las democracias en principio se crearon a partir de las revoluciones inglesa, americana y francesa, sin mucha claridad sobre lo que se quería de ellas. Lo importante era librarse del monarca, cortándole la cabeza en Inglaterra y Francia, o reemplazándolo por un presidente muy poderoso pero elegido, como se hizo en Estados Unidos. Al comienzo era más un equilibrio de poderes, pero luego se quiso con cierto optimismo ingenuo que además hiciera mejorar a la sociedad y a los individuos que la conforman, aunque finalmente se resignó todo el mundo con tenerla como una fórmula de competencia para elegir gobiernos sin violencia.  Sólo después de la segunda guerra mundial se aspiró realmente a que la democracia lograra un estado de bienestar generalizado y en efecto se consiguió en gran medida en Europa y Estados Unidos, aunque también los países no democráticos comunistas liderados por Rusia lo consiguieron por otra vía, muchísimo más dolorosa pero igualmente efectiva. Hoy en día no se sabe qué quieren las democracias terminado el conflicto ideológico de la Guerra Fría, siendo casi todos los países democracias capitalistas, con un discurso redistributivo además, pero con políticas públicas muchas veces contradictorias en ese sentido. El hecho fundamental es que si las democracias no están alcanzando en una buena medida disminuir el sufrimiento humano que generan  la escasez, la violencia y la injusticia, tal vez a pesar de todo no sean tan legítimas como pensamos y no merezcan mantenerse como modelo. ¿Cómo verificar esto? Hay mucha subjetividad en ese análisis, pero como en todo se pueden echar números y llegar a algunas conclusiones.  Los que han hecho este trabajo han llegado a las siguientes tres conclusiones:


La primera es que la democracia tiene una gran ventaja hoy en día frente a los regímenes no democráticos, sean estos de izquierda, de derecha o tradicionales, para alcanzar menores niveles de sufrimiento entre sus gobernados, porque la libertad es también fuente de felicidad, pero también porque ese sistema tiene unos mecanismos diseñados para intentar frenar los abusos entre los hombres, los cuales son en general más eficientes en muchos aspectos que los creados en un régimen autoritario, aun en aquellos con intenciones emancipadoras. La segunda conclusión es que a pesar de lo anterior en la mayoría de los países democráticos, y sobre todo en ellos en su conjunto, una parte  considerable de la población tiene carencias significativas que la democracia no ha podido suplir con sus mecanismos, debido a que se mueve en un sistema económico de libre juego que fomenta el individualismo consumista y la desigualdad, y porque aún no ha logrado solucionar cuestiones claves que van en contravía de las intenciones de justicia y bienestar común contenidas en las Constituciones. Se trata por supuesto de la corrupción en su amplísima variedad, y de las grandes dificultades para hacer que unos poderes controlen a los otros de modo que nadie se aproveche de una posición pública en beneficio suyo o de sus cercanos. La tercera conclusión consiste en reconocer el carácter nada homogéneo de las experiencias democráticas, y en señalar lo que las hace más o menos efectivas en su función final de evitar el dolor humano desde el Estado. 


En este sentido es claro que hay mejores democracias cuando los ciudadanos por el motivo que sea tienen convicciones éticas más arraigadas sobre la justicia y el bien común. También que funcionan mejor las democracias cuando los ciudadanos se involucran en política y no la desprecian y  hasta surgen líderes en verdad interesados por el bien colectivo, a veces hasta el autosacrificio. Y se sabe que son más eficaces las democracias cuando han sabido defender la autonomía de las instituciones de la influencia de otros países poderosos o de organizaciones y poderes externos e internos. Y es contundente que hay más éxito democrático y es más duradero cuando las nuevas generaciones son educadas persistente y pacientemente en los valores democráticos, tanto por la vía secular como por la de las confesiones religiosas que en general defienden éticas del bien común y la responsabilidad personal.  En síntesis, la democracia no es una fórmula mágica y su éxito va a depender no tanto de los procedimientos que se diseñen para evitar el sufrimiento humano, sino de la capacidad que tengan las sociedades que lo eligieron como método de gobierno de experimentar auténtica empatía por el dolor  ajeno y actuar en consecuencia.