Columnistas

Condenas mediáticas
Autor: Dario Ruiz Gómez
14 de Octubre de 2013

Después de leer la lista de candidatos de Uribe que, prácticamente, deben ser condenados sin juicio previo, por el  solo hecho de pertenecer, como lo señala un conocido columnista bogotano, a familias de paramilitares, terratenientes, corruptos,   arquetipos al uso que, manipulados ideológicamente, ignoran la particularidad de cada individuo, sin concederles la posibilidad legítima de ser diferentes a sus familiares, de ser contrarios a las ideas de éstos. Sorprende la dureza de este señalamiento por cuanto se recurre al recurso, bien fascista por cierto, de creer que en algunos apellidos se da una fatalidad genética que haría imposible que un hijo se apartara, políticamente de su familia.


Esta actitud  elimina el derecho de quien se sindica a defenderse, desconociendo uno de los logros fundamentales de la Democracia, el Habeas Corpus, o sea,  el no ser condenado sin antes haber sido escuchado.   El derecho a que alguien pueda cambiar de opinión, nace  de pensar que lo que ayer pensé, no es lo que  pienso hoy, porque la toma de conciencia respecto a mi circunstancia,  me ha llevado a entender que la decisión de cambiar de opinión  es algo que  nació de mi libre albedrío  y no es la imposición  de un dogma.  Es lo que hace injustas las condenas mediáticas basadas en el prejuicio y en el resentimiento como llegó a señalarlo el propio Gómez Méndez. Sobre todo cuando se confunde una reacción emocional con un juicio  que debe dictar la razón. El totalitarismo  desconoce deliberadamente al individuo  endilgándole calificativos que ya lo condenan de antemano, “fascista”, “guerrerista”, “paramilitar” tal como lo hace el chavismo para negar el derecho a la oposición a exponer libremente sus argumentos.


Hurgar en archivos, chuzar llamadas telefónicas  con el único fin de sorprender las presuntas faltas del otro, el  momento en que saludó a un paramilitar, en que dejó de pagar unos impuestos,  es propio de las policías totalitarias, aquí, el papel de policía lo hace el militante que cree que de esta manera ayuda a su causa. Porque lo que se persigue es el derecho a disentir, a pensar de otra manera, el derecho a la equivocación, olvidando la función de la discrepancia como la única posibilidad de abrirse a un diálogo. La democracia es el proceso de estas discrepancias que impiden que un pensamiento avasalle a otro en nombre de una supuesta verdad inconmovible. La democracia me permite defender un argumento  pero también me exige la grandeza de alma de saber reconocer en algún momento que estaba equivocado y aceptar los otros razonamientos.


El hijo de un antisemita puede ahora ser un demócrata cabal, lo puede ser el hijo de un jerarca nazi, tal como un antiguo militante comunista puede convertirse en un mercenario a sueldo de una organización criminal o en un político corrupto. ¿Tendríamos que  perseguir ad infinitum  a quienes abandonaron las armas y se han reincorporado a la sociedad como hombres o mujeres de bien? Sabemos muy bien lo próximo que está un señalamiento sin fundamento, de la calumnia, y de lo que supone la instauración de la sospecha como la forma más aberrante de terrorismo mediático, porque, quien se eroga para sí el papel de juez supremo, se está considerando fuera de toda sospecha, incapaz de haberse equivocado siquiera mentalmente alguna vez en la vida. Quienes actúan de este modo son lo que Kolakowski llama “hombres consecuentes” o sea aquellos  que están convencidos de que su tarea sólo terminará en el momento en que no quede libre ninguno  de aquellos que considera enemigos.


Volvamos a Camus: “Lo que hay que defender es el diálogo y la comunicación universal de los hombres entre sí. La servidumbre, la injusticia, la mentira son los azotes que rompen esa comunicación e impiden ese diálogo”