Columnistas

El que tenga oídos ¡que no oiga!
Autor: Mariluz Uribe
14 de Octubre de 2013

“Medellín, la más educada”. Lo leí bajando del aeropuerto por bella carretera, con luces y sin derrumbes, pocos avisos, y llegué de lo más ilusionada. Le dije al joven que me hizo el favor de subir hasta Rionegro, pues mi ex-adorada Línea Satena no aterrizó en el Olaya, sino en el José María  donde se corre la gran proeza de llegar a donde está el carro y de pronto hasta encontrarlo. 


Le dije a mi amigo que antes de llegar a mi refugio atravesáramos el Parque Lleras y el Parque del Poblado. Quería ver cómo era el peligroso manicomio nocturno del cuál tanto me han contado, y no sólo porque allí están los Reyes del Ruido, sino porque aparentemente también hay nidos de ladronzuelos y desfiles de damas tan inteligentes que se hacen pagar por adelantado: Las chicas estaban de shorts, piernas y mechas al aire. 


Cuando llegué a mi cuartico me vi tan pasada de moda que al día siguiente corté mis largos pantalones y compré una peluca de pelo suelto, muy bonita la encontré en Oviedo, la vendedora se reía y yo también, aunque en realidad ya estaba temiendo que alguien me la arrancara en un ataque apasionado (¿?). 


El ruido es de miedo… En cualquier barrio residencial que ahora es algo así como combinado o dúplex  por no decir hermafrodita, se encuentra, detrás de cualquier casa o edificio de apartamentos, un bar, restaurante, hostal o salsipuedes, con el volumen a mil, porque se presupone que los que están allí lo quieren así, evidentemente si no se puede hablar se pasa más rápido a la acción. E  ignoran que más temprano que tarde quedarán sordos. Si no creen consulten con un médico otorrino. 


También dizque hay que aprovechar porque mientras más ruido haya más trago se beberá con lo que el establecimiento hará pingües ganancias materiales, pero no morales ni espirituales, aunque, bueno, podemos decir que el espíritu de la codicia sí los rodea, y no el de ser humanitarios amigos de sus clientes.


 Ha habido que poner vidrios dobles, y hasta hacer muros dobles con un espacio de aire en la mitad, para resguardarse del ruido e intentar vivir, y morir con tranquilidad, pero con esos parlantes dirigidos hacia afuera no hay forma de que el volumen  no explote. Lo que intentamos hacer por las noches es sobrevivir, taparnos los oídos con lo que podamos. Tomarnos un aguardientico para unirnos a la farra colectiva que azota parques, calles y albergues para extranjeros que vienen seducidos por la belleza paisa. 


El taco de carros en la Avenida del Poblado, sigue imposible para los que caminan o manejan por la mal llamada Milla de Oro. Pero eso no es nada, qué tal intentar atravesar la milla dorada a pie… Es un desafío. Cuando el semáforo se pone rojo para los carros se supone que se ha puesto en verde para uno,  y uno se pone rojo de la dicha pues hasta pena le da que le hayan dado el chance de cruzar. Pero no, el semáforo se ha puesto verde para que los carros que suben o bajan por las calles laterales ¡giren! Entonces uno se pone verde de la ira, santa, pues sabe que ya ha ganado un puesto en el cielo. 


De pronto se presentan almas caritativas que hacen gavilla con uno, y pasamos en barra como cuando jugábamos materilerileró! Y oh gracias! San Cristóbal, San Pascual… (¿Cuál será el patrono de los peatones?) Los carros paran y uno les hace su señita de agradecimiento con las manos y los ojos. Para mí, aunque tengo cara de aliviada, pero no lo estoy, lo mejor es coger un taxi para atravesar la Avenida y no tener que llegar directo a la Clínica Medellín sino sencillamente al Centro San Fernando. 


Psicóloga PUJ y Filóloga U de A