Editorial

El beato Jesús Aníbal Gómez
13 de Octubre de 2013


La figura de alguien que pudo trascender y constituirse en referente para una comunidad, merece ser difundida y celebrada.

La Iglesia Católica colombiana contará  desde hoy con un nuevo beato, después de que el cardenal Angelo Amato, delegado del papa Francisco para el acto, celebre hoy en la ciudad española de Tarragona la que ha sido llamada la “Beatificación del Año de la Fe”, que elevará a esta dignidad, camino de la santidad, a un total de 522 religiosos, casi todos ellos asesinados durante la represión que sufrió el clero en 1936, cuando la guerra civil comenzaba a azotar el territorio ibérico.


El nuevo beato es el seminarista antioqueño Jesús Aníbal Gómez Gómez, quien junto al padre Mariano de Jesús Eusse Hoyos y siete mártires de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, asesinados también en la persecución religiosa española, completa un grupo de nueve colombianos en esta dignidad. Si bien el municipio de Tarso, Suroeste antioqueño, de donde era oriundo el nuevo beato, tendrá  hoy actividades especiales para celebrar el acontecimiento, hay que reconocer que la vida y obra del joven seminarista no ha tenido la trascendencia de otros religiosos nacionales, tal vez porque para los colombianos en general  también es ajeno lo sucedido en España en los años previos a la proclamación de la Segunda República Española, en 1931, y la dictadura de Francisco Franco a partir de 1939, un periodo en el cual fueron asesinadas cerca de diez mil personas entre obispos, sacerdotes, monjas, frailes y seglares comprometidos con la Iglesia Católica.


La Conferencia Episcopal Española, mediante su oficina para la causa de los santos, cita un estudio del periodista e historiador Antonio Montero Moreno, quien en su tesis doctoral para la Universidad de Salamanca señala que únicamente los religiosos asesinados sumaron 6.832, de los cuales 4.184 eran sacerdotes, 2.365 eran frailes y 283 eran monjas. Y es precisamente el hecho de que la propia Iglesia Católica se haya preocupado  en llevar  un censo de las víctimas de los grupos sublevados contra la monarquía de Alfonso XIII y no tanto de las víctimas de la dictadura franquista, lo que ha hecho que muchos grupos laicos y de defensores de los Derechos Humanos, aún en vísperas de la ceremonia de beatificación, hayan solicitado al Vaticano la suspensión de la ceremonia, la cual estará marcada por estrictos controles de seguridad y la prohibición expresa, por parte de las autoridades civiles, de que se exhiban carteles, banderas o pancartas en la plaza en la que se instaló un templo “con las fotografías de los religiosos en una gran estructura de 26 metros de largo por 14 de altura y un altar de 30 metros”, según reportes de prensa.


Pero este contexto bien podría  interpretarse como un escollo más en el camino a los altares por parte de los mártires quienes, como en el caso de Jesús Aníbal Gómez, estaban en medio del conflicto en busca de Dios y, en defensa de su fe, fueron asesinados. Gómez nació el 13 de junio de 1914 en la hacienda El Paisaje, del municipio de Tarso, y recibió parte de su educación en Bogotá, desde donde fue enviado a Zipaquirá, donde la comunidad Claretiana contaba con una casa. En 1935 recibió la noticia de su traslado a España para finalizar su camino al sacerdocio. En abril de 1936, cuando la atmósfera para los religiosos se había enrarecido, debió vivir en clausura en Ciudad Real. Desde allí viajaba hacia Madrid, a donde el superior de la Orden los había enviado pensando en su seguridad, pero en la estación ferroviaria de Fernán Caballero, el 28 de julio, un grupo de milicianos puso fin a la vida del joven Jesús Aníbal Gómez y otros trece seminaristas.


En Tarso, desde mucho antes de que el papa emérito Benedicto XVI decretara la beatificación del seminarista el 1 de julio del año anterior, ya Jesús Aníbal Gómez era considerado el “hijo más ilustre” de la localidad, que pertenece a la Diócesis de Jericó, en la que se venera a santa Laura. Esta coincidencia le permitirá a  la subregión del Suroeste, de la mano con las autoridades civiles, convertirse en uno de los principales destinos del turismo religioso en el país, no solo para el aprovechamiento económico de las peregrinaciones de los creyentes sino también para la difusión de la vida y las virtudes de quienes son reconocidos por la Iglesia como ejemplos de vida.


La buena nueva de la beatificación de Jesús Aníbal Gómez nos llena de orgullo, pues en tiempos en que la sociedad padece cada vez más de patologías tales como la indiferencia y la relativización de los valores que por años caracterizaron a las gentes antioqueñas, la figura de alguien que pudo trascender y constituirse en referente para una comunidad merece ser difundida y celebrada. Que el nuevo beato nos permita aprender de la convicción de su fe para afrontar la realidad.