Columnistas

Picasso y sus propias Meninas
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
8 de Octubre de 2013


Las Meninas, el cuadro de Velásquez, representa un punto culminante de la historia del arte: es quizás una de las máximas expresiones de la creatividad y del altísimo nivel del desarrollo intelectual y estético de la España del siglo de oro.

Las Meninas, el cuadro de Velásquez, representa un punto culminante de la historia del arte: es quizás una de las máximas expresiones de la creatividad y del altísimo nivel del desarrollo intelectual y estético de la España del siglo de oro. Abundan las referencias  didácticas sobre los personajes, la técnica, la historia y lo relatado en aquella obra. Muchos artistas se han referido a esta como un horizonte estético que merece ser tenido en cuenta como ejemplo de calidad. El recordado maestro León Posada Saldarriaga siempre se refirió a esta obra con admiración y entusiasmo. Hablaba, con alegría y profundidad, del concepto pictórico de la “atmósfera”; enseñaba como a partir del luminoso vestido de la principal protagonista, la infanta Margarita María, se impregnaban de color y de brillo las figuras que la rodeaban en el recinto.


Picasso, en la plena madurez de su vida productiva, dedicó muchos estudios y cuadros a sus propias Meninas, teniendo siempre como referencia el cuadro del genial pintor que durante décadas estuvo al servicio de Felipe IV. Comentaba Picasso sobre su aproximación al clásico: “ … iría pintando unas Meninas que parecerían detestables al copista de oficio; no serían las que él creería haber visto en la tela de Velásquez, pero serían mis Meninas”.


El malagueño, longevo, elocuente, pródigo en ocurrencias y creatividad, presenta su interpretación del cuadro de Velásquez, luego de haber atravesado intensamente todos los recodos de la formación técnica del artista plástico. Hay que recordar sus premiadas pinturas académicas de juventud, su asombrosa  y prolífica participación del movimiento cubista en los primeros años del siglo XX, al lado de Gris, de Braque y de otros. Como se sabe, era un veterano dominador de técnicas de dibujo, de grabado, de cerámica y escultura, y de obras monumentales con significado simbólico e histórico. Con todo el derecho y la legitimidad que otorga el camino recorrido –intensamente-, el pintor llega a la abstracción y se convierte en el ícono reconocido universalmente.


Hay algo muy interesante en su apreciación sobre las Meninas. En sus estudios, por ejemplo el mastín del primer plano se ha convertido en un esquemático y triangular perro que se ubica en cualquiera de los ángulos de sus cuadros posteriores, el luminoso traje y figura de la infanta se reduce a un polígono de simples planos amarillos… 


Hay algo inquietante y didáctico en las originales Meninas de Picasso: sus “propias Meninas” resultan de un modo auténtico y original de ver lo que otros ojos han visto previamente. Con el modo de ver cubista, con la singularidad de su propia mirada, invita a pensar en el “perspectivismo”, superando el tópico de la validez de las distintas “miradas y enfoques” con que se llega a la realidad objetiva. A fin de cuentas, también son las originales Meninas de Diego de Velásquez, una mirada a los personajes y al ambiente de la corte de entonces, del propio genio del barroco, quien aún hoy nos observa, analítico y atento, desde su propio cuadro.