Columnistas

Al borde del colapso
Autor: Dario Ruiz Gómez
7 de Octubre de 2013

En su inmortal texto “Vida y muerte de las grandes ciudades norteamericanas”, Jane Jacobs, señala sobre Nueva York la importancia de reforzar las calles de barrio donde se viven fecundas relaciones sociales de vecindario con pequeños negocios que se erigen en formas de resistencia a la devastación de la ciudad por parte de urbanizadores como Robert Moses quien mirando desde arriba la ciudad construyó autopistas, viaductos, freways,  que aislaron a  Manhattan de la zona costera y hubiera destruido barrios patrimoniales de la cultura del siglo XX como el Greenwich Village, el barrio de Jane Jacobs, si la crítica no lo hubiera detenido. Sobre las viejas vías del ferrocarril la firma Diller y Scofidio ha realizado uno de los más extraordinarios trabajos de recuperación urbana de la última década en un sector  , recuperando el valor de la maleza existente, devolviéndole la escala al espacio deprimido dominado por bloques impersonales de vivienda, definiendo a través de una sabia zonificación el trayecto, hoy es un bellísimo paseo urbano donde millones de ciudadanos disfrutan y han recuperado el perdido intercambio social.


Porque si algo caracteriza a Nueva York es la recuperación de la vida de los barrios tradicionales reconociendo sus identidades, la fisonomía renovada de sus calles. En una novela de Richard Pryce éste reinterpreta el habla popular de trece barrios, lo que sirve para entender que una ciudad debe ser reconocida en sus formas de vida, en sus diversos usos del espacio a través de  los años, dando así sentido a lo que llamamos un trazado urbano,  elemento que,  hoy la planeación, la intervención urbana deben respetar. Lo que retóricamente se  suele llamar poblamiento de un territorio, es este proceso silencioso de espacios bautizados por  la presencia de las gentes. El pensamiento urbano que  fundamenta la Jacobs, se opuso a ese urbanismo  depredador para el cual demoler sectores sin contemplación alguna,  constituía  un sofisma  debajo del  cual los especuladores se dedicaron a destruir la ciudad existente,  para obtener grandes ganancias.


“Si es necesario destruir cinco veces a Medellín vamos a hacerlo”. Esta feroz declaración de un alto funcionario de Planeación Municipal  ante un colectivo de calificados profesionales  preocupados por el arrasamiento de las calles, por la suerte de las zonas verdes, por la irracionalidad de ciertas intervenciones como el puente de la Cuatro, por el desplazamiento de gran cantidad de ciudadanos que una densificación mal estudiada está, soterradamente, haciendo –lo que constituye legalmente un delito condenable- pone de presente una grave intolerancia ante la opinión pública, por parte de ciertos funcionarios a espaldas del Alcalde. Hay algo que olvida ese personaje es que la gobernabilidad de una ciudad  es el derecho consagrado de los ciudadanos y no la prerrogativa de funcionarios intemperantes, recordemos la noción del Demos o sea del espacio que desde Grecia caracteriza a las verdaderas democracias: el espacio donde se debe conceder la palabra a cada uno de los habitantes sin distinción alguna. 


El ciudadano vive  desde la experiencia diaria los problemas de una viabilidad cada vez más enloquecida y causante de profundas perturbaciones mentales como agresividad, al darse cuenta de la ausencia de la autoridad en los atascos de tránsito, en las calles donde cada quien aparca donde quiere. Estamos ad puertas de cruzar los límites de la cordura ya, cuando desaparece el espíritu cívico y el miedo se apodera de las calles. Los funcionarios deben bajar a la calle, escuchar a los vecinos, comprobar  in situ la mala educación de quienes desconocen el derecho de los ciudadanos al descanso. Darse cuenta de la cantidad impresionante de familias que están abandonando una ciudad que se ha hecho invivible: los informes de los funcionarios son estadísticas sin criterio, hay que impedir, Alcalde  la censura a la discrepancia, y, retomar el pulso de la calle, la voz de la ciudadanía.