Columnistas

Mares y fronteras en peligro siempre
Autor: Sergio De La Torre
6 de Octubre de 2013


Las áreas perdidas a lo largo de las historia, tanto terrestres como marítimas (parte del Piedemonte llanero al oriente y de la Amazonia al sur, Panamá, Mosquitia, Los Monjes, etc.)

Las áreas perdidas  a lo largo de las historia, tanto terrestres como marítimas (parte del Piedemonte llanero al oriente y de la Amazonia al sur, Panamá, Mosquitia, Los Monjes, etc.), de las cuales solo las terrestres suman alrededor del millón de kilómetros cuadrados, o sea casi la mitad del territorio original, las hemos  perdido  a manos de nuestros vecinos  no  porque a estos los asistiera la razón en sus reclamos sino por debilidad   nuestra. Y no hablo de debilidad militar porque , salvo en el caso panameño –en el que pesó  bastante la presencia cercana e intimidante  de la armada estadounidense-  y en el brasilero, Colombia nunca estuvo militarmente por debajo de nadie. Ni del  Perú, verbigracia  (pese a que acabó agrediéndonos en 1930), ni de Venezuela, cuando nuestro canciller de entonces, coincidencialmente también de apellido Holguín, le cedió  Los Monjes.


No ha sido pues, en la mayoría de tales episodios, por  escasez de músculo que Colombia ha salido damnificada en las querellas que  inician  los vecinos para cercenarla, sino por debilidad moral,  físico encogimiento,  falta de carácter, o por no estar bien persuadida  de la idoneidad de sus títulos sobre las porciones que  entrega, títulos que, por lo demás, no son adventicios o amañados  sino  que vienen de muy atrás, cuando la Corona Española dividió esta región en  los virreinatos y capitanías que  luego  devendrían  en  estas republicas colindantes.


La propiedad colombiana sobre las partes que iba cediendo siempre fue incuestionable, mas no la hizo valer con vigor suficiente. Nos planteaban el reclamo y Colombia, lejos de  resistirse como debía, aflojaba de  primera , como si el  forcejeo propio de todo litigio la  incomodara, o  asustara. Yo sostengo que en muy buena medida  es la herencia santanderista la que determina nuestra poquedad y ese miedo a la confrontación que nos es consubstancial. Desde la independencia, y antes, se decía  que Venezuela era el cuartel, Ecuador el convento y Colombia  la universidad.  Especializada en fabricar abogados, agregaría yo. Y aquí no hay hipérbole. Es ya proverbial  que en  todo  pleito fronterizo en que se trenza, Colombia siempre muestra   afán , o  interés cuando menos, en tranzar , aún a costa de sí misma,  mientras la contraparte  da largas, demora el pulso, se vale de argucias, juega con el tiempo, viola  los tratados  ya  celebrados, los compromisos   contraídos y, si la ocasión se da  y le conviene,  sin que ello afecte su posición, no vacila en manipular a los jueces (cuando intervienen ellos, como en La Haya, donde, según Noemí Sanín, una juez china no se inhibió de decidir,  pese a que   su país podía beneficiarse con el fallo, tanto como el  hijo de Ortega, empresario  asociado a China ).


Al gusto por el rabuleo  que nos caracteriza, y al culto a la letra de las normas desatendiendo su espíritu (que es lo que vale y lo que informa su intencionalidad) sumémosle el llamado “síndrome de Panamá”, contraído en 1903, al desprenderse Colombia del istmo sin rechistar siquiera.  Ello  nos dejó sembrado algo así  como un  complejo de cobardes, o de bastardos, que  incide en  nuestra habitual   despreocupación o reluctancia hacia los zarpazos de que somos objeto periódicamente. E incide también  en  ese retraimiento que siempre revelamos en las relaciones internacionales, como si viviéramos avergonzados de  existir. Cuando los demás nos atropellan o mutilan, diríase que tienen la razón.


Me asalta el interrogante de si acaso Colombia necesite  un psicoanalista, de corte freudiano, que la examine, le ayude a entenderse a sí misma y le aclare el origen de sus miedos y traumas. Quizás una terapia semejante le permita recuperar la confianza y la entereza  que siempre  le  faltó para conservar lo que le pertenece. Asómbrese usted, amable lector: fuera del nuestro, no hay un solo pueblo en el planeta que  se deje  recortar  medio país sin un disparo en 150 años. Hasta Costa Rica, que no tiene ejército, planta cara, afronta al agresor y  defendería  con las uñas, alaridos, o como fuere, su provincia norteña amenazada por  el comandante Ortega,  que quiere anexársela.


A propósito de Costa Rica, fue notorio cómo mientras la presidente Chinchilla  y su homólogo panameño aprovechaban la oportunidad que ofrece la Asamblea de la ONU para denunciar el expansionismo de marras, el presidente Santos guardó silencio sobre lo mismo. Ortega nos tiene contra la pared desde hace rato y nosotros, en un foro que se inventó precisamente para eso, dejamos pasar la ocasión de  señalar  iguales o peores amenazas. Lo cual corrobora lo dicho y repetido aquí tantas veces sobre el desgano tradicional de Colombia para defenderse, así sea mínimamente. Si bien la respuesta a la sentencia de La Haya fue precaria y tardía, menester es admitir que en algo se apartó de la sempiterna actitud colombiana frente a las acechanzas externas. Pero eso no basta. Faltan  mucho nervio y temple todavía. Y  sobre todo una conciencia clara de que la patria no son solo sus venerados y socorridos símbolos, ni los desfiles, himnos y fanfarrias que nunca faltan  en Bogotá. Ya escarmentados y aleccionados como  estamos por tantas mutilaciones, se requiere una actitud permanente, irreductible,  de alerta y vigilia para prevenir desafueros o para dar condigna  y pronta respuesta, si ellos se presentaren.