Palabra y obra

Nereo López, his lens and the stories
Nereo López, su lente y las historias
5 de Octubre de 2013


Las fotografías de Nereo López, uno de los reporteros gráficos más importantes de Colombia, son un testimonio visual de la historia del país. Ya son más de 60 años dedicado a su gran afición detrás de un lente.



Paz del Río. 1958.

Archivo Biblioteca Nacional de Colombia.

Tiene 93 años, pero su memoria parece una serie de negativos que se revelan a la misma velocidad con la que cuenta cada detalle de su vida. Es un tipo lúcido y elocuente que habla con la vivacidad con la que en otro tiempo recorriera los lugares más recónditos de Colombia para extraer los mejores momentos como lo hizo a través de un lente cuando transcurría la mitad del siglo XX. 


Es Nereo López, uno de los reporteros gráficos más destacados de Colombia a quien hoy la editorial La Silueta, de Bogotá, le rinde un homenaje con un libro y una exposición titulada Nereo López “Contador de historias”, muestra itinerante que por estos días se encuentra en las afueras del Museo de Arte Moderno de Medellín. Se trata de una serie de fotografías de Nereo realizadas entre los años 1958 y 1968 en las que es posible observar una o muchas historias, todas con la fuerza poética y la certeza en cada momento que dejó marcado por un obturador. 


En un país sin memoria, López quizás es una de esas figuras desdibujadas como una fotografía estenopeica en la mente de las generaciones actuales. En parte, esa fue una de las motivaciones de los directores de La Silueta, quienes con su exposición y sus publicaciones han logrado llevar un poco de esa memoria de López a diferentes sitios del país. 


Su obra, prácticamente autodidacta ha dejado el rastro de un territorio que pocos conocieron. Para un hombre que parecía estar ligado al lente desde siempre, erigir un país como lo hizo es motivo de una historia que solo él puede contar. 


El inicio


Nereo López Meza nació en Cartagena, Colombia, en 1920. 


“Soy dueño de mi propio destino desde los once años”, afirmó. 


Quiso ser pintor. Cierto día le pusieron en su colegio la tarea de dibujar un dedo, “duré ocho días tratando de dibujarlo y me dí cuenta que no podía ser dibujante.” 


El referente más cercano que tuvo años más tarde con la fotografía fue el pariente de su primera mujer que hacía fotografías para cédula. El hombre tuvo que viajar a Panamá y le encargó su cámara, pues en aquella época no se podía viajar con ellas en avión. “Un día se me ocurrió abrir la cámara, tomé unas fotos, salieron malas y le pregunté a un amigo mío qué había pasado. Mi amigo me respondió ‘sencillamente es que no sabes tomar las fotos’, y me vendió un libro de Kodak, que valía un peso colombiano, recuerdo en esa época. Luego, ya quería aprender a revelar.”


López había hecho contacto con el gerente de Cinecolombia en Cartagena y cuando a este lo trasladaron a Barranquilla, el fotógrafo se ofreció para desempeñar cualquier oficio. Comenzó como portero en el Teatro Murillo y más tarde pasó al departamento de publicidad. Allí repartía y pegaba todos los afiches de las películas que llegaban al país. “Fui proyeccionista de cine y administré teatros de barrios. Esto lo digo con satisfacción, que yo pasaba de un teatro a otro, porque teatro que se caía yo lo levantaba”, contó. Diez años más tarde lo nombran administrador general de Cinecolombia en Barrancabermeja y por esa época es cuando comienza a practicar su afición por la fotografía. 


Narró López, que un buen día cuando estaba descansando al lado del Puerto, llegó su viejo amigo Manuel Zapata Olivella. Le preguntó a López a qué se dedicaba y cuando este le respondió, no le creyó. López lo invitó a hospedarse en uno de los camerinos del teatro que administraba y allí vio varias de las fotos que había hecho López y tampoco creyó cuando este le respondió que eran suyas. Vino a creer más tarde y en ese justo momento Zapata Olivella se las llevó a Bogotá y se las presentó al jefe de redacción de la revista Cromos. Esto sucedió hacia el año 1948. 


Publicó entonces un reportaje sobre los braceros del Magdalena. Continuó haciendo fotografía y del dinero que recibía por sus trabajos sostuvo un equipo de béisbol del pueblo. 


En Barrancabermeja estuvo cinco años hasta que se conoció con “el mono Salgar” del diario El Espectador “y me pidió que le hiciera las fotos de la transición de las petroleras al Gobierno Nacional. A raíz de esto me dijo que por qué no le hacía la corresponsalía para el periódico”, relató. 


“Al poco tiempo por razones de esa bendita violencia nuestra que nunca se acaba, tuve que salir de ‘Barranca’ y me vine a Nueva York a presentar unos exámenes de fotografía. Volví a Barranquilla y estuve cinco años. En esa época conocí al Grupo de Barranquilla en el bar La Cueva, que era un lugar para tomar cerveza,  un club de pescadores y cazadores; la estrella en ese momento era Alejandro Obregón y se encontraba con otros amigos que eran Álvaro Cepeda, García Márquez, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor...  ya se fue conociendo que estos personajes que venían de Bogotá, llegaban a Barranquilla y se reunían en La Cueva. Mientras tanto yo hacía la fotografía de estos eventos porque a El Espectador le interesaban estas noticias”. 


Años en Bogotá


En 1957 fue contratado por la Revista Cromos como jefe del Departamento Fotográfico. “Con tan buena suerte a los pocos días cayó Rojas Pinilla  y yo logré hacer las fotografías del Movimiento Popular antes que las autoridades pusieran control al desorden. Sobra decirle que Nereo se volvió la estrella de esa revista”, dijo. En la capital colombiana, López continuó con su carrera fotográfica como corresponsal para El Tiempo, Cromos, El Espectador y también lo nombraron corresponsal de la revista brasilera O Cruzzeiro y Life, de Estados Unidos. 


En Bogotá montó una escuela de fotografía que duró diez años pero se acabó, “porque yo no sé ser gerente, yo lo que sé es hacer fotografías”, dijo. 


Por cosas que él considera suerte, una pareja de amigos que vivían en Nueva York, lo llamaron y le ofrecieron irse “para que viera si había lugar para mí”. Luego de estar allá y recorrerse 145 galerías de fotografía que había en ese momento, a López no le quedó duda que en esa ciudad había lugar de sobra para él. 


Nueva York y las transfografías


Aquí comienza un nuevo capítulo en la vida de Nereo López. Ahora su trabajo se vuelca hacia la fotografía digital y aparece una creación que el mismo ha denominado “transfografía”, que es “el resultado de la descomposicion de una de mis fotografías y con esos elementos crear otro contenido, al que una vez logrado se colorea manualmente el nuevo negativo; ocasionalmente para un nuevo contenido  utilizo un elemento de otra fotografia”, explicó. Este proceso comenzó en 1985. 


Ahora, cuenta que recorre las calles de Nueva York con una cámara y ya que no necesita de un cuarto oscuro para revelar sus imágenes, utiliza el computador y todas las herramientas que le permitan hacer su trabajo. 


“Todavía soy un estudiante de fotografía y estoy metido de cuerpo entero en la cuestión digital. Tengo un proyecto que se llama Viaje a la nostalgia, que cuenta cómo se viajaba por el Magdalena a finales de los 40 y principios de los 50”, expresó. 


La vida, los retratos, las historias


Las imágenes de Nereo López dejan ver gran parte de la vida caribeña de su época, pescadores, viajes por el río, hasta retratos de personajes famosos. Tuvo incluso el honor de acompañar a García Márquez cuando recibió el Nobel. 


Lo que persigue Nereo es contar historias “porque no entiendo cómo se hace fotografía si no se dice algo”. Se define a sí mismo como un reportero gráfico. “Hay un archivo que tiene a una Colombia fotografiada como nadie. Yo conozco a Colombia como la palma de la mano, desde el Amazonas hasta la punta de La Guajira”, dijo, y esto se debe a que además López es un fotógrafo viajero e inquieto. 


“Duré dos años en un automóvil recorriendo Colombia. Cogía zonas... por ejemplo, me iba a la Costa, revelábamos y luego me iba al Oriente y así estuve dos años por tierra”. Su afición no son especialmente los paisajes, “me interesa la actividad de la gente, el movimiento, cómo se vive, esa es la Colombia que vive”, afirmó. 


En palabras de Jorge Mario Múnera, fotógrafo colombiano, “lo que ha unido la obra de Nereo es un sentido del humor muy peculiar (en el trabajo fotográfico el humor es algo muy serio), en el de él es como una característica que lo acerca más a las fotografías caribeñas, especialmente a la venezolana; hay una cosa más cercana a esa característica de un humor con todo el respeto y la seriedad y es un cierto ánimo muy positivo al enfrentar sus temas, no es para nada trágico ni una mirada pesimista, sino al contrario es más bien una mirada positiva de la vida”. 


Por otra parte, López es uno de los fotógrafos con una carrera muy larga,  y “yo lo veo en una trayectoria única y solitaria; es un fotógrafo que no tiene par en la historia de la fotografía colombiana y tampoco alguien que sea parecido”, agregó Múnera. “Creo que él es un documentalista, un reportero muy vivo, muy oportuno, muy metido adentro de lo fotografiado, porque al fin y al cabo él fotografió cosas que conocía muy bien, y con el paso del tiempo y viendo su archivo, desde hoy lo mejor que hizo fue el trabajo en que conocía más todos los personajes y las circunstancias”. 


Y en efecto, eso es de lo que está convencido López, porque sabe que “un fotógrafo tiene que saber qué va a fotografiar. Eso de ‘a ver qué veo’ es mentira”. 


Entonces, dice Múnera que en últimas “lo que impresiona mucho en el trabajo de Nereo es que se ve un país que no solamente desapareció, que ya no existe, sino que fue un país que el país no conoció, que estuvo ahí pero no lo vieron. El país que muestra Nereo, desde el corazón popular fue un país que la república del centro nunca quizo ver”. 


A López aún le duele su país, en el que finalmente se hizo un fotógrafo de renombre. Y aunque sale casi todos los días a sorprenderse con una ciudad tan distante de la suya, siente que todavía tiene mucho tiempo para seguir encontrando esas situaciones que le revelen lo que a él le gusta y le interesa. Más de 60 años manipulando el diafragma y controlando la luz, a Nereo parece no pasarle los años. “Mi único afán es que me caigan los años sin que me hagan efectos”.



El grupo de Barranquilla

Se le conoce así a los integrantes de un grupo de personajes que discutían alrededor de la literatura, el arte, el periodismo y entre los que se encontraban Gabriel García Márquez, Alejandro Obregón, Álvaro Cepeda Samudio, Enrique Grau , Alfonso Fuenmayor, Ramón Vinyes y que con el tiempo atrajo a otras personalidades como Cecilia Porras, Luis Vicens, Nereo López, entre otros. El grupo, aunque se reunió en varios lugares, fue en el bar La Cueva, propiedad de Eduardo Vilá, donde su historia se hizo visible. El grupo fundó y publicó el Semanario Crónica con el que difundían sus trabajos. Además realizaron La langosta azul, producción cinematográfica surrealista con textos de Cepeda Samudio, García Márquez y Luis Vicens. Al grupo se le considera renovador del lenguaje y gestores de un acervo cultural de influencia nacional.