Columnistas

Dos grandes placeres
Autor: Olga Elena Mattei
4 de Octubre de 2013


Dos de los mejores placeres de la vida son el placer del conocimiento y el placer de contemplar cualquier obra de arte

Dos de los mejores placeres de la vida son el placer del conocimiento y el placer de contemplar cualquier obra de arte. Y  estos placeres, de ambas áreas, se graban en la mente como un continuo, siempre permanente,  redivivo. Sembrados en la memoria, podemos reavivarlos a voluntad cada vez que queramos. Sin embargo a pesar de ello, la soledad  a veces impide  que disfrutemos más intensamente de estos exquisitos goces. Porque departir con otra persona que también los sepa disfrutar, y compartirlos de esta manera, duplica el deleite. Y no tener a un ser amado, o a uno o varios amigotes, (que no es lo mismo que amigos, y perdón por el coloquialismo), hace que las personas que nos encontramos muy solas perdamos parte de la felicidad estética que podríamos alcanzar reviviendo en encuentros y charlas con los demás, los recuerdos estéticos registrados a través de una vida estudio. Nunca he sido profesora, pero sí conferencista. Hoy me doy cuenta de que en ese compartir por medio de la palabra,  (algo que los maestros casi siempre logran),  se reencuentran esos placeres gratificantes de los cuales hablo.¿ Puede todo esto enseñarse a los niños y a los jóvenes? ¿Y a una comunidad?


Creo que a los niños y jóvenes no se les puede “enseñar” a sentir placer por esto, pero se les puede contagiar, invitándolos a acompañarnos en momentos de estudio y contemplación y haciéndoles comprender cuanta emoción nos pueden producir estos temas. Lo que sí se puede enseñar no es el sentimiento, sino la información. Y no tiene que ser de una manera muy solemne, y ni siquiera como una actividad programada. Es algo que se puede incrustar en cualquier momento oportuno a través de la vida, poquito a poco. Enseñárselo a la comunidad es mucho más difícil. No son muy efectivos los museos, porque, sin saber ya algo, sin ser ya unos iniciados,  los ciudadanos no los visitan. Nadie se interesa por lo que no sabe que existe. Pero hay un medio maravilloso, poderoso, para informar y atraer a toda clase de personas a buscar conocimiento acerca de las ciencias, las artes, la literatura, la historia. Y es, aunque no lo crea, la televisión. Lo malo es que la gente ni siquiera sabe que puede encontrar programas tan interesantes en este medio. Nuestra ciudadanía está acostumbrada a mirar solamente noticieros, telenovelas, y otras tonterías. La gente ni siquiera sabe en dónde (en que canal o en qué horario) puede buscar programas educativos, y aunque lo supieran, como nunca se han detenido a ver siquiera uno, no saben lo fascinantes que puede ser. Y en nuestro medio, casi ni se transmiten estos programas. Los canales que tienen mejor programación intelectual, cultural o educativa, van desapareciendo de nuestras compañías de cable. O los bloquean a ciertas horas para pasar programación publicitaria. Los canales nacionales tienen muy pocos programas de esta categoría. Es, no solamente una lástima, sino también una vergüenza. Y como nuestras compañías nunca estarán interesadas en ofrecer esta clase de temáticas, (ya que temen perder ganancias porque no resultarían muy comercializables), nuestros gobierno debería darse cuenta de que necesitan hacer leyes que fuercen a las compañías a incluirlos como material educativo y a no descartar los canales que ofrecen tal calidad televisiva ¿No nos hemos dado cuenta de el bajo nivel cultural de nuestra gente?  ¿No nos damos cuenta de lo grave que es esto, y de que estamos obligados a cambiarlo?   ¿Y de lo fácil que sería hacerlo por medio de la televisión, si se lograra que estuvieran en cartelera los cientos y cientos de programas  culturales maravillosos que se pueden conseguir en las productoras extranjeras?


Por favor, medítenlo, discútanlo, y traten de implementarlo, ustedes, los magos de nuestros gobiernos. Lograrían mucho más de lo que se imaginan, en pro de nuestra población.


Mucho más de lo que están logrando las costosas edificaciones para bibliotecas despobladas, a donde los niños van mayormente a jugar, los jóvenes a escasas lecturas, y los ancianos ¡a leer el periódico!