Columnistas

Educar en medio de la tormenta
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
3 de Octubre de 2013


Hoy las universidades sufren la arremetida de algunos jóvenes sin conciencia que, quizás, aprendieron en sus círculos cercanos que todo se puede comprar con dinero, porque eso es lo que la sociedad les ha enseñado.

Hoy las universidades sufren la arremetida de algunos jóvenes sin conciencia que, quizás, aprendieron en sus círculos cercanos que todo se puede comprar con dinero, porque eso es lo que la sociedad les ha enseñado. No es fácil educar contra la corriente, en medio de la tormenta mercantilista que le pone precio a todo, en medio del relativismo moral que todo lo permea.


La aparente naturalidad o inocencia de los estudiantes que piden que les ajusten una nota, para no perder una materia o no perder una beca, demuestra que en el fondo hay un problema mayor consistente en la no diferenciación entre las nociones de lo bueno y lo malo, entre lo legal y lo ilegal, entre lo ético y lo no ético, lo cual lleva a preguntar si, acaso, estamos en presencia de una nueva moral, relajada, flexible y relativista, como resultado de igual actitud de la sociedad, que trata de resolver sus problemas pasando por encima de personas, principios y normas.


Al sistema educativo no puede pedírsele que se reduzca al otorgamiento de pases de cortesía hasta alcanzar un título profesional, porque un título profesional es un certificado de idoneidad que compromete a la institución educativa que lo otorga, a los egresados, a sus profesores y a la sociedad en general que se beneficia o se perjudica con las actuaciones de sus profesionales en los distintos campos del saber. La sociedad confía en el sistema educativo porque, finalmente, cree en la idoneidad de sus procesos evaluativos.


La promoción automática –que fue lo que les mostraron a muchos estudiantes en el bachillerato- no puede ser un criterio válido en las instituciones educativas, porque significaría el derrumbamiento de la confianza en el sistema educativo y afectaría la convivencia social y el desarrollo. No se gana una asignatura con solo asistir a clases. Con la promoción automática en el bachillerato, Colombia renunció a ser un país del primer mundo académico e investigativo. 


La convivencia social y la supervivencia de la especie humana –mientras el cambio climático nos deje permanecer vivos- dependen de la confianza en las personas y en las instituciones sociales y en que cada uno cumpla con sus deberes. La educación carga sobre sus hombros demasiadas responsabilidades, otorgadas por la sociedad a medida que ésta no tiene cómo más remediar sus vacíos y carencias..


La formación universitaria permite encontrar criterios y formarse en principios y valores y esta obligación es irrenunciable: no depende de un discurso sino del ejemplo cotidiano. Los mismos estudiantes son duros al juzgar a los profesores que les toleran incumplimientos y faltas a sus compañeros, porque saben que toda transigencia es una amenaza porque al final, los buenos y los malos estudiantes saldrán a la vida profesional con el mismo título. Y el desprestigio de unos, afectará a todos por igual, incluyendo a los profesores. Los mismos estudiantes que hoy piden les regalen una nota, quizás mañana agradezcan que alguna vez en su vida les hagan ver su propia incompetencia y les llamen la atención a tiempo.  


De nuevo es el sistema educativo el que tiene la responsabilidad de indicar el camino correcto, aún en contra de los medios masivos que insisten en mostrar a los delincuentes como héroes y de una sociedad permisiva y tolerante que se acostumbró a cohabitar con el delito porque le resulta cómodo y rentable.