Columnistas

Información con responsabilidad
Autor: Dario Ruiz Gómez
30 de Septiembre de 2013


Hoy, algunos intelectuales españoles se atreven a mirar el pasado de su país con el ojo crítico de quien debe examinar las causas y los causantes del actual desastre español.

Hoy, algunos intelectuales españoles se atreven a mirar el pasado de su país con el ojo crítico de quien debe examinar  las causas y los causantes del actual desastre español. El texto de Muñoz Molina, “Lo sólido se desvanece en el aire” -famosa definición de Marx  que utilizó Marshall Berman en su profundo estudio sobre la crisis urbana- constituye,  más que una juiciosa revisión de las causas de este derrumbe, el supuesto estupor de quien pretende convencernos de que pasó por en medio de este derroche, sin darse cuenta del festín inmobiliario, del melancólico espectáculo de  los nuevos  ricos, de la corrupción de la política. Y, sobre todo, de la degradación de los medios de comunicación sometidos a una implacable ley del marketing  para la cual lo único que cuenta, eran, naturalmente, las ganancias y no los principios.


Se sustituyó la tarea crítica del periodismo, de la prensa de opinión, de la investigación sobre la realidad, por la más desaforada pornografía, por el más vulgar de los sensacionalismos. Este mismo modelo se aplicó a la industria editorial donde los cánones de la calidad fueron sustituidos por la superficialidad más light, por una idea pintoresca de nuestras realidades nacionales, de manera que la verdadera literatura entró en la clandestinidad,  mientras que, a través de cientos de concursos previamente amañados se dio paso a lo peor. ¿Por qué, ahora, traigo a cuento este problema? No sólo porque en España se ha eludido un análisis serio de lo que significa el derrumbe social, sino, porque este es un problema que entre nosotros cobra actualidad.


El caso del multimillonario Rupert Murdoch, dueño de varios periódicos sensacionalista en Londres, donde se llegó al colmo de chuzar los teléfonos de  familiares de víctimas de secuestros, puso sobre el tapete la presencia de estos magnates para los cuales la información, como un valor democrático, ya no  interesa y únicamente responden a  los fines de la de las ganancias, recurriendo para ello al escándalo y al sensacionalismo. Es la pregunta que nos hacemos cuando otro multimillonario acaba de comprar un periódico caracterizado por su independencia intelectual, el “Washington Post” el periódico que descubrió el caso de espionaje del Watergate que le costó la Presidencia a Nixon. ¿Pueden ser compatibles los inevitables intereses particulares de este magnate con la independencia de criterio ante los grandes problemas nacionales de sus periodistas? ¿Qué, cada magnate señale sus líneas de acción informativa, no supone una velada forma de censura a ciertos temas? Contratar a un advenedizo para que, fungiendo de politólogo se dedique a atacar a determinados personajes ha sido un recurso frecuente en las publicaciones sensacionalistas. Hurgar en archivos para mostrar escandalosa y no objetivamente un documento que compromete a un ciudadano  es olvidar la responsabilidad ética de informar objetivamente, pues al descontextualizar un documento se están tergiversando los hechos y creando la animosidad en la opinión pública. ¿No se tergiversan datos verdaderos mediante falsos titulares?


“Por lo tanto, la búsqueda de la verdad implica muchos tipos de búsqueda. Esto es el pluralismo: no un sinónimo de relativismo, sino más bien un antónimo. El pluralismo acepta la realidad moral de diferentes tipos de verdad, pero rechaza la idea de que todas ellas puedan situarse en una sola escala, medida por un único valor”.  Lo que dice Timothy Syneider responde a esta afirmación de un principio ético frente a los manipuladores de la información que no miden las consecuencias de su irresponsabilidad en momentos tan crispados como los que vivimos. Explotar el escándalo, el sensacionalismo fue, digamos, lo propio del llamado periodismo amarillo, pero hacerlo desde medios de comunicación supuestamente dirigidos por una élite empresarial,  demuestra hasta que, punto el capitalismo líquido ha terminado por absorber sus conciencias.