Columnistas

Pulso con Ortega
Autor: Sergio De La Torre
22 de Septiembre de 2013


Para mí, lo dicho por el presidente sobre el fallo de La Haya es un llamado a Nicaragua para convenir con Colombia un nuevo tratado de límites, sin lo cual ese fallo no es aplicable.

Para mí, lo dicho por el presidente sobre el fallo de La Haya es un llamado a Nicaragua para  convenir con Colombia un nuevo tratado de límites, sin lo cual  ese fallo no es aplicable. Así concibe el Gobierno, de una manera implícita, el tan mitificado “acatamiento”, y no como lo entienden otros, incluidos algunos compatriotas nuestros algo despistados. Y de buena fe,  aunque no  en todos los casos, a juzgar por lo retorcido de ciertos argumentos.


En sus palabras el presidente de paso estaría aceptando la invitación de Ortega, de hace 4 semanas, a conversar sobre un asunto, tan tortuoso en mi sentir,  que no cabe resolverlo  sino  conciliando. Eso pide Colombia en concreto, y así lo interpretamos los simples mortales, a despecho  de ciertos jurisperitos   que han hecho  del lenguaje jurídico  algo inabordable , brumoso, accesible solo para iniciados, o sea para ellos mismos y nadie más. Siempre perdidos  ellos en los vericuetos  de la jurisprudencia, por lo común pasajera y ondulante,  cada vez  se alejan más de la realidad. Entregados a su sacerdocio, todo lo complican a fuerza de enredarlo y confundirlo. La jerga propia de su oficio se ha vuelto  ampulosa , enigmática, como los  textos herméticos de antaño, que nadie, salvo sus propios  autores y corresponsales, lograba descifrar, y a veces ni ellos mismos , tras haberlos compuesto.


Bien sabemos que a todo oficio y oficiante le espera su correspondiente deformación profesional. La de los traductores y exégetas de lo que dicen los altos tribunales cuando se pronuncian, consiste  en enturbiar al máximo  su sentido e intención. Lo cual también es una manera de cotizarse en un menester  cada vez más concurrido y competido, tanto que  a ratos  semeja un mercado  donde solo sobrevive  quien  pasa por denso y sesudo, simplemente porque  es  ilegible. Los jueces y litigantes acostumbran  despachar sus asuntos  con la sindéresis y mínima claridad que su oficio reclama. Mas nunca faltan los gurús y hermeneutas que con su voz y su pluma  cultivan la “academia”,  más por vanidad intelectual o modo de acreditarse que como el sano y provechoso ejercicio que debiera ser. Y así, con harta frecuencia, terminan  obscureciendo, hasta invalidarlas en la práctica, las providencias  judiciales y los alegatos previos que, a favor o en contra, les sirvieron de sustento. Hablemos del Derecho, y en particular del Derecho Internacional, que hoy  constituyen  una ciencia casi tan exacta como la matemática, y tan precisa como la lógica formal: estos personajes, sus exégetas y cultores (cualquier título resulta insuficiente para su magno sacerdocio) han hecho de él, a la larga, algo  tan  voluble y gaseoso que, en muy contadas ocasiones, responde a las urgencias del día o, sin reparar en ello,  a ocultos intereses que requieren atención. O sencillamente no responde a nada útil o valedero.


El largo paréntesis anterior sobre los hermeneutas profesionales, o aficionados, vale porque sus opiniones (que nadie pide pero  resultan inevitables en un medio presa del bizantinismo santanderista  -peste muy nuestra que a nadie maás azotó en el subcontinente -) sus opiniones, digo, especiosas  y solemnes  que, para tomar distancia, suelen emitir mitad en español y mitad en latín, lejos de aclarar los problemas   los embrollan, demorando peligrosamente su solución. He oído en estos días a los doctores Rodrigo Uprimy, José Gregorio Hernández y Fernando Londoño, hablando de que  la no aplicación del fallo equivale  a su desacato, con lo que, en el forcejeo abierto con Nicaragua, no le están  ayudando  a su país, pese  al propósito que los pueda animar.


Vaya vicio incurable el que padecemos en esta tierra, donde, al decir del poeta Guillermo Valencia,  los demás vates y gramáticos (Caro, Marroquín, Suarez, etcétera) que a la sazón nos  regían, eran capaces de sacrificar un mundo para pulir un verso. Cualquier parecido con los sabios de la tribu  que  hoy  nos ocupan (y que tanto pontifican mientras el Gobierno toma decisiones que, por tardías, insuficientes o timoratas que fueren, debemos  todos ir apoyando, antes de que  nos coja la noche) no  es mera coincidencia. Ya volveremos sobre el tema, amable y paciente lector.