Columnistas

El futuro del Estado
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
19 de Septiembre de 2013


En recintos académicos y en foros públicos debatimos con frecuencia sobre el futuro de la democracia, alertados por la desafección de los ciudadanos hacia la política tradicional y por la crisis permanente de las instituciones democráticas

 


En recintos académicos y en foros públicos debatimos con frecuencia sobre el futuro de la democracia, alertados por la desafección de los ciudadanos hacia la política tradicional y por la crisis permanente de las instituciones democráticas, incapaces de satisfacer las expectativas de la sociedad, débiles ante la arrogante presencia de las entidades financieras y secuestradas como están por la politiquería y la corrupción.


Está bien, en todos los casos, preocuparnos por el contenido, pero no podemos dejar de lado el continente. ¿Democracia en cuál Estado?


Las diferentes doctrinas políticas y económicas le otorgan al Estado el papel de regular la sociedad a través de normas jurídicas y de responder por el orden y la seguridad (defensa), la justicia y la economía, orientando sus instituciones hacia el logro del desarrollo social y el bienestar de los habitantes mediante políticas públicas de estirpe social. 


Pero ese discurso ya no tiene soporte en la realidad. El Estado colombiano es incapaz de cumplir sus fines sociales y lo que ha logrado, al contrario, es el deterioro social y la fragmentación de la población con una brecha económica y cultural cada vez más amplia, agudizada por fenómenos como el desplazamiento forzado, la desaparición, el auge de la criminalidad, la discriminación, la migración por falta de oportunidades y la corrupción, además de la falta de presencia eficaz en amplios lugares del territorio, ocupados por los grupos al margen de la ley. 


Resulta paradójico, pero el concepto de “Estado social de derecho”, incorporado en la Constitución de 1991, llegó cuando ya había empezado su aniquilamiento por la aplicación de las políticas neoliberales, que obligan al desmonte de las funciones sociales y regulatorias del Estado y a la privatización de sus empresas, que eran la fuente de recursos para el sostenimiento de los programas de fomento y bienestar, dejando como únicas opciones de financiación los impuestos y los empréstitos internacionales. El costo de la hipoteca con el Fondo Monetario Internacional y las entidades crediticias aumenta todos los días, lo que acrecienta la dependencia y borra la noción de soberanía. Así como les sucede a los muchachos que quieren emanciparse de la disciplina familiar, la autonomía cuesta dinero. Sin recursos propios no hay autonomía ni forma de superar la pobreza, aumentar la calidad y la cobertura de la educación, disminuyendo el índice de deserción que hoy está en el 48 por ciento en la educación superior.


La globalización borra las fronteras del Estado nacional. El neoliberalismo impide hablar de conceptos como identidad nacional o patriotismo porque prefiere términos más concretos y comerciales como “marca país”, que se convierte en categorías cuantitativas y en indicadores de riesgo. No es gratuito que el patriotismo colombiano solo se pueda medir en términos de euforia futbolística. La identidad no va más allá de un partido de la selección. Quizás eso explique, también, los bajos niveles de participación política.


¿Qué Estado tendremos si no hay una visión humanista de la economía?


Muy pronto, el Estado será el soporte de la expansión de los grandes conglomerados económico-financieros, su agente jurídico y su protector armado porque la soberanía de los Estados se confundirá, muy pronto, con la seguridad de las transnacionales. Para eso se firman los tratados de libre comercio.