Columnistas

La España que nos duele
Autor: Dario Ruiz Gómez
16 de Septiembre de 2013


Dice el diccionario que paleto es la persona sin roce social, rústica, zafia, o sea grosera, lo que trae a cuento Antonio Machado cuando recuerda que los españoles “somos esencialmente paletos”.

Dice el diccionario que paleto es la persona sin roce social, rústica, zafia,  o sea grosera, lo que trae a cuento Antonio Machado cuando recuerda que los españoles “somos esencialmente paletos”.  La España que en sus versos califica como de “inferior, vieja, tahúr, zaragatera y triste” Una España de pandereta, de cultura de casino pueblerino, que se opuso a los vientos renovadores de la Ilustración, a la Institución de Libre Enseñanza donde concurrieron los grandes pensadores europeos y se formaron los más importantes políticos y filósofos, poetas, de la España moderna. Y, todo en nombre de las atávicas costumbres, del oscurantismo a que lleva ese mal nacional que se llama el ombliguismo. Ese no querer mirar más allá del ombligo y regodearse con la mediocridad, tal como con sarcasmo lo recuerda Perich: “Está comprobado que las mejores carreteras de España son las mejores carreteras de… España”


El ridículo que acaba de hacer la delegación española en Buenos Aires tratando de que Madrid fuera la sede de los próximos Juegos Olímpicos, es la constatación de que el ombliguismo es un estado mental donde bajo un supuesto nacionalismo se oculta la desmesura del provincianismo y, después,  del fracaso, se atribuye éste,  a supuestos enemigos. La alcaldesa de Madrid  con su macarrónico inglés  - “relaxing café con leche”- ha dado pié al más caustico humor popular al no atinar a las preguntas que le han hecho los jurados: ¿No hay prioridades más urgentes para Madrid que la de gastarse millones de euros en propaganda sobre un evento que traería más gastos a una municipalidad llena de problemas?  Mil quinientos millones harían falta para terminar las infraestructuras olímpicas pendientes. ¿En mente de quién puede caber que en medio de la ruina  económica, con una tasa de desempleo que llega ya al 26% al Presidente del Madrid le dé  por comprar un jugador en la desconsiderada suma de un millón de euros?


Para esta clase dirigente lo urgente no es hacer frente a la dolorosa realidad del desempleo, de una juventud abocada a vivir en la nada, de millones de ciudadanos lanzados a la diáspora, del hambre generalizada, a enfrentar la galopante corrupción, sino, a seguir consiguiendo sus propios objetivos. ¿Escoger entre lo malo y lo peor? Transferir la responsabilidad de esta situación a enemigos inventados ha sido la salida más fácil, atribuyendo supuestas componendas a algunos países europeos, a la “malevolencia” de Ángela Merkel, al dinero de los japoneses, a la incomprensión de la prensa alemana. ¿Qué podía seguir después de vivir el desafuero del consumismo, de la irresponsabilidad de ciertos banqueros, del estallido de la burbuja inmobiliaria? ¿Dónde están las cabezas pensantes? ¿Se vislumbra acaso un nuevo planteamiento de la desacreditada política? ¿Qué fue de los indignados?


Lo que ronda bajo esta mediocridad  es la sombra de otra triste tradición: el vivir orgullosos, como lo acaba de recordar Javier Marías, de la ignorancia, colocándola como una virtud necesaria de una clase dirigente a la cual jamás le ha tocado sufrir las consecuencias de la ruina económica, mientras las gentes padecen por los recortes a la salud,  aumentan las colas en los comedores colectivos como aumentan en las oficinas de empleo y crece la deserción de profesores y estudiantes, la crisis del campo, la miseria en Andalucía. Cualquier parecido con lo que nos está sucediendo en Colombia  es mera coincidencia.