Columnistas

Amanecerá y veremos
Autor: Sergio De La Torre
15 de Septiembre de 2013


Pese a la virulencia que hoy cobra el debate político, a la protesta rural que a todos sorprendió por su pujanza y tamaño, y que derivó finalmente en una tregua parcial, o algo parecido, gracias a los compromisos adquiridos por el gobierno...

Pese a la virulencia que hoy cobra el debate político, a la protesta rural que a todos sorprendió por su pujanza y tamaño, y que derivó  finalmente en una tregua parcial, o algo parecido, gracias a los compromisos adquiridos por el gobierno (que ojalá se cumplan, para que la tempestad no nos retorne,  recrudecida), pese a todo ello, digo, el país ha dado una  ejemplar  demostración de unidad a raíz de la respuesta presidencial al fallo de La Haya. En efecto, todo el espectro político se manifestó. El apoyo del uribismo era de preverse. No asombró  tanto  como el del Polo que, por sus obvias afinidades ideológicas  con Nicaragua y sus aliados del Alba (y  en parte con las mismas Farc, amparadas por  dicha asociación) alguna repercusión tendrá, quizás  inhibiendo a Managua de atribuirle la  referida respuesta  a la derecha colombiana enemiga de su revolución, o a una conspiración del “Imperio”, como acostumbran hacerlo, para excusar su fracaso histórico y su descrédito, con todo lo que se cruza en su camino.


Lo dicho por Clara López yo lo esperaba, por tratarse de una izquierdista inteligente y actualizada, que raramente pierde la ecuanimidad o los estribos. Como también se esperaba que la derecha nica respaldara a Ortega en este trance, pues lo que se  juega, tanto allá como aquí, son intereses nacionales, frente a los cuales  han de ceder  las subalternas y contingentes querellas intestinas. La alineación del Polo al lado de Santos, sin muchos  esquinces ni medias tintas, contrasta con la circunspección o silencio que guardaban ciertos sectores  de la izquierda criolla, o  el  apoyo tácito  que le brindaban al comandante  Chávez cuando amenazaba con enviarnos sus escuadrillas aéreas o  mover su ejército hacia la frontera. O cuando se quería condenar a Colombia en la OEA. Tales episodios hoy es mejor no menearlos, sin que por ello   desaparezcan de la memoria colectiva, perplejos y asqueados como quedamos todos con su ocurrencia. Los traigo a cuento para resaltar el hecho de que ahora todas las vertientes políticas se han  confundido  en un solo cuerpo. Lo cual importa, pues en algo papredicamento de respaldar a su país o desmarcarse de él, optaran por lo segundo, ello bastaría para suspender los diálogos, pues ni aquí ni en la Cochinchina, hoy ni nunca  se negocia con gente de tal calaña. Traicionar a la patria es el peor pecado que pueda cometer alguien,  tan abominable  incluso como el matricidio.


Ortega hasta ahora se ha mostrado prudente en  este pulso arduo y difícil.  Lo único destemplado que de allá nos ha llegado  sería cierta alusión que algún chafarote hizo  al ramo de olivo en una mano y la espada en la otra del sandinismo para afrontar el asunto. Ojalá el tono no suba  y todo se envenene  con  actos de fuerza contra los sanandresanos en aguas que  son  y serán nuestras, mientras un tratado en regla no disponga lo contrario. Y que la guerrilla no involucre el litigio en sus reclamos de La Habana o, llevada por un trasnochado “internacionalismo proletario” (que ya nadie invoca y menos practica entre los marxistas o filomarxistas  que aún  restan en el planeta) se alinee con el otro, faltándole a su patria. La prueba de fuego para el Proceso de Paz no será ni el referendo, ni la justicia transicional, ni siquiera las víctimas, sino el pleito con Nicaragua, que en el  desarrollo  de esta nueva fase  definirá si todos los colombianos lo somos de veras, lo somos a medias o no lo somos en absoluto.