Columnistas

El espanto va desapareciendo
Autor: Bernardo Trujillo Calle
14 de Septiembre de 2013


En Colombia hay inconformes en todos los partidos. Imposible es unificar en torno a un gobierno las opiniones respecto a nada importante porque se har韆 sospechoso de no ser democr醫ica dicha actitud.

En Colombia hay inconformes en todos los partidos.  Imposible es unificar en torno a un gobierno las opiniones respecto a nada importante porque se haría sospechoso de no ser democrática dicha actitud.  Los partidos son archipiélagos que surgen de su fractura a causa de divisiones internas, de las distintas maneras de pensar y obrar.  Ni el liberalismo, ni el conservatismo, ni el socialismo se han escapado de esa natural tendencia.  A la hora de las grandes decisiones pesa más el egoísmo individual que el triunfo colectivo, el caudillismo que el trabajo en equipo. 


No hace más de 15 días que el país clamaba por un cambio de rumbo en las políticas agrarias que nos vienen de medio siglo atrás y, al efecto, se hablaba de la mediocridad y atonía de los ministros y de la lejanía del presidente en el trato con el pueblo llano.  Pero llega el momento en que se atiende ese clamor haciendo unos cambios en el gabinete ministerial y entonces llueven las críticas sobre las condiciones personales de las nuevas caras, aún sin tomar posesión de sus cargos.  Los sucesivos paros violentos que estuvieron a un paso de paralizar e incendiar el país tuvo algunos ingredientes provenientes de bastardos intereses.  No fueron espontáneos todos, ni justificados.  Tal vez podría decirse que la responsabilidad estuvo repartida en partes proporcionales entre un Estado abúlico que abandonó el campo, desentendiéndose de las necesidades y problemas de sus gentes hasta el punto de hacerlos estallar en rebelión desafiante y a veces temeraria.


En fuerzas políticas insensibles contrarias al gobierno, organizadas, pagadas y alentadas por personas que nada tenían qué ver con las razones invocadas por los inconformes, maquiavélicamente dirigidas a desprestigiar al presidente.  Se hizo realidad la perversa frase de que “en política todo vale”.  El poder del dinero y de la inquina desplegados por una oligarquía dispuesta a gastarlo en propaganda negra y en vandálicas acciones, cumplió su propósito en las mentes sencillas y crédulas.


Y en una rancia clase terrateniente que se aferra a la tierra con pasión de amante y defiende sus latifundios con una ardenía digna de mejor causa.  Ganaderos de vieja estirpe que pelean a muerte por un estacón y desafían la autoridad legítima del Estado.  Aquí recalan también los terratenientes de nuevo cuño llegados por la heterodoxa y maniática acción del desplazamiento forzado y el asesinato de propietarios tradicionales.  


Los actores de las protestas no son, pues, todos gente del agro abandonada de la mano de Dios.  Allí hubo letrados y analfabetas, hombres de negocios adinerados, campesinos sin tierra y sin trabajo, mercenarios e intermediarios abusivos, transportadores, cafeteros ricos y pobres, logreros, guerrilleros y paracos, políticos inescrupulosos y también, claro que sí, buenos ciudadanos engañados por la propaganda.


Esta es también otra razón por la cual, al momento de darse a conocer los cambios en el gabinete ministerial, aparecieron los infaltables politólogos en busca de audiencia, periodistas sabihondos que saboreaban una a una las palabras incendiarias en busca de lo que ellos llaman el raiting, los críticos  de oficio desencantados y revanchistas, politicastros expertos en señalar reales o supuestas carencias de los nombrados ministros.  A mitad del muy escuchado programa “Hora 20” de Caracol, dos al menos de los panelistas, incitados por su directora, dieron las primeras puntadas en contra de los nuevos ministros, haciendo alusión a su edad, a su origen, a sus antecedentes políticos para descalificarlos apenas iban anunciando su cargo y su nombre por el jefe de Estado.  Tal vez quepa aquí repetir la mordaz opinión de un pensador inglés: “sólo un gobierno de ángeles sería irreprochable, pero los ángeles no hacen política”.


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P.S.:  Habló Santos del fallo de la Haya.  No es aplicable hasta cuando se firme un tratado que debe pasar por el Congreso y la Corte Constitucional, dijo enfáticamente.  No estaba pues huyéndole al problema, sino afianzándose jurídicamente para no dar palos de ciego.  Eso se llama responsabilidad.  No cobardía.