Columnistas

El ministro que llegó tarde
Autor: José Alvear Sanin
11 de Septiembre de 2013


Nos encontrábamos en las antípodas del Concejo Municipal de Medellín, 1972-1974. Amylkar Acosta Medina, en la más extrema izquierda, y yo, como siempre, en posición democrática y cristiana.

Nos encontrábamos en las antípodas del Concejo Municipal de Medellín, 1972-1974. Amylkar Acosta Medina, en la más extrema izquierda, y yo, como siempre, en posición democrática y cristiana. Un halo sulfuroso rodeaba al estudiante costeño que no dejaba funcionar la universidad y mantenía la ciudad en vilo, porque los frecuentes paros, acompañados de pedreas e incendio de buses, exigían medidas enérgicas. Creo recordar que por aquellos días el toque de queda debió imponerse más de una vez. 


Cuando murió Mao Zedong, Amylkar propuso en el Concejo una moción de duelo, que yo logré derrotar, porque nuestra solidaridad debía ser con el pueblo chino, que había padecido su atroz dictadura, no con el partido que la había ejercido despiadadamente.


Después de graduarse como economista, Acosta regresó a La Guajira. Pronto su habilidad política y su gran inteligencia lo llevarían al Congreso. A medida que avanzaba en la vida, el indómito revoltoso se fue transformando en un estudioso permanente, y de maoísta pasó a ser social demócrata. Apareció entonces un analista bien estructurado, cuyos ensayos y artículos son siempre oportunos, originales e influyentes. Su columna en El Nuevo Siglo no pasa desapercibida.


Lo vimos actuar como acertado viceministro de Minas y Energía, autor, en buena parte, de la exitosa política de biocombustibles, y más tarde como presidente del Congreso. 


Tiene, pues, bagaje de sobra para actuar como ministro de Minas, pero su designación es inexplicable si se tiene en cuenta que ha sido uno de los mejores y bien articulados críticos que ha tenido la política económica de los dos últimos gobiernos, por lo menos desde el campo del establecimiento. Sus premoniciones sobre los funestos resultados de los TLC mal negociados han resultado confirmadas por las cifras; y su posición nacionalista en materia de minería es diametralmente opuesta a la entrega supina de nuestros recursos a rapaces empresas transnacionales.


Llega tarde al gobierno porque ya Mauricio Cárdenas negoció la prórroga más inicua de Cerromatoso, rubricada por su fugaz sucesor, un doctor Rengifo, que no se ruborizó encargando la estructuración del nuevo contrato a una firma inglesa de abogados, por definición los menos proclives a defender al país en las transnacionales anglo-australianas, como Billiton. 


Llega también tarde porque Cárdenas pasó a Hacienda para mantener las exenciones tributarias sobre el pago de regalías, lo que significa, en la práctica, gran minería sin tributación. 


Y llega tarde porque el asesor del presidente Santos en asuntos mineros es precisamente Mr. Tony Blair, bien cercano de la City y del London Metal Exchange.


Nadie se explica por qué lo nombró Santos, ni cómo podrá actuar en un gobierno ultra neoliberal en lo económico y fiscal. Desde luego, los inmensos daños causados al país por el Dr. Mauricio Cárdenas no son ahora reversibles, y menos por un gobierno despalomado y agonizante.


Queda solamente la esperanza mínima de que Amylkar Acosta logre anular la proyectada venta de Isagén, privatización que tirios y troyanos consideran muy nociva para Colombia. 


En fin, esta columna desea el mejor de los éxitos para la gestión del nuevo ministro de Minas y Energía. 


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Sobrada razón asiste a los parlamentarios noruegos que solicitan al Comité Nobel del Storting la anulación del prematuro e inexplicable Nobel de Paz concedido a un agresivo e incontenible comandante de fuerzas militares.