Columnistas

M醩 elucubraciones
Autor: Sergio De La Torre
1 de Septiembre de 2013


El ritmo parsimonioso que por cuenta de las Farc llevan los di醠ogos, era previsible. Lo de noviembre como plazo para firmar un acuerdo nunca fue pactado, sino que es apenas una aspiraci髇 esbozada por el Gobierno.

El ritmo parsimonioso que por cuenta de las Farc llevan los diálogos, era previsible. Lo de noviembre como  plazo para firmar un acuerdo nunca fue pactado, sino que es apenas una aspiración esbozada por el Gobierno. Aspiración que a la contraparte, en el fondo  (así no lo diga)  no debe preocuparle demasiado. Ella sabe que si dilatan los diálogos, a la manera del Caguán, estos colapsarán por cansancio, pues la inmensa mayoría de los colombianos, que anhela la paz aún en medio del rencor y la desconfianza que le inspira la guerrilla, no está dispuesta a  que la embromen de nuevo con una espera ilimitada. Sabedores de cuánto arriesgan, dudo que los ampulosos comandantes reincidan en abusar de la paciencia de la contraparte, entendiendo por tal al Gobierno y también a la sociedad expectante que lo acompaña, atenta a que lo que se cuece en La Habana cristalice.


Resumiendo, la demora en las conversaciones le conviene a la guerrilla en un sentido: alarga su exhibición (¿o exhibicionismo?) como entidad negociadora, munida de un discurso político  definido y presentable. El cual, confieso, no deja de asombrarme por la relativa ponderación y coherencia que muestra, insólitas en quienes nos tenían acostumbrados al rústico, trasnochado fundamentalismo estalinista, que en la izquierda moderna, por extrema que fuere, nadie con un mínimo decoro intelectual comparte. Ese lenguaje, y el alarde de seriedad y ponderación que lo adorna, les aprovecha para labrarse otra imagen ante el mundo, y abrirse algún espacio en el juego político.


No en vano el proceso en marcha significó para ella salir  de las tinieblas y el silencio a que estuvo  reducida, hacia la luz y el sonido de los reflectores y  micrófonos que tal faena siempre procura. Todo ello representa una ganancia tangible, porque los vándalos de ayer  pasaron a ser hoy respetables interlocutores, que se codean de igual a igual con un gobierno legítimo, a la vista de  los otros gobiernos que auspician el encuentro, y de todo un continente (Estados Unidos incluido), pendiente del desenlace que corte  esta sangría,  que avergüenza a la humanidad. Pues no solo son las dos partes involucradas las que están hartas con el conflicto, sino que afuera todos lo reprueban, y dan  cada vez más muestras de asco y aburrimiento (ya casi ajusta los 70 años, como que se incubó en el 46, cuando el salvajismo de los “chulavitas”, acolitado desde arriba, se ensañó en el campesinado liberal, dando lugar a una guerrilla que luego, a la sombra de la Guerra Fría, se  radicalizó  y, hundida para siempre en la manigua, acabó petrificada) pues ése, más que un conflicto, semeja una peste interminable.


Lo dicho atrás atañe a la velocidad del proceso, a la genuina ansiedad del gobierno por acabar  pronto, para acomodarlo a las fechas comiciales (con vistas a una reelección probable que luego lo impulse y asegure su consolidación) y a  la  refracción, más simulada  que real,  de la contraparte  a  que  ello ocurra. Como suele suceder en todo lo relacionado con la política, en esto del ritmo también hay  una  buena dosis de teatro, o comedia, como usted prefiera. Luego tocaremos otras aristas y habláremos de las perspectivas de la negociación en caso de que culmine bien, como  quisiéramos aún los pesimistas sin remedio, como quien esto escribe.