Columnistas

Notas y atisbos
Autor: Sergio De La Torre
25 de Agosto de 2013


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Por estos días es difícil encontrar en el mundo un país tan castigado  como el nuestro, donde todas las violencias concurren. La contienda feroz entre guerrilla y  Estado, y la que éste mantiene con  el paramilitarismo supérstite que, sumergido en el vandalismo, aún conserva restos de su discurso político (bien  por hábito, o bien    para maquillar su feo rostro). Y agreguemos algo que gravita mucho en ello: tales dos violencias, de origen político, surgidas para contrarrestarse la una a la otra, hoy tienden a coaligarse en el narcotráfico, faena compartida que borra las diferencias. Lo cual empeora o mejora las cosas, según se vean. Las empeora, en cuanto enloda los designios políticos con que  justifican su aparición y su proditoria actividad. Y las mejora porque, ocurriendo lo primero, quedan al desnudo sus  fines, su  real naturaleza de negocio criminal (en que acabó mutándose su alegada vocación primera),  simplificándose así el problema de la guerra, de suyo bien complejo, y de contera se facilitándose  su tratamiento y solución.


Confluyen pues esas dos violencias, las más ruidosas y letales, en el narcotráfico, que las degradó a ambas, aunque de distinta manera. Sumémos la minería ilegal, el  nuevo hallazgo,  llamado a sustituír la droga como fuente de financiación, y que ha resultado ser  el peor  depredador del medio ambiente.


Hay otras violencias que afligen al país, asentadas en el delito común, que se multiplica cuando el Estado defecciona de su misión  de controlar el crimen en todas sus expresiones. La rampante inseguridad ciudadana, la guerra entre combos y bandas que asola las barriadas, y ahora los tropeles y bloqueos en las carreteras. En Latinoamérica tal vez el  país que más se nos aproxima en cuanto a la proliferación del delito en sus  modalidades atroces de asesinato y secuestro (que aquí pululan) es El Salvador. Solo que allá, viviendo su postconflicto,  andan dedicados a implementar un proceso de reconciliación, arduo y dispendioso sí, pero sólido y confiable, como suelen serlo todos. La paz, al menos, ya la firmaron y protocolizaron con el mundo como testigo. No es de temer una vuelta atrás.


En Colombia estamos llegando al límite. Como las siete plagas en el antiguo Egipto de la leyenda, hoy todas las violencias imaginables  nos acosan juntas. Se confunden, empalman e intercambian entre sí, al extremo de que a veces es  difícil diferenciarlas. ¿Acaso alcanzaron ya su punto de saturación, cuando la paciencia, el aguante, la callada contención de la comunidad se colman? Los asociados pierden la fe en la capacidad del Estado para protegerlos, cunde la inseguridad, se saltan las normas y, aplicando justicia por propia mano, ejecutan linchamientos de maleantes cogidos en falta, y hasta de conductores borrachos que a alguien atropellaron. Se descree de los jueces y, lo que es peor, de la eficacia de las leyes que, en tanto más abundan, menos se cumplen. Tal es la atmósfera que se respira. La creciente incertidumbre va generando algo parecido al “vacío de poder”, debido al colapso en lo que del Estado más importa: el principio de autoridad, que alimenta la confianza en que todo desafuero se castigue a tiempo. Y así abroquela el orden, que en substancia no es más que la mínima, básica disciplina consensuada, si el gobierno que la tiene a cargo no falta a su deber, por supuesto. No es cosa de sociología ni nada semejante, sino de  elemental, rasa biología.


De todas las violencias y cruces entre ellas arriba señalados, la peor, por la zozobra que produce, es la violencia política, en su forma de conflicto interno que aquí conocemos. Su efecto es devastador: aleja la inversión, retrae el afán de progreso. Desalienta, en suma, la búsqueda del bienestar, que es el motor que a todos nos mueve hacia adelante, en pos de un mejor futuro, de la plenitud soñada, o de la felicidad, que no es una utopía platónica cualquiera sino un derecho individual y colectivo, consagrado en la “Declaración” que inspiró a los revolucionarios franceses, padres de la república liberal en la tierra. Bueno, esto es apenas el prólogo, gentil y obcecado lector, de lo que luego diremos sobre lo que se discute en La Habana y sobre el trámite inminente de un referendo que lo apruebe o impruebe. Dios nos tenga de su mano y la paz no se nos escape, ahora que parece asomar en el horizonte.