Columnistas

La perversión de la política de Santos
Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
25 de Agosto de 2013


El país se ha visto envuelto en una serie de paros del sector productivo como hace muchos años no se ha visto, si es que alguna vez ocurrió algo semejante: protestan los paperos, los cebolleros, los lecheros, los mineros informales...

El país se ha visto envuelto en una serie de paros del sector productivo como hace muchos años no se ha visto, si es que alguna vez ocurrió algo semejante: protestan los paperos, los cebolleros, los lecheros, los mineros informales, los transportadores de carga. 


Lo hacen los productores del campo –especialmente pequeños agricultores y ganaderos- porque enfrentan los TLC sin medidas de protección, que los están llevando indefectiblemente a la quiebra, a lo que se suma el alza incontrolable de los insumos.  Los pequeños mineros informales, porque el gobierno  no tiene una política minera que los formalice y los diferencie de los “ambientalistas” de  las Farc que poco a poco se apodera de esta actividad, de manera depredadora; los transportadores, porque los precios de diésel se encuentran entre los más altos del mundo, a causa de que, actuando como vampiros, los funcionarios de Santos le chupan la sangre al gremio para llenar sus arcas y obtener billones de pesos mediante impuestos no pactados –no hay impuesto sin representación- para su billonaria campaña publicitaria y para las lapas de los partidos de unidad nacional,  que viven del presupuesto nacional, a lo que también se agrega un descontrolado incremento de insumos, los altos peajes y las pésimas carreteras por las que tienen que transitar.


Esta gente no es como la de los protestadores profesionales del Catatumbo, que protegen los cultivos ilícitos de las Farc y otras organizaciones ilegales y cuyos dirigentes, perfectamente alineados, quieren imponer una Zona de Reserva Campesina, para tener el control de un territorio estratégico por su larga frontera con la dictadura chavo–madurista de Venezuela. No. Los que ahora protestan son ciudadanos de bien(a pesar que algunos extremistas armados se hayan infiltrado en estos movimientos sociales) que están en una situación económica cada vez más grave. Pero el tratamiento que han recibido es el de criminales de segunda –Santos dijo, con el cinismo que lo caracteriza, que el paro era menos importante de lo que pensaba- y a los que el ministro de hacienda ha dicho que tiene la chequera cerrada por falta de fondos, aunque días antes había ofrecido más de un billón doscientos mil pesos para el Catatumbo porque de ese dinero se beneficiarán sus amigos de las Farc.


Santos ha considerado tan de segunda a los productores y transportadores, que en lugar de hablar con estos, se ha dado el lujo de ir al centenario del nacimiento del  ex presidente López Michelsen, para contar las intimidades que tuvo con su tío abuelo, el ex presidente Eduardo Santos, que tuvo el atrevimiento de desheredarlo (por una traición que nuestro presidente le hizo, algo que ya no nos sorprende), como si al país le importaran esos chismorreos. Y en la Asamblea de la Andi le ofreció la embajada de Estados Unidos a Luis Carlos Villegas, presidente de esa asociación y su “negociador” en La Habana, para ganarse a ese gremio, que lo “adora” a pesar de que la producción industrial va en caída libre. 


Por si fuera poco, para desviar la atención del país ante la grave situación social, y de paso, dar un “golpe genial de poquerista” presenta al Congreso un proyecto de ley estatutaria para citar un referendo para la refrendación de los acuerdos de La Habana, a pesar de que no se conocen ni los acuerdos definitivos ni mucho menos las preguntas, lo liga a las elecciones para poner contra la pared a los críticos de su proceso de paz y legaliza la combinación de todas las formas de lucha de las Farc, pues sería un referendo en el que estas no han entregado las armas, y ya se sabe las consecuencias de ello.


El sainete montado tiene un mal guion: Santos presenta el proyecto de referendo ante el Congreso; las Farc hacen una pausa pues están “ofendidas” porque no se les consultó y anuncian que requieren de ella para “pensarlo bien y “auscultar el querer de los colombianos” y entonces De la Calle afirma que ¡el proyecto  no convoca un referendo! Mientras tanto Santos, muy “enfadado”,  dice que él es quien pone las condiciones y el grupo terrorista informa que se trata de una pausa de un día, pero que de todas maneras insistirán en una Asamblea Nacional Constituyente. Todos ellos felices, porque creen que los colombianos, luego del tratamiento que les ha dado, se tragaron el cuento y ya dan por hecho la posible aprobación de su engendro (o, el de la Constituyente, si las Farcs se ponen”bravas”; uno nunca sabe que as sacará de la manga este par) . Pero si el referendo se diera, ocurre que a preguntas tramposas, como la de si los colombianos queremos la paz, habrá que responder que no, en el entendido que no esa paz bajo esas circunstancias. Habrá que hundirlo, si se presenta, como nos enseñó la gente de Guatemala.