Editorial

Los retos de la ingeniería
21 de Agosto de 2013


La ingeniería antioqueña floreció en el siglo XX bajo la guía de la Escuela de Minas, posteriormente Facultad de Minas de la Universidad Nacional, y su lema “Trabajo y Rectitud”, que profesores y egresados convirtieron en imperativo de su acción.

Saludamos a los ingenieros de 27 países americanos que desde el lunes participan en la asamblea de la Unión Panamericana de Asociaciones de Ingeniería y que desde hoy deliberan en el XXXII Congreso Internacional de Ingeniería y Arquitectura, eventos académicos convocados para celebrar el centenario de la SAI. Con una nutrida agenda temática, la convocatoria promete profundizaciones en el saber y el hacer de la ingeniería.


La ingeniería antioqueña floreció en el siglo XX bajo la guía de la Escuela de Minas, posteriormente Facultad de Minas de la Universidad Nacional, y su lema “Trabajo y Rectitud”, que profesores y egresados convirtieron en imperativo de su acción. Ante investigaciones, como la de Transparencia Internacional, que han demostrado el papel del sector privado en la corrupción pública, la “Sociedad americana (estadounidense) de ingenieros civiles” ha propuesto a los profesionales suscribir el “Compromiso del ingeniero: combatiendo la corrupción en ingeniería y construcción”. Nuestros ingenieros pueden encontrar en este documento las bases éticas de la formación de su Alma Mater, mismas que presidieron la creación de la SAI en el centenario de la Independencia de Antioquia.


El campo ético de la ingeniería es amplio. Al dejar de pagar sobornos para obtener contratos públicos y privados, al ejecutar las obras con rigor técnico y cuidado económico y al dar prioridad a proyectos que generan desarrollo para amplios sectores geográficos y poblacionales, los ingenieros pueden realizar sus compromisos éticos y contribuir a cuidar de los recursos que se invierten en las grandes obras de desarrollo en infraestructura, desarrollo eléctrico y de conectividad en telecomunicaciones, entre otras prioridades.


La ingeniería civil colombiana enfrenta el interesante reto de la sostenibilidad integral, planteado como falsa disyuntiva entre desarrollar infraestructura que pudiera amenazar el ambiente o impedir todo desarrollo físico que represente un cambio ambiental. El extremismo ha llevado a que, de un lado, los constructores consideren que, como plantea el presidente del BID, doctor Luis Alberto Moreno, “hacer obras en Colombia (sea) un dolor de cabeza debido a obstáculos que van desde las consultas previas con las comunidades hasta la adquisición de predios” y por tanto sientan la necesidad de impulsar “reformas para allanar el camino”, mientras, por otra parte, los ambientalistas se empeñan en frenar iniciativas a las que temen, no siempre con base en estudios y argumentos sólidos.


El vocablo ingeniería deriva de la expresión latina “ingenum”, que para los puristas significa engendrar (hijos) y para los observadores históricos, mientras muchos académicos adoptan en su acepción de “ingeniar”, o sea de crear soluciones a problemas de las sociedades, significado este que representa el lugar histórico de los ingenieros como guías del progreso humano frente a la adversidad. En el siglo XXI, la sostenibilidad aparece como el gran reto a resolver para que la ingeniería pueda seguir ejecutando proyectos que modernizan la infraestructura, ofrecen acceso al desarrollo para importantes áreas geográficas y grupos poblacionales, y pueden garantizar, como no lo hace el abandono, la protección de la biodiversidad que los latinoamericanos cuidamos para el mundo. 


América sigue partida en dos por la obstinación política de quienes desconocen decisiones que se vienen tomando desde que la VI Conferencia Interamericana, realizada en 1928, aprobó la construcción de una carretera intercontinental y el Congreso de Estados Unidos destinó, en ese año, los primeros 50.000 dólares para sus estudios, medidas que abrieron paso a que, entre 1955 y 1960, los gobiernos de Colombia y Panamá aprobaran sendas leyes para la construcción del tramo del Darién siguiendo el trazado El Tigre-Río Atrato-Lomas Aisladas-Palo de Letras, mismo que el Congreso de Estados Unidos aprobó en 1970 y que fue ratificado como el conveniente, según estudio realizado en 1998 por las reconocidas firmas Ecology and Environment e Hidromectánicas. Dado que este es un proyecto analizado y aprobado con rigor en instancias técnicas y políticas y frenado por intereses excluyentes, la ingeniería está llamada a buscar que en 1928, cuando se cumpla el centenario de esta la primera aprobación de conectar las Américas, el mundo celebre con una obra protectora y moderna en plena marcha.