Columnistas

Las patentes de Goliat
Autor: José Alvear Sanin
21 de Agosto de 2013


Como todo mecanismo que se extralimita, las patentes farmacéuticas exceden los propósitos, loables en principio, de remunerar la costosa investigación que hace posible la aparición de nuevos medicamentos.

Como todo mecanismo que se extralimita, las patentes farmacéuticas exceden los propósitos, loables en principio, de remunerar la costosa investigación que hace posible la aparición de nuevos medicamentos. Una cosa es remunerar razonablemente el esfuerzo científico, y otra, bien diferente, asegurar la venta exclusiva de fármacos, con precios astronómicos en casi todos los países, porque pocos escapan a la opresión de Big Pharma.


Mientras escribo esta serie sobre un tema gigantesco, leo en Forbes el tamaño de esa industria (unos 600 billones de dólares en ventas al año, suma comparable al presupuesto militar de USA); y en The Independent, sobre la incriminación en China de ejecutivos de Glaxo Smith Kline y de Astra- Zeneca, por maniobras para encarecer sus medicamentos y acerca de cómo evaden los laboratorios el control de precios en el Reino Unido.


Allá, los fármacos, sin ser baratos, no alcanzan los precios exorbitantes de otros países, porque existe un convenio entre gobierno y farmacéuticas para establecer precios aceptables para medicamentos patentados, el Price Regulation Scheme (Pprs), que se presenta como ejemplo. Pero las de Big Pharma se las ingenian para evadir ese insuficiente control. 


Acaba de revelarse que cuando una patente expira, el laboratorio vende los derechos de comercialización a una firma que no participa en el Pprs. A continuación la droga se suministra al National Health Service, con recargos hasta del 2000% sobre el precio anterior. Así ha ocurrido con 15 fármacos de amplio consumo (The Independent, julio 15/2013). Parece, entonces, que en ese país también se presenta colusión entre farmacéuticas y funcionarios públicos que ordenan compras. 


El 29 de abril, el mismo diario informa sobre la denuncia firmada por 100 cancerólogos de reputación internacional, cuando afirman que el “real cáncer killer” es el abuso de Big Pharma. En 2012, la FDA aprobó 12 nuevas drogas, de las cuales 11 superaron los US $ 100.000 al año por paciente (cerca de 200 millones de nuestros pesos). Además, se habían triplicado los precios de los demás tratamientos anticancerosos.


Si al poder de los laboratorios se une la corrupción de mandos medios en ministerios de la salud, y si los grandes países en esa industria (USA, UK, Suiza, Alemania, Francia) imponen tratados que obligan a sus estados vasallos a proteger las patentes y los precios de sus medicamentos, comprendo, pero no excuso, la timidez de nuestro gobierno frente a estos incalificables abusos.


Lo que está pasando en Campoalegre (Huila) con la policía enterrando en el relleno sanitario cientos de toneladas de semillas de arroz, porque el TLC con USA obliga a nuestros campesinos a cultivar únicamente con semillas “certificadas”,  de Monsanto principalmente, y de otros “obtentores” (Resolución 9.70 ICA), indica lo que puede pasarnos si nos oponemos de frente a Big Pharma.


Lo que ya ocurre en lo farmacéutico se extenderá entonces al agro, ante la sumisión del gobierno y la indiferencia (¿inexplicable o culpable?) de la gran prensa, la ubicua radio y la omnipotente tv, que omiten habitualmente estos terribles temas. 


Comento lo anterior porque los colombianos ignoramos que el principal experto en la lucha contra los abusos de los laboratorios transnacionales es un compatriota, el Dr. Germán Velásquez, exdirector de Propiedad Intelectual y Salud, de la OMS, actualmente consejero de Centro Sur en salud y desarrollo. Su firma es bien conocida en revistas especializadas y colabora frecuentemente en El País de Madrid. 


En ese diario apareció, el 1º de abril de 2013, su artículo “David contra Goliat”, en el que nos informa que el Tribunal Supremo de la India rechazó la demanda de Novartis para patentar el Glivec, porque allá la ley no acepta patentar la modificación de moléculas ya conocidas.


A pesar de la amenaza de no comercializar en India nuevos medicamentos, si no se aceptan las patentes sobre mejoras a las moléculas existentes, ese gran país seguirá desconociendo patentes abusivas. En efecto, India, Brasil y Sudáfrica han desarrollado poderosas industrias farmacéuticas “fusilando” patentes. 


Mientras los gobiernos timoratos (o cómplices) no se decidan a importar fármacos de esos países, a precios accesibles, los medicamentos patentados, por su costo, seguirán matando enfermos y arruinando sistemas sanitarios. Hay que enfrentar a Goliat. ¿Pero dónde está David?