Columnistas

¿Hacia dónde va Colombia?
Autor: Jorge Arango Mejía
18 de Agosto de 2013


Incertidumbre: la gente se pregunta hacia dónde va Colombia. Es natural que así sea, porque estamos a meses de elecciones. Pero, además hay circunstancias inquietantes, casi malos presagios. Veamos.

Incertidumbre: la gente se pregunta hacia dónde va Colombia. Es natural que así sea, porque estamos a  meses de elecciones. Pero, además hay  circunstancias inquietantes, casi malos presagios. Veamos.


En el tema electoral solamente hay un hecho  evidente: el afán de Santos porque lo reelijan, comparable solamente a su deseo de recibir el Nobel de Paz. Afanes que comparten sus validos y otros que aspiran a serlo. Se publican encuestas en las cuales enfrentan al presidente con una serie de personas que ni siquiera son candidatas. Y el resultado no puede ser distinto a éste: el actual dispensador de puestos, contratos y prebendas de todas las clases, aparece con más de diez puntos de ventaja sobre cualquiera de sus imaginarios contendores. Pero como las mentiras, por más bien urdida que sea su trama, se conocen fácilmente, al mismo tiempo se publica otro dato: que apenas un 30% de los interrogados estaría dispuesto a reelegir a Santos.


Pero es ejercicio inútil lucubrar sobre esta sucesión. Acaso sea mejor asumir una de estas dos actitudes: la del optimista, para quien el presidente puede hacerlo menos mal en un segundo período, o cualquiera que lo reemplace será mejor; y la del pesimista, para quien cualquiera que reemplace a Santos será peor, y si él sigue en el poder, el segundo cuatrienio será más malo que el primero.


Y la situación económica no es halagüeña. Los 27 tratados de libre comercio firmados con inexplicable premura, sin estudios serios y solamente para demostrar que estamos en el camino hacia el paraíso (o hacia el imperio del liberalismo salvaje, dirán otros), ya no amenazan la industria y la agricultura nacionales: han comenzado a destruirlas. Basta leer la prensa para  enterarse de que muchas fábricas se han cerrado y otras están a punto de hacerlo; que quienes por muchos años fueron industriales se transforman en importadores de lo que hasta ayer producían; que las frutas importadas llenan los estantes de los supermercados; que los arroceros abandonan ese cultivo. En fin: por cuenta de esta insensatez, estamos condenados a volver a ser exportadores de algunas materias primas e importadores de todo lo habido y por haber. Y no temo por la suerte de los empresarios, sino por la de los trabajadores que perderán sus puestos y aumentaran las filas de quienes buscan un quehacer. Por ejemplo: ¿qué dirán los dueños de las cuatro mil grandes, medianas y pequeñas zapaterías de Bucaramanga? 


¿Y qué decir de la venta de Isagén? Con el simplista argumento de que la generación de energía tiene que entregarse a los particulares, se busca enajenar una empresa próspera, verdadera joya de la corona; dizque para construir carreteras. ¡De seguro ya hay centenares de nules y morenos, con las fauces abiertas como cocodrilos, esperando el festín! ¡Amanecerá y nada veremos! 


¿Qué intereses ocultos hay en todo esto? Piensa mal y acertarás. ¿No estábamos mejor en el país del Sagrado Corazón que en éste de todos los Santos?