Editorial

Invierno en Egipto
17 de Agosto de 2013


Al hacerse a un lado del actual gobierno, del que era vicepresidente de Relaciones Exteriores, Mohamed el Baradei se conserva como esperanza de una salida que garantice, como lo exige el mundo, que la Primavera 羠abe traiga al pueblo egipcio libertad

El mundo mira atónito a Egipto: centenares de muertos en las calles; mezquitas y templos coptos arrasados y  edificios públicos atacados, se suceden en imágenes de televisión: dolorosas, en tanto evidencian la barbarie humana en sus peores formas; peligrosas, porque pueden acostumbrarnos a la muerte; tenebrosas, porque se superponen sobre los escenarios donde nacieron tres de las grandes civilizaciones del mundo; decepcionantes, porque son amargo fin de la que el mundo soñó que era una Primavera; e inquietantes, pues muestran la debilidad del multilateralismo para garantizar la paz, o sea de cumplir con sus propósitos.


El malestar que sucedió al derrocamiento del gobierno de los Hermanos Musulmanes, que tras ganar las elecciones venían recortando derechos y libertades democráticas, se exacerbó el miércoles e hizo de las calles “campos de batalla para el enfrentamiento de quienes blanden la espada de la tradición religiosa y quienes esgrimen el garrote de instituciones puestas entre paréntesis tras la cuestionada declaración de un *estado de emergencia* que habilita a la fuerza pública para usar la fuerza contra los manifestantes. Ni los amigos del expresidente Mursi ni los hombres bajo el mando del gobierno interino, que dijo de sí mismo ser liberal, han demostrado intención de medirse en sus actuaciones o de respetar normas internacionales de derechos humanos.


Sin descuidar el lenguaje diplomático al que está obligado por su cargo, Jen Psaki, portavoz del Departamento de Estado de la Unión Americana, evidenció los excesos de contradictores que usan la violencia como si fuera recurso útil para zanjar diferencias: “el gobierno tiene la responsabilidad de crear un ambiente en el que los egipcios puedan disfrutar de los derechos universales, incluidas las libertades de reunión, expresión y prensa. Y los manifestantes tienen la responsabilidad de ejercer sus derechos pacíficamente, de manera que no sean calificados como terroristas”. Animados por el tono yihadista con que han revestido su protesta y por “la autorización a usar las armas si (policía y ejército) se sienten amenazados” los contradictores asumen postura de combatientes en una campaña que hace temer, y con mucha razón, de que en Egipto se reedite la tragedia que ha envuelto a Siria, hoy instrumento de las potencias en su naciente “guerra” fría de nueva generación.


Tan graves como la batallas callejeras y sus evidencias de inhumanidad son las demostraciones de impotencia por quienes deberían estar tomando decisiones para proteger a los civiles inermes,  exigir respeto por las normas internacionales de derechos humanos y demandar acuerdos para abrir paso a procesos tendientes a construir –es difícil hablar de restaurar lo que no ha existido- institucionalidad democrática en Egipto. Pues qué sino impotencia se puede llamar, a hechos como el Consejo de Seguridad de la ONU sólo alcanzando a decir: “todos coincidimos en la necesidad de que se ponga fin a la violencia y que se avance hacia la reconciliación nacional” y la vocera del Consejo de Derechos Humanos apenas reclamando “una investigación independiente, imparcial, creíble y eficaz sobre la conducta de las Fuerzas de Seguridad egipcias”.


Dada la inacción de los organismos a los que les correspondería proteger vidas y buscar salidas democráticas, el mundo se ve obligado a filar tras el presidente Obama, que censuró a las partes con la frase “los egipcios merecen algo mejor”, recriminó al gobierno al cancelar los ejercicios militares bilaterales previstos para septiembre y señaló como único rumbo posible el de cese a la violencia y el inicio de “un proceso de reconciliación nacional”. En su misma dirección, y señalando un criterio que terminará por imponerse ante la gravedad de los hechos, actuaron el gobierno de Dinamarca, que desde el jueves suspendió la cooperación con Egipto, y el turco, del muy cuestionado primer ministro turco, Recep Tayip Erdogan, que ha llamado a consultas a su embajador en El Cairo. Al hacerse a un lado del actual gobierno, del que era vicepresidente de Relaciones Exteriores, Mohamed el Baradei se conserva como esperanza de una salida que garantice, como lo exige el mundo, que la Primavera Árabe traiga al pueblo egipcio libertad y democracia, dones que no ha logrado disfrutar en su provechosa historia.