Columnistas

Las vueltas que da la vida
Autor: Bernardo Trujillo Calle
17 de Agosto de 2013


“Ahora yo estoy libre y ellos, en el banquillo”, fue la frase seca y cortante de Yidis Medina para referirse a su absolución de los cargos de secuestro extorsivo que la llevaron a la cárcel

“Ahora yo estoy libre y ellos, en el banquillo”, fue la frase seca y cortante de Yidis Medina para referirse a su absolución de los cargos de secuestro extorsivo que la llevaron a la cárcel con sentencia de 35 años. Mediante testigos comprados al cartel que los tiene para venderlos o regalarlos cuando se trata de acusar o defender a alguien, según las circunstancias. Ese cartel ha sido repetidamente denunciado ante las autoridades competentes sin que se sepa, hasta hoy, que hayan detenido, menos condenado a nadie por falso testimonio.  Una de las víctimas de los falsarios fue el exmagistrado Iván Velásquez que llevaba por buen camino las investigaciones de la parapolítica contra personajes influyentes con vara larga en los círculos del anterior gobierno.


Fueron también los mismos que perjuraron contra el exdiputado vallecaucano Sigifredo López después de haberse salvado del genocidio cometido por las Farc contra sus compañeros de cautiverio.  Yidis Medina, mujer de clase media y provinciana, no es tan aturdida, ni tan poca cosa como se supuso que era.  Tan no lo es, que después de vender su voto para modificar un artículo de la Constitución que habría campo para la reelección de Álvaro Uribe Vélez, en el momento de la votación se retractó de su acto de ligereza.  Ni las súplicas de los exministros Sabas Pretel de la Vega y Diego Palacio, ni los ofrecimientos del oro y el moro que le hicieron para que cambiara su voto que anunció como negativo, fueron harto suficientes para doblegar su ya tomada decisión valiente, no obstante ser consciente de lo que le sobrevendría.


Yo no estoy defendido la actitud de Yidis, porque sí, por un capricho sin fundamento plausible y, si escribo sobre este tema molido y digerido desde hace tiempo, es porque se ha entrado en la segunda fase, la de juzgamiento de los cohechadores que se ufanan de estar disfrutando de su libertad, amparados por una selectiva impunidad inexplicable que hace cierto el dicho de que la cuerda se revienta por lo más débil.  Los exministros del Interior y de Protección Social le deben a la justicia su parte de condena y mientras no haya pronunciamiento de la Corte Suprema que lo confirme, la sombra de injusticia seguirá pesando en la conciencia de sus jueces.


Los tecnicismos legales hicieron que una sentencia se haya detenido a mitad de su recorrido, dejando la otra mitad sin concluir.  En casos tan excepcionales, la Corte Suprema debió proceder como los jueces romanos que terminaban sus providencias con las iniciales N.L. –no está claro- cuando no entendían el proceso, al decir de Voltaire.  Aún es tiempo de enmendar el exabrupto llenando el vacío con la otra mitad o con sentencia completa que haga justicia.  Ese bumerang lanzado por los exministros contra Yidis, ha vuelto de regreso contra ellos.  A eso es a lo que se refiere Yidis con su ya célebre frase que encabeza este comentario.  Lo cual quiere decir, que mientras no llegue la hora de oír pronunciar las palabras cabalísticas de “culpables”, habrá lugar a pensar lo que Ñito Restrepo pensaba:   “vale más una cuarta de juez, que una legua de razón”.


Refiere Yidis a El Espectador –11,08- que al encontrarse con Pretel en la Corte, éste le extendió la mano y le preguntó cómo estaba.  Y dirigiéndose al abogado, con la mayor frescura, le dijo: “doctor, eso que le hicieron a Yidis Medina en el caso del secuestro, es una canallada”.  Pilatos redivivo en este episodio “fríamente calculado”.  Lo cual no conmovió a la ofendida que declaró ante los magistrados mirando a la cara de sus compañeros de cohecho con la seguridad y coherencia con la cual ha procedido desde las primeras versiones de su testimonio.  Entonces recuerdo a Sabas la primera vez que lo vi y lo oí en esta ciudad en una muy buena conferencia sobre el comercio y los comerciantes cuando él no había incursionado en la política.  Mejor le hubiera valido haberse mantenido allí, prestando sus buenos servicios a un gremio que le pagaba bien, que incorporarse a la política para terminar al cabo de sus largos años pagando deudas ajenas.  De Palacio supe que existía cuando asumió su ministerio.  Todo un fisco.


P.S.:  ¿Rumor de Sables?