Columnistas

El reggaet髇, el rap y el hip hop, lenguajes urbanos
Autor: Luis Fernando M鷑era L髉ez
5 de Agosto de 2013


Me he acercado poco a poco al reggaet髇, el rap y el hip hop como formas de expresi髇 de los j髒enes urbanos.

Me he acercado poco a poco al reggaetón, el rap y el hip hop como formas de expresión de los jóvenes urbanos. Estos ritmos han tomado mucha importancia entre los muchachos de los barrios de Medellín, San Javier, Castilla, Manrique... Y vale la pena conocerlos y entenderlos como tal. Sí, dije entenderlos.


El lenguaje de la música es más cercano a la gente de mi generación en las formas del bolero, el bambuco, el pasillo, la balada, el tango, la polka, el vals, el pasacalle, el minueto, que cuando nos entra por ojos, oídos, nariz y garganta (porque hasta olores y sabores traen) en las formas del rap, del hip hop o del reggaetón.


Pero aún en éstas manifestaciones culturales hay que hacer disquisiciones. Por ejemplo, hace treinta años era imposible ir a San Andrés islas y no dejarse envolver por el reggae, esa música antillana pegajosa, alegre y sensual. A mí me encantó y me sigue gustando. Todavía guardo casetes “piratas” de Bob Marley comprados en la playa de San Andrés y todavía los escucho con deleite. Con las letras no había mayor problema porque no valía la pena esforzarse en penetrar en el papiamento o el inglés atollado en que se escribían. 


Esa música isleña playera evolucionó para convertirse, algo deformada, en el reggaetón urbano. Debido a que éste ya trae letras en español, ha sido natural que la vivencia sea distinta. A mí me gustan los sonidos del reggaetón pero las letras me producen náuseas y prefiero no escucharlas.


Ahora llego al rap y al hip hop y encuentro que, a pesar de que estos ritmos nacieron en otros países y sus orígenes están lejos de nosotros, muchos de nuestros jóvenes urbanos los han adoptado, los han convertido en su forma de expresión, y para escucharlos hay que entenderlos como lo que son. 


No es fácil porque esta música no ha sido grabada y comercializada muy extensamente. Tampoco he llegado a ir a un parque de San Javier o de Castilla a escuchar un concierto de esos. Ayudan las grabaciones que están disponibles en la internet.


Esos muchachos están plasmando en el rap y en el hip hop la historia de su vida personal, la de sus amigos, la de sus barrios. Allí quedan consignadas historias de amor, de conflicto social, de inequidad, de discriminación, de lucha y, necesariamente, de violencia. 


La mayoría de ellos, debido al ambiente de donde vienen, la producen y la interpretan unida a la marihuana, el crack, el bazuco y en tal sentido no puede esconderse que esa música se vuelve también un vehículo de promoción de esas sustancias y una vía de escape físico y mental de los muchachos.


Además, muchos de esos muchachos están vinculados al tráfico ilegal, a la violencia y a los combos. Ello explica por qué en el último año tantos raperos y hiphoperos han sido asesinados en los barrios.


Pero, ¡cuidado que aquí viene lo importante!, con estos muchachos, con estos grupos musicales, como con todo en la vida, no se puede generalizar. También hay jóvenes, grupos, bandas musicales que han hecho del rap y del hip hop una manera limpia de vivir y de expresarse. Muchachos que usan esa música ajenos a sustancias alucinógenas, son independientes de su tráfico y de la violencia inherente, y están haciendo una tarea meritoria, poco conocida por personas como yo, pero con mucho impacto sobre sus parceros. 


Están buscando una vía de comunicación para expresar sus vivencias, sus angustias, sus sueños. Están plasmando en la letra, apoyados por la música, sus crónicas cotidianas y con ellas están documentando la historia urbana que les ha tocado. Esta forma de vivir la música es plausible en cuanto ayude a la convivencia.