Columnistas

Sardina y tiburón
Autor: Sergio De La Torre
4 de Agosto de 2013


Nicaragua está subastando la extracción de petróleo en aguas originariamente colombianas.

Nicaragua está  subastando la extracción de petróleo en aguas originariamente colombianas. No apenas en los 75.000 km cuadrados  que en principio obtuvo con el fallo de La Haya, sino  en la llamada “biosfera Sea flower”, zona reservada como ecosistema, donde se veda la explotación de hidrocarburos a los países circundantes. Apareja ello entonces una grave lesión a nuestros intereses y  el transgredir   la prohibición de la Unesco que, en su  esfera propia, obra en representación de la ONU, máxima autoridad mundial en este y otros asuntos  cruciales de  la humanidad.


Pero aquí lo peor, lo más desafiante para Colombia y violatorio de sus derechos, es que sin haberse confirmado aún el acatamiento e implementación del citado fallo (ya que Colombia no ha presentado siquiera  sus   reparos y observaciones) se  anuncia   ahora la usurpación de  sus  aguas alrededor de Quitasueño y las  aledañas a San Andrés. Por lo prematuro,  ello sería, a todas luces, atentatorio de nuestra soberanía, pues el área que oferta el comandante Ortega es enteramente colombiana, respaldada en títulos inobjetables, que  nadie  nunca  desconoció.  De prosperar tal  pretensión, sería tanto  como  si  su vecino de al lado estuviera ofreciendo en venta el patio de su casa, amable lector.


No ceso de preguntarme,  ¿de dónde saca tantos arrestos ese  país menor, el más pobre y atrasado del hemisferio después de Haití? Su proclividad al conflicto y la riña  es proverbial. Tanto que sus vecinos o víctimas, ya habituados, han aprendido a sortear  esa  pugnacidad enfermiza. A veces hay incursiones, incluso en la frontera, como la muy reciente en Costa Rica  cuando Ortega, prevalido de que allá no hay ejército (por una convicción propia que todo el mundo conoce y respeta y de la cual nadie hasta ahora había intentado sacar partido) quiso arrebatarle algo de su territorio mediante  un  alevoso zarpazo  militar, que fue repelido a tiempo, sin armas, con la sola razón y dignidad como escudo.


No hay un solo país colindante que haya escapado a la compulsión  nica por arañar los predios aledaños. Sin embargo, nadie se ha dejado cercenar, ni aún Costa Rica que, reitero, se rehusa a contar  con unas fuerza armada siquiera defensiva, o  en regla, como el resto. Curiosamente la única que le ha permitido a Nicaragua una mutilación es Colombia, siendo el vecino más fuerte de cuantos la circundan. Y digo vecino porque  colindamos con ella en el mar Caribe. Pues bien, esa amputación (y ello resulta todavía más insólito)  se produjo dos veces. La primera en el tratado Esguerra-Bárcenas de 1928, cuando le cedimos la costa de Mosquitia a trueque de desistir ella de su vieja e infundada reclamación  sobre San Andrés, que siempre fue nuestro, desde  el comienzo mismo del dominio español.   Regalamos  esa costa a cambio de nada, y quedamos en deuda, pues corrido el tiempo Managua, desconociendo  el susodicho tratado (solo en lo que le interesaba, que era lo atinente al archipiélago , sin  aludir, desde luego, a la Mosquitia que habíamos  obsequiado a modo de compensación - imaginábamos nosotros, tan inocentes  como solemos  serlo – y  para aplacar sus  ansias respecto al archipiélago, que era lo que a Colombia en realidad le importaba)  Managua, digo, corrido el tiempo reclamaría como suyas las islas y cayos.


 Ya continuaremos esta crónica de cómo una nación, pequeña pero resuelta, agalluda como ninguna otra, acaba engulléndose en el Caribe, poco a poco y a pedazos, a su vecina mayor, confiada ésta,  siempre y  a ciegas, en la eficacia  y rigor  de normas y tribunales, que  mucho  yerran por aplicarlas  de modo casuístico, ligero o caprichoso. En este  duelo, tan paradójico como desigual  ¿quién es  la sardina  y quién el tiburón?