Columnistas

El actual revolcón
Autor: Sergio De La Torre
28 de Julio de 2013


En últimas, ¿qué fue primero, el huevo o la gallina? La pregunta suena a broma, por lo elemental o necia que todavía parece. Pero en el nivel más llano de la sociedad es parte de la conversación ordinaria.

En últimas, ¿qué fue primero, el huevo o la gallina? La pregunta suena a broma, por lo elemental o necia que todavía parece. Pero en el nivel más llano de la sociedad  es parte de la conversación ordinaria.  Un profesor universitario no la haría, por vergüenza de mostrar su lado más prosaico, o más humano, que suele ocultar tras los títulos y la sofisticada jerga. Tal interrogante, sin embargo, ha perdido actualidad o pertinencia. Aún más: se trata de un problema complejo, imposible de responder tajantemente a favor de una  opción, porque  excluida la otra se anula la primera y así, de entrada, se  invalida la solución. No es dable pues resolver este dilema, tan sencillo a primera vista. Es el clásico galimatías, que casi siempre entraña una celada intelectual. Cualquier respuesta resulta equivocada y correcta a la vez. La misma ciencia, o  su segmento específico, la  zoología, por mucho que lo indague o intente, jamás podrá contestarla sin trastocar sus propias bases,  el eje sobre que descansa.


Lo anterior es apenas un símil del que nos servimos para significar  que en la filosofía política o, por decirlo así,  en la sociología viva y real (o  como  quiera  llamarse  aquello  que articula el funcionamiento de la sociedad)  se dan embrollos semejantes. Tomemos, por ejemplo, nuestro escudo nacional, el cual también  refleja una disyuntiva, resumida en un par de palabras, que designan los dos pilares que sostienen la república: libertad y orden. Incluso las asociamos al origen mismo, o fuente de inspiración de los viejos  partidos  que  aquí se repartieron, hasta no hace mucho,  las querencias políticas: el Liberal y el Conservador.


Ahora bien. Para mejor convivir hemos convenido los colombianos en que ninguno de los dos enunciados prevalezca sobre el otro. Por tanto -como en el caso atrás citado - ninguno precede o da lugar al otro y lo alimenta. Siendo interdependientes se condicionan entre sí, al menos en el plano institucional. El cual  (tan legalistas y formales como somos aquí) cuenta mucho.  Mas en la práctica, en el arduo trajinar de la vida en común, forzoso es  admitir que prima el orden, porque sin él no habría libertad posible. Reinaría el caos, o la anarquía. Volveríamos al estado semisalvaje o, cuando menos, a la horda. Y a la inversa: sin libertad el orden se torna  huidizo, tedioso y frágil. Incapaz de sostener, por sí solo y de forma duradera, la sociedad, que acabaría asfixiada por falta de ventilación. Mal podría el hombre vivir constreñido, a toda hora y  sin remisión posible, como los cautivos en la mazmorra o los monjes en  su convento.


Fundamento esencial de la vida comunitaria es  pues el orden o, dicho en palabras que no lastimen los castos oídos de los libertarios a ultranza, una disciplina mínima, consensuada, observada por todos. Para salvaguardar los derechos y garantías de todos. Incluidas las minorías, por supuesto, pero las mayorías también. Recabo en ello porque los derechos de las minorías, en democracias como esta, aún en gestación, no cesan de invocarse y proclamarse, al extremo de  casi sacralizarlos, a imitación de la Ley Mosaica entre los antiguos hebreos. Y en desmedro de las mayorías, cuyos derechos, que deben ser iguales, a menudo se pretermiten para evitar los consabidos reproches de los organismos internacionales.


 No debiéramos los liberales  olvidar que Santander, nuestro padre y guía (sin cuyo inconmovible y casi maniático apego a la normatividad , y sin cuyo duro talante militar, en el hervidero que era Colombia por entonces, no hubiera podido ser “el hombre de las leyes”  que  nos  enorgullece y fascina) que Santander, digo, es  el inspirador del orden como divisa y  condición de la civilidad y todo cuanto ella implica como derechos, mas también como deberes del ciudadano, sin excepción alguna , arriba  o  abajo de la escala social. 


Valga  una  aclaración: cuando hablo de minorías no me refiero a las políticas o religiosas,  aquí ya  debidamente amparadas. Ni a las raciales o sexuales que, por lo visto, siempre habrá que reivindicar. Aludo a ciertos gremios, verbigracia  camioneros  y  cafeteros, que amenazan al Estado  con paros y  bloqueo de vías  que embotellen y aíslen medio país , atropellando a  su población inerme, para que el Estado alcahueta y permisivo  las siga subsidiando con los recursos del  resto de los colombianos, que no poseemos tractomulas ni exportamos café,  pero  somos la  mayoría    ignorada   que  hoy  distrae estas notas.