Editorial

La cumbre de Puerto Ayacucho
24 de Julio de 2013


El gran obstáculo a vencer en la relación entre los pueblos es la complacencia del Gobierno chavista con el grupo terrorista al que ofrece un cómodo corredor-refugio en el cual consigue guarecerse de la legítima acción de las Fuerzas Armadas colombia

El lunes, en la frontera amazónica, los presidentes Juan Manuel Santos, de Colombia, y Nicolás Maduro, de Venezuela, acudieron a un encuentro inevitable para salir del enfriamiento de las relaciones bilaterales, que crecía desde el pasado mes de mayo, cuando se sucedieron la reunión privada del presidente colombiano con el candidato Henrique Capriles y la andanada con que el mandatario vecino respondió a ese acto. La distensión entre las partes, “obligados por la historia y la responsabilidad”, como indicó el presidente Santos, no significa, y es preciso no llamarse a engaños, que hayan cesado las razones de discrepancia o, lo más importante, que se haya definido el marco que garantizará el respeto entre estados, en el amplio pero muy claro marco de la democracia. 


El encuentro fue precedido de actuaciones extremistas que hicieron evidente el difícil terreno que pisan ambos gobiernos y al que tendrán que adentrarse el próximo 2 de agosto, fecha para la que está anunciado el encuentro de las comisiones bilaterales. El anuncio de un grupo protagonista del paro en el Catatumbo y la notificación de las Farc de que armarán a la comunidad en conflicto en una zona limítrofe de ambos países, enrarecieron el ambiente previo al encuentro presidencial y demostraron que el gran obstáculo a vencer en la relación entre los pueblos es la complacencia del Gobierno chavista con el grupo terrorista al que ofrece un cómodo corredor-refugio en el cual consigue guarecerse de la legítima acción de las Fuerzas Armadas colombianas.


En ese orden de ideas, nuestro país aspira a que cuando el presidente Maduro hable de que las relaciones se han de fundar “sobre la base del respeto para que se desarrollen las relaciones en todos los ámbitos” esté indicando que su Gobierno dejará de ser refugio de una guerrilla en plan de ataque contra el pueblo, los soldados y la infraestructura nacionales, y que su reiterada oferta de contribuir al éxito de la mesa de negociación en La Habana cumpla, efectivamente, su expectativa de que “más temprano que tarde, Colombia celebre la paz”, no en la realidad hasta ahora demostrada de dar oxígeno a la guerrilla. 


La fuente del último rompimiento entre los gobiernos fue ¿prudentemente? olvidada en el encuentro de Puerto Ayacucho, en lo que esperamos no sea una concesión permanente del presidente Santos hacia su anfitrión. Cuando se sentía voz solitaria en América, Colombia encontró en Samantha Power, candidata estadounidense a la Embajada en la ONU, compañera acertada en la defensa de los reclamos democráticos de quienes insisten en el reconteo de votos en Venezuela, pues esa es la única garantía que haría confiables los resultados de las elecciones de ese país, donde la diferencia de apenas 1,49 % en los votos a favor del gobierno reelegido, y detentador de todos los medios de poder y control, crea sospechas sobre la transparencia de los comicios y de la elección. Ahora que la señora Power anuncia que desde la ONU va a “responder a la represión a la sociedad civil que se está produciendo en países como Cuba, Irán, Rusia y Venezuela”, Colombia no puede renunciar a ser interlocutor de por lo menos la mitad del pueblo venezolano y reclamante en órganos como Unasur y la OEA porque se dé transparencia a los cuestionados comicios.


La revisión a los temas bilaterales demuestra, pues, que, no obstante lo importantes que son aquellos como el contrabando, el narcotráfico, la energía, o el comercio, estos no son los obstáculos a superar en procura de llegar a las mejores relaciones posibles con un pueblo hermano.  Retomar el diálogo de presentes fue la salida pragmática para resolver una situación de crisis que a ninguno convenía. Definir el talante de las relaciones, los límites y posibilidades para las partes y el entorno que los garantizará es la responsabilidad que queda en cabeza de los cancilleres Holguín y Jaua, llamados una vez más a demostrar que sí tienen las capacidades de diplomáticos que se les atribuyen, y sus gobiernos, los deseos de paz que tanto publican.