Columnistas

De los tratados de 1825 hasta los actuales TLC
Autor: José Alvear Sanin
24 de Julio de 2013


Los lamentables resultados de los TLC no pueden ocultarse con más risueños pronósticos oficiales en el sentido de que apenas faltan unos añitos para que empiecen a dar buenos frutos.

Los lamentables resultados de los TLC no pueden ocultarse con más risueños pronósticos oficiales en el sentido de que apenas faltan unos añitos para que empiecen a dar buenos frutos. La reciente clausura de Icollantas es, a pesar de su gravedad, menos aterradora que el anuncio de que ahora vendrán también de México la aspirina y el alka-seltzer.


Si el Congreso de Washington no hubiera demorado más de cuatro años la ratificación del TLC, más pronto hubiéramos sentido los efectos que ahora deploran los gremios que no se opusieron oportunamente.


Sin embargo, durante los años de espera del sí de Capitol Hill, el gobierno colombiano se ocupaba de “negociar” multitud de tratados igualmente desiguales, ciego y sordo frente a los efectos del convenio suscrito con México, precursor de lo que traerían los otros TLC. El que nos aprestamos a firmar con Corea será todavía más eficaz para la liquidación de la industria colombiana. 


Finalmente el gobierno anuncia una pausa en la negociación de más TLC, cuando lo que ocurre es que solo quedan por suscribir pactos de ese tipo con las Islas Maldivas, Botswana y el Vaticano.


Se dice que los libros clásicos son los que el profesor cita en clase, pero que los estudiantes no leen. Ahora parece que los profesores tampoco leen obras clásicas tan importantes como “Industria y protección en Colombia, 1810-1930”, de Luis Ospina Vásquez, que trata de los alternados periodos de protección y aperturismo en nuestra historia económica. La lectura cuidadosa de esta obra haría reflexionar a cualquier profesor antes de inducir a sus alumnos por la desastrosa senda del neoliberalismo. 


Ahora bien, ese libro narra detenidamente la historia de los tratados de navegación que con Gran Bretaña, los Estados Unidos, Holanda y luego Centroamérica y Francia, celebramos a partir de 1825. El más conspicuo fue el suscrito con el Reino Unido que, en síntesis, daba a los barcos colombianos que recalasen en puertos británicos los mismos privilegios aduaneros acordados por Colombia para las mercancías que llegaran a nuestras costas en barcos ingleses.  


Si consideramos el desarrollo de ambos países y sus respectivas marinas mercantes, la diferencia entre Gran Bretaña y Colombia en esa época era muy similar de la que ahora nos separa de los Estados Unidos. 


Lo más sorprendente es la similitud de esa historia con la reciente, por la ligereza de los argumentos, la presión extranjera, la ingenuidad de la malicia chibcha frente a la astucia imperialista y los efectos devastadores sobre la manufactura nacional. 


Aunque nunca tuvimos industria pesada, el proteccionismo de las ocho primeras décadas del siglo xx nos dotó de una próspera industria ligera, que a partir de los años noventa viene contrayéndose. 


Hemos avanzado tanto por la senda de los TLC, dentro de los marcos de la OMC, que no parece posible ninguna reversa, lo que nos condena a mayor desindustrialización y a depender siempre de la extracción de minerales, porque las exiguas regalías, infladas por el volumen de las exportaciones, permiten un precario equilibrio a un país de desempleo masivo y de fragilidad institucional.


No es coincidencial que el cierre de fábricas ocurra cuando se reabre la ventanilla para la concesión de permisos mineros dentro de una legislación que privilegia lo extractivo sobre lo agrícola y fabril.


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Año y medio después de la decimoquinta edición, aparece una nueva de “El Poder Municipal”, de Javier Henao Hidrón. En 499 páginas el autor expone todo el entramado legal y administrativo del Municipio. Por su encomiable orden, claridad y solidez conceptual, ese libro es de obligatoria consulta en tan importante rama.