Columnistas

Se los quitamos a la guerra
Autor: Henry Horacio Chaves P.
24 de Julio de 2013


Luego de años de trabajo de campo sobre los medios ciudadanos en zonas de conflicto de nuestro país, Clemencia Rodríguez (una colombiana profesora de la Universidad de Oklahoma en EEUU), concluyó que la guerra no lo agota todo

Luego de años de trabajo de campo sobre los medios ciudadanos en zonas de conflicto de nuestro país, Clemencia Rodríguez (una colombiana profesora de la Universidad de Oklahoma en EEUU), concluyó que la guerra no lo agota todo y que la sociedad sobrevive aún a pesar de los políticos, guerreros y gobernantes. En un texto publicado en 2008, ella y sus colaboradores documentan cómo en los Montes de María, el Piedemonte Amazónico, el Magdaleno Medio y otros lugares, cotidianamente la gente busca lenguajes para “decir lo indecible”, “erosionar el miedo”, para vivir y ganarle terreno a la guerra. El texto, se llama lo que le vamos quitando a la guerra y fue publicado por el Centro de Competencia en Comunicación para América Latina Friedrich Ebert Stiftung. 


Traigo el texto a colación como testimonio de lo mucho que le ganamos cotidianamente a la violencia sin que sea noticia. Eso que sucede, que no está en titulares, pero que existe. A pesar de lo dura que resulta la jornada para tanta gente en nuestras ciudades y nuestros campos, hay muchos que nos hacen llorar de alegría y nos enseñan que con tesón se puede vencer la adversidad. En Medellín, lo hacen los jóvenes con música y arte para contraponerse a las balas y las amenazas. En los campos, a punta de pedaleo, lo hacen los muchachos para trepar cuesta arriba y alcanzar mejores oportunidades. Ejemplos de ello, Nairo Quintana y Rigoberto Urán, quienes este año han logrado la mejor clasificación individual de un colombiano en las más importantes pruebas ciclísticas del mundo. Fueron segundos, en el Tour de Francia y el Giro de Italia, pero sobre todo, demostraron una altísima competitividad, entereza y humildad.


Por las condiciones de vida y el entorno en que creció, ver la cara de Quintana metido en uniforme de ciclista internacional, en las dos camisetas de líder que consiguió, sigue siendo una hazaña que desafía a la guerra y a los guerreros. Son cientos los jóvenes de su edad, de su entorno, a quienes hemos visto vestidos de guerrilleros, de paramilitares, de sicarios. Cuánto talento desperdiciado, cuántas medallas malogradas. Quintana creció en Cómbita, en donde está una de las más peligrosas cárceles del país, que reúne a quienes poco orgullosos nos hacen sentir. En lugar del atajo, él prefirió el sacrificio de los 16 kilómetros diarios para ir a estudiar y se puso el peto del campeón para mostrarles a los más chicos que no todo está perdido.


Rigoberto sintió el aliento de la muerte y la violencia respirándole en la nuca. Aunque le hizo zancadilla y lo retó, la guerra perdió en el embalaje porque él sabía que estaba para cosas más grandes. Para medalla olímpica y muchas carreras por delante. La violencia le arrebató a su padre pero no su valentía. Como un gladiador, Urán decidió utilizar su coraje para arrancarnos lágrimas de emoción y no de pesar. A ellos y a tantos otros, se los vamos ganando a la guerra, como dice la profesora Rodríguez, pero tal vez va siendo hora de no tenerlos que disputar.