Columnistas

Atisbos y prolegómenos
Autor: Sergio De La Torre
21 de Julio de 2013


A nadie se le escapa que Colombia vive hoy una de las horas más aciagas de su historia, en vista de lo que bulle, ronca y se agita en su interior, básicamente en el país rural.

A nadie se le escapa que Colombia vive hoy una de las horas más aciagas de su historia, en vista  de lo que bulle, ronca y se agita en su interior, básicamente en el país rural. Y que, de no encararse como se debe, de frente y no de lado -sin sesgar la verdad de los hechos ni ocultar  sus   aristas más feas- podría llevarnos al desastre. Varias veces en la última centuria hemos estado en situación extrema, al borde del abismo. Solo pudimos evitarlo, recobrar el aliento y volver a la normalidad porque reaccionamos a tiempo, acudiendo a la razón, sacando fuerzas de donde parecía ya no haberlas y uniéndonos para salvar lo que aún  quedaba en pie,  y así emprender el camino de la reconstrucción.


Huelga decir que en cada caso ello se logró no por efecto de un milagro divino ni gracias al auxilio de poderes sobrenaturales o de  gobiernos foráneos (que más bien actúan siempre en nuestra contra) sino porque el instinto de supervivencia, que subyace en el alma de los hombres y los pueblos, salió a flote, sacudiendo a la sociedad,  cuando todo parecía perdido. Cito los ejemplos más dramáticos:


1) La Guerra de los Mil Días, que dejó un saldo de 100.000 muertos, cifra insólita para la época y para un país despoblado y rezagado.


2) La llamada Violencia Sectaria, recrudecida  con ocasión del 9 de abril y que le costó a Colombia 3 veces más vidas  que la conflagración precedente.


3) La escalofriante, infernal reacción del narcotráfico, con Escobar a la cabeza, contra la extradición, reacción que asoló a Bogotá, Medellín y otros centros urbanos en los años ochenta y comienzos de los noventa. Incluyo ahí  el desesperado asalto al Palacio de Justicia, pues, si bien fue ejecutado por un renombrado grupo guerrillero (asaz despistado y ya en barrena) fue cohonestado, según cuentas, por el  cartel aludido.


4) En algún tramo paralelo a la  racha  anterior, se dio la violencia cruzada de guerrilla y paramilitarismo, y las masacres y el desplazamiento (cuantificable en millones de personas) provocados por ambos. Si le sumamos la costosa farsa y consiguiente frustración del Caguán, se da por sentado que esta  tempestad  culminó en el 2002.


De todo lo anterior Colombia salía  golpeada y maltrecha, pero ilesa en lo básico y  respirando, mal o bien.  Vale decir, apta para reponerse mediante un esfuerzo supremo y concertado. Pero, la crisis que  hoy la agobia y que parece tenerla maniatada en medio de un  frágil, incierto, casi que espasmódico proceso de paz (que  ilusos incorregibles como yo  insistimos en apoyar, en medio del desencanto que cunde ahora, precisamente por las razones que motivan esta columna), esa crisis, digo,  ¿cómo sortearla? al ofrecer ella otros componentes, propios del momento y  la coyuntura,  resulta ser peor  que las enumeradas atrás. No en términos de sangre derramada, secuestros, magnicidios, bombas y voladuras, pero  sí en cuanto al azoramiento, cercano a la inepcia, que acusa el Estado para, entendiendo su papel,  poderla enfrentar.  


El  “principio de autoridad”  en condiciones normales ( merced al efecto coactivo o disuasivo que ejerce sobre quienes eventualmente quisieran desafiarlo) tiene una  fuerza tranquila pero suficiente, y obra  por sí solo , sin aspavientos ni ostentación, para ser respetado por los asociados. Dicho principio luce ahora perdido en medio de la desobediencia y el motín. La seguridad y confianza que  genera en la sociedad están siendo reemplazadas por una  sensación  creciente de abandono. Como si el Estado, atónito, desbordado por  el desorden e impotente, hubiera bajado los brazos, resignado a  su  suerte. Semeja ello el vacío de poder. Vacío que  tan a menudo es la antesala de los remedios heroicos y las soluciones de fuerza. Las cuales, aupadas por el común, conjuran las crisis y restablecen la calma de un manotazo, o de un sablazo. Hablamos, en otras palabras, del golpe de Estado, dado desde adentro, o desde afuera, que  resulta peor. Como el ocurrido en Chile cuando el “pacificador” Pinochet, por cierto nada piadoso, depuso a Allende, quien,  presa de su propia ingenuidad, o de su desidia, no atinaba a sosegar la protesta social que, originada en la clase media, estallaba por doquier,  ni a  calmar  los cacerolazos de los ricos. Allá equiparables, valga decirlo, a los cafeteros de aquí y ahora, quienes  no cesan de pedir y hasta reclamar, por las vías de hecho, subsidios cada vez más cuantiosos, que sufragamos todos los contribuyentes.