Columnistas

Ciclismo isleño para novatos
Autor: Carlos Cadena Gaitán
15 de Julio de 2013


500 kilómetros después, ahí estábamos. Con 4 bicicletas, una carpa, termos vacíos y muslos engarrotados. Sólo hasta llegar al puerto viejo de Bastia, acepté que lo habíamos logrado.

500 kilómetros después, ahí estábamos. Con 4 bicicletas, una carpa, termos vacíos y muslos engarrotados. Sólo hasta llegar al puerto viejo de Bastia, acepté que lo habíamos logrado.


“Va en silencio como en sueños, más despierto que los demás”.


Tres personajazos –de esos que uno sólo conoce cuando los astros se alinean perfectamente– me convencieron de desconectarme por 10 días para darle la vuelta a una isla mediterránea; la indomable Córcega. El momento no podía ser mejor, después de 100 años, el Tour de Francia por primera vez llegaría a la isla. El recorrido que nuestros escarabajos Nairo y Serpa harían en 3 días, nosotros lo presupuestábamos para más del triple; facilito, ¿no?


 “Va liviano, va sin techo, ni puertas a los costados, ni vidrios que levantar”.


Una isla, por ser isla, no quiere decir que sea plana. La tremenda isla de Córcega, prácticamente del mismo tamaño de Puerto Rico, está invadida por montañas. Los colombianos conocemos muy bien la belleza de ese verde poderoso, de esos picos inalcanzables; pero esas montañas traviesas tienen un significado único para los ciclistas: toca trepar.


“Mide y frena el horizonte, se para airoso en el aire, camina sobre el pedal”.


Rápidamente se acostumbra uno a coexistir en el camino. Dejan de importar los cientos de carros que pasan zumbando; aprende uno a ignorar a las tractomulas que hacen explotar el aire. Hay pitidos buenos, que buscan animar a los escaladores aniquilados, y hay pitidos malos, de aquellos conductores impacientes que no entienden como es posible, que unos indefensos pedalistas invadan la línea que divide la carretera de la cuneta. Prontamente, todos esos pitidos se convierten en bandas sonoras pasajeras de un silencio dominado por el viento.


“Va en silencio como muerto, va más vivo que los demás”.


El ciclismo de ruta profesional es para humanos extraordinarios. Se les ve pasar a toda velocidad por pendientes moderadas, se les ve llegar al final de las etapas con ánimos para rematar en un embalaje final; hermoso. Pero los novatos no estamos para esos trotes. En la mitad de las etapas ya las piernas empiezan a desfallecer, los cambios de la bicicleta no bajan más, y las fuentes de vida terrestre se convierten en enemigas: el sol porque quema, el agua porque pesa, el oxígeno porque falta.


“Huele, escucha, se ventila, gira, esquiva, se menea, atraviesa torrencial”.


Después de un recorrido de estos, uno no puede seguir siendo la misma persona. Vivir y convivir sólo con lo estrictamente necesario, obliga a interactuar con lo verdaderamente esencial. Los bananos se saborean de otra forma; se aprecian como energía natural, el olor de los pinos y eucaliptos regala un segundo aire, y como todo lo que sube tiene que bajar, el ruidoso viento en la cara de las bajadas es una auténtica felicitación. 


“Tiene el motor en la espalda y el corazón en las piernas, bombea petróleo venal”.


Gracias a mis cómplices en esta aventura; vale la pena desconectarse para reconectarse.


*Extractos del Poema El Ciclista de Biciman.