Columnistas

Detrás del telón
Autor: Sergio De La Torre
14 de Julio de 2013


En mi pasada columna di en la flor de predecír, o vaticinar, que Venezuela no le daría asilo a Snowden, y fallé.

En mi pasada columna di en la flor de predecír, o vaticinar, que Venezuela no le daría asilo a Snowden, y fallé. Incurrí en una ligereza: no conté  conque, tras la reculada de Ecuador, Maduro acabaría invitándolo, forzado por dos circunstancias. Una, Rusia, que consciente de lo mucho que arriesgaría alojándolo y aburrida con la ya larga estadía de tan incómodo pasajero en sus dominios, busca desembarazarse cuanto antes de él, con cargo a cualquier gobierno aventurero que se allane a recibirlo. Excluyendo a Norcorea, gobiernos de tal laya quedan pocos, y casi todos en Latinoamérica, hoy azotada por  la plaga. Ecuador ya desistió de su oferta inicial. Restan Nicaragua, Venezuela y Bolivia. A esta última no querrá ir nadie, por mero gusto y sin saber por cuántos lustros.  Nicaragua da la impresión de vacilar. Y Venezuela…mantiene su invitación, pero el problema logístico de cómo llegar a Caracas atravesando medio planeta sin escalas y con la probable interferencia de quienes le echarían mano en cuanto pudieren, se lo deja al interesado. Lo cual relativiza el gesto.


Rusia, está claro, no quiere malquistarse con Washington ni con sus socios europeos. Y menos alcahuetiando un desertor. Ella sabe que mañana podrían cobrárselo con la misma moneda. No hay nada que más azore que la traición  de un espía ajeno, dispuesto a revelar secretos.  Nada  más preocupante para los  Estados rivales (o para los simples émulos  en el juego de la geoestrategia) que aparecer estimulando  la defección de alguien. Dicha práctica entre potencias hoy se repudia y evita. Putin  entonces debe haber inducido a su aliada Venezuela (que tanto le debe en materia de armamento sofisticado y apoyo diplomático) a aliviarle la inesperada carga, encarnada en un personaje que, en sí, debe ser insignificante,  pero cobra relevancia en  esta coyuntura.


Lo otro es la sapatiesta armada con el periplo de Evo y el desaire europeo que lo acompañó, inadmisible a la luz del protocolo y las reglas vigentes. Recelándose que llevaba en su avión al prófugo de marras, para evitarse líos no lo dejaron aterrizar. La sospecha no era tan infundada, tratándose de un mandatario que tanto goza hostilizando a Europa. De palabra apenas (como todos los de su especie) mas nunca de obra, cortando, por ejemplo, sus exportaciones al Viejo Mundo, a trueque de las cuales sus propios pueblos   subsisten, mal o bien. Es tan patético  el hombre que todavía  reniega del colonialismo español, tras dos siglos de haber obtenido su país la independencia. Se ufana de no gustarle leer nada que sobrepase una página (tampoco debe entender lo que lee, el pobre) como si ello realzara su ancestro precolombino. Se trata de un bodrio, aunque  inexplicable, aún  en el gobernante más plano y romo  del planeta hoy en día.


El afán de Putin por desencartarse del gringo, a expensas de  Venezuela,  amiga obsequiosa; y el deber insoslayable  de Maduro de encabezar la obligada protesta del Alba (con hechos, no con arengas) por el maltrato al boliviano,  fueron razón suficiente  para que Maduro se decidiera por el asilo. Era lo menos que se esperaba después de la lánguida respuesta de los presidentes de Unasur reunidos en Cochabamba, con muy escasa asistencia. Respuesta que se quedó en pura bulla cuando lo que un agravio semejante exige  es la ruptura de relaciones  diplomáticas con sus autores, siquiera por parte de Evo, el ofendido, y de Maduro, su ruidoso mentor y protector insomne.  Mucha indignación,  sobra de amenazas, pero  nada  de substancia. En la saltuaria, intermitente experiencia levantisca, o  revolucionaria, de Latinoamérica, la única que sí rompió de veras con su enemigo declarado, honrando  un  sedicente  compromiso  y  enfrentando un bloqueo feroz que todavía dura, fue la Cuba de Castro en 1960. Todo lo demás (el Alba, en primer lugar) es retórica vana, música, pólvora inocua que, si mucho, apenas debe  provocar una callada y paciente sonrisa en los pasillos de la Casa Blanca.  Lo lamento por el amable y resignado lector, pero estos comentarios aún  no concluyen.