Editorial

La segunda primavera
7 de Julio de 2013


La p閞dida de la opci髇 de contar con este dirigente hace m醩 dif韈il dilucidar el camino de un movimiento sin liderazgo claro, que logra rechazar, tumbar y derrocar, pero no ha logrado acompa馻r la consolidaci髇 de un modelo institucional.

En doce meses de gobierno, Mohamed Morsi, líder de los Hermanos Musulmanes que alcanzó una amplia mayoría en las primeras elecciones plurales celebradas en la historia de Egipto (57,1 %), se apropió del poder para repartirlo entre sus copartidarios y correligionarios; dejó de convocar la asamblea constituyente prometida, y asumió posturas teocráticas y autoritarias no lejanas de las de sus antecesores. Con sus persecuciones contra las mujeres, las minorías y los periodistas y medios de comunicación disidentes, como el humorista satírico Bassan Yousseff, el gobernante exasperó a sus antiguos aliados y desató un movimiento que, por ahora, logró impedir que en ese país se instalara un régimen comparable al de los ayatolás que en 1979 ocuparon la silla del sha de Irán, haciendo a un lado -y persiguiendo sin contemplaciones- a las fuerzas que aspiraban a que la democracia reinara en la antigua Persia.


Desde finales de junio, Morsi logró exasperar a los nuevos ciudadanos, que, conscientes de su poder, retomaron las redes que habían tejido desde sus sitios en Facebook y Twitter para convocar movilizaciones en las calles, semejantes a las que les permitieron derrocar a Hosni Mubarak. Una vez más, esas gentes se hicieron protagonistas de la caída del Gobierno, en este caso ejecutada por el Ejército, y, como había ocurrido el 11 de febrero de 2011, abrieron las puertas a la incertidumbre por el futuro de su país, un destino que, según han demostrado, no logran controlar. A diferencia de lo ocurrido en la primera ola primaveral, en la que los ciudadanos afectos de Mubarak tuvieron poca reacción, los seguidores de los Hermanos Musulmanes también acudieron a su capacidad de intervenir en las redes sociales para movilizar a sus adeptos, que el viernes protagonizaron levantamientos masivos, que degeneraron en actos violentos y provocaron unas 38 muertes y heridas entre gentes de los dos grupos movilizados, con lo que se acrecentaron los factores de incertidumbre.


Estamos pues, como indica el profesor Zeyrep Tafecki, de la Universidad de Carolina del Norte, en una situación en la que “las redes sociales, en general, y Facebook, en particular, ofrecieron nuevos recursos para la información, que el régimen no pudo controlar con facilidad, y que fueron cruciales para dar forma a las decisiones de los ciudadanos sobre su participación en las protestas, la organización de las mismas y su buen suceso (entendido este como el derrocamiento de los tiranos)”. Ante nuevas posibilidades de emergencia pero pocas claridades entre los sectores, cada vez es más difícil predecir el rumbo que tomarán esos “indignados” que estrenan ciudadanía y poder en el mundo árabe.


Hasta hoy, el mundo occidental se ha limitado a ser testigo anonadado de la fuerte polarización del más occidental de los países árabes. Las otras naciones del Medio Oriente gobernadas por líderes erigidos tras la primera ola de la Primavera Árabe se preguntan si sus liderazgos también serán estremecidos por ciudadanos que han tomado suficiente fuerza como para hacer temblar los cimientos de antiguas instituciones y los liderazgos que ellos mismos han designado. Razón tienen en inquietarse: toda antigua solidez ha quedado sometida a las irrupciones de las redes sociales.


En un intento de última hora por estabilizar su gobierno, el presidente Adli Mansour intentó consolidar a Mohamed al Baradei, un dirigente con reconocimiento mundial y respeto entre amplios sectores de su país, como factor de estabilidad. Sin embargo, su opción se alejaba por cuenta de los salafistas, partido de origen religioso y filiación próxima a la facción suní del islamismo, que rechazaron al carismático exdirector de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Aeia, reputado gracias a su papel en el control a las armas nucleares en Irán y aceptado entre los sectores moderados del mundo árabe. La pérdida de la opción de contar con este dirigente hace más difícil dilucidar el camino de un movimiento sin liderazgo claro, que logra rechazar, tumbar y derrocar, pero no ha logrado acompañar la consolidación de un modelo institucional, ojalá democrático y respetuoso de los derechos humanos, que aglutine a las mayorías movilizadas desde el entusiasmo que despiertan las redes sociales y la pasión que se desata en las manifestaciones callejeras en torno al propósito, siempre difícil, de construir sobre las cenizas de lo hecho por los antecesores.