Columnistas

Snowden, 縭ufi醤 o m醨tir?
Autor: Sergio De La Torre
7 de Julio de 2013


Debe suponerse que las agencias estatales de Inteligencia sean cuerpos muy bien seleccionados, con gente probada y libre de toda sospecha en cuanto a lealtad, discreci髇, etc.

Debe suponerse que las agencias estatales de Inteligencia sean cuerpos muy bien seleccionados, con gente probada y libre de toda sospecha  en cuanto  a lealtad, discreción, etc. La aparición de un traidor rompe pues toda la confianza y previsiones. Escuece, preocupa sobremanera al Estado  afectado, pues  amenaza lo más preciado que tiene para su seguridad: la información.  Mas no cualquier información, sino la reservada a  manejos ocultos y  cuestiones militares o de defensa, frente a peligros foráneos, que siempre acechan  por cualquiera de los flancos. La deserción de Snowden,  en consecuencia, no es cosa de poca monta sino  asunto crucial que involucra toda la diplomacia  norteamericana y compromete al propio presidente Obama..  Las potencias que  ahora  se juegan la supremacía o, al menos, la conservación de su rol actual  en el mundo, saben   que  todas están expuestas a lo mismo  que podría sucederle a Estados Unidos  si Snowden llegara  a hablar más de la cuenta. Por eso Rusia, que  en un  principio parecía entusiasmada con su  arribo al aeropuerto de Moscú, luego condicionó el asilo a que  este no siguiera  hostigando  desde su territorio a su país de origen. Y no es que a  Rusia no le convenga la información que  pudiera  sacarle  o comprarle, sino que sabe que prohijar la traición  de un agente extranjero es jugar con candela. Pues mañana a ella podría pasarle  lo mismo: un agente suyo que, pletórico de datos bochornosos y comprometedores, decida cambiar de bando o simplemente vendérsele a la CIA.


Si hay algo consubstancial al espionaje y contraespionaje es la reciprocidad,  sobre todo  cuando media la traición, el sonsacamiento, o el mero aprovecharse por parte de   de otro Estado. L a respuesta no tarda en llegar  si, teniendo los medios, puede inflingirse un daño  equivalente  al  padecido. Ojo por ojo y diente por diente. Se paga con la misma moneda, no tanto por represalia cuanto por escarmentar, para que la práctica malsana no cunda, pues si así  fuera las consecuencias serían nefastas para la estabilidad y el orden mundial, cuya guarda, por  paradójico que parezca, atañe en alta medida a los servicios secretos.  Dicho orden está soportado en la paridad,  o cuando menos en el equilibrio. Comprendido el equilibrio del miedo  y, a ratos, el del terror. Vale decir, soportado en todo aquello que, en el lenguaje al uso desde la postguerra, llamamos “poder disuasivo” que, inspirado  en la ley del Talión,  cabría  resumir  así: hoy por hoy ninguna potencia puede lesionar a otra sin exponerse a ser lesionada ella misma de inmediato, por no decir que simultáneamente.


De modo pues que si Rusia o cualquiera otro va a conocer todas las infidencias que Snowden almacena en su  caletre, mañana, cuando los gringos  sobornen  o asilen a un agente ruso, destaparán, para vergüenza de Putin, el vasto e impúdico espionaje que allá se practica sobre sus propios ciudadanos  y los del resto del mundo.


El gringuito de marras no solo es víctima de la persecución norteamericana,  interesada en amordazarlo. Es también  un delincuente solicitado por quienes  le pagaban  su sueldo  hasta el día en que desertó,  atraído por las musas de la celebridad  y  fortuna fáciles. Tanto es así que  los siempre atolondrados Correa, Evo y Maduro (que  cuando  hablan parecen hacerlo a nombre de una gran potencia y no de paisesitos  de  estrato dos y tres , en que clasificamos casi todos los latinoamericanos), por harto que   fanfarroneen y  posen de antiimperialistas  o  libertarios,  ya recularon en su oferta de recibirlo . Nadie  quiere  encartarse con una papa caliente.